20.2.11

Vecino, jardín, noche

No fue un sueño, pero lo recuerdo con la nitidez de uno, reciente.
Quizás —es verdad—, porque se repitió muchas veces en charlas familiares, primero a media voz, luego abiertamente. El “primero” y el “luego” implican un hiato histórico generacional que tengo marcado en la carne, aunque nadie (ni yo) lo pueda ver.
Fue así. Yo tenía algo, poco más de 10, 12 años. Una noche, muy tarde, alguien que huía se escondió en el jardín del vecino. El jardín, pequeño, rodeado de ligustrina, era idéntico al nuestro, porque se trataba de una hilera de casas tipo monobloc pero individuales, producto de una estafa célebre en los años cincuenta-sesenta, el llamado “Barrio Cabuli” de San Martín.
El refugiado habría sido, según se decía “primero”, un ladrón. Mi vecino se asomó a una ventana de la planta alta y lo instó a que se fuera de ahí. El hombre, a quien, por supuesto, imagino, ahora, muy joven, le rogó desde abajo que no lo delatara. (¿Yo oí el diálogo o simplemente lo reconstruí después?) Lo más probable es que mi vecino lo haya, en efecto, delatado.
Pronto llegaron patrulleros, o por lo menos coches de la policía (tampoco está clara esta diferencia irrelevante), y se llevaron al que escapaba.
En el “luego”, el estatus del fugitivo cambió, se hizo evidente. La anécdota, susurrada ambiguamente en sobremesas, fue produciendo una certeza que aún hoy me da escalofríos. Y ganas de olvidarla. Por suerte, no puedo.