25.7.14

Dos calzoncillos largos marca Hering

Dos calzoncillos largos marca Hering
con Ariel Magnus

Lectura + charla
Jueves 7 de agosto a las 19
Biblioteca del Goethe-Institut: Av. Corrientes 343.
Entrada libre y gratuita.

Lectura + charla con Ariel Magnus a propósito de la traducción al alemán de su libro La abuela. La conmovedora crónica familiar reproduce el diálogo de Magnus con su abuela, una inmigrante judía que escapó de Auschwitz para recalar en Porto Alegre en 1946. En alemán, el libro se publicó con el curioso título de Zwei lange Unterhosen der Marke Hering (“Dos calzoncillos largos marca Hering”).
Lectura breve en castellano y alemán, charla en castellano con el autor. Participan Ariel Magnus y Silvie Rundel (Die Zeit). Lee en alemán: Andrea Bélafi. Modera: Carla Imbrogno.

Un libro de memorias “muy poco convencional” de una sobreviviente del Holocausto. Así se refirió el Jüdische Zeitung a La abuela, el libro de Ariel Magnus que Kiepenheuer & Witsch publicó en Alemania traducido por Silke Kleemann. La crítica alemana en general no escatimó elogios, pero ésta en particular resalta el espíritu del autor, que a modo de prólogo advierte: “Existe una vasta literatura de y sobre los sobrevivientes de los campos de exterminio nazis. Este libro no deriva de esa literatura ni tiene la intención de acrecentarla. La idea que lo rige no es la de reflexionar sobre el Holocausto ni la de contar para los anales la historia de una sobreviviente más. Su tema es una abuela y su nieto, en este caso mi abuela (que sobrevivió Auschwitz) y yo (que a veces reflexiono sobre asuntos que ignoro)”.
En su libro, Magnus reproduce en castellano –y dejando colarse expresiones en alemán y portugués– un reportaje en el que la abuela le cuenta caóticamente cómo siguió de manera voluntaria a su madre ciega a los campos de Theresienstadt y Auschwitz, para ser liberada de milagro en Bergen-Belsen y recalar vía Suecia en Porto Alegre, donde residió hasta su fallecimiento en 2013. La particularidad de esta crónica ha significado un desafío en materia de traducción a una lengua meta que está presente cultural-, histórica- y literalmente en el original mismo. En el libro en castellano de Magnus, las partes en las que habla la abuela son traducciones (del autor) del alemán y del portugués al castellano. La versión alemana del libro exigió volver a las fuentes: los casetes con las desordenadas grabaciones. El cambio de título fue una decisión editorial y retoma la imagen de un regalo incansable de la abuela a su nieto: una y otra vez, dos calzoncillos largos de la marca brasileño-alemana Hering.
Sobre la forma del relato, el escritor advierte que retratar a su abuela “no es solo contar su historia, sino ante todo reproducir su forma de contarla. Por eso los capítulos testimoniales reproducen con la mayor fidelidad posible su forma de hablar y de organizar o más bien de desorganizar la información. Aunque su discurso resulta algo confuso al principio, solo así se logra transmitir la voz de la abuela con la vitalidad que de alguna manera la salvó de una muerte segura”.
Pero no solo del pasado habla el libro. Ariel Magnus explica lo que lo mueve a hablar también del presente de una persona de la que se supone que solo interesa su pasado: “en primer lugar, la intuición literaria de que mi abuela es un personaje notable, y en segundo, la corazonada periodística de que la curiosa relación que todavía mantiene con el país de sus verdugos dice mucho de ese horrible pasado que ella preferiría olvidar y yo aquí busco reconstruir”.
Ariel Magnus nació en Buenos Aires en 1975. Estudió filosofía y literatura española en la Universidad Humboldt de Berlín. Publicó Sandra (2005), La abuela (2006, traducida al alemán), Un chino en bicicleta (2007, Premio de novela “La otra orilla” y traducida a varios idiomas), Muñecas (2008, Premio de novela corta “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba (2009), Ganar es de perdedores (2010), Doble Crimen (2010), El hombre sentado (2010), La cuadratura de la redondez (2011), La 31 (2012) y A Luján (2013). Participó de varias antologías y editó una sobre humor en la literatura argentina. Colabora ocasionalmente con diversos medios latinoamericanos y alemanes y trabaja como traductor literario del alemán.


Astrid Heyne

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22.7.14

El caso del cuento soñado




Tuve un sueño extraño. Sé que es un comienzo flojo para un cuento, pero es que la frase, de alguna manera, forma parte del sueño, y no quiero empezar traicionándolo. Y digo bien, un sueño, a pesar de que se desarrolló en varias noches sucesivas. Pese a esto, la continuidad era tan evidente como rara en mi estilo de soñar. ¿Cómo contarlo? ¿Cómo no agregar pormenores, detalles, con el correr del cursor por esta pantalla negra* que parece reclamar el ser llenada con pequeñas letras amarillas,** titilantes? Bueno, en realidad no importa, porque —a pesar de lo que dije al principio— la índole misma del sueño admite, quizás exige, rellenar los huecos con invenciones de dudosa fidelidad. Ya se verá por qué.
En principio, quiero decir, la primera noche en que el sueño apareció, todo era bastante confuso. O confuso fue el recuerdo que de todo ello me quedaría. Yo estaba con mi novia, en medio de una calle ancha, de localización indefinible. Otro joven nos agredía, se burlaba de nosotros. Recuerdo perfectamente que tenía la cara de un compañero de secundario a quien no veo desde hace quince años. No sé, en cambio, qué era exactamente lo que nos decía. Pero sí mi reacción, bastante inusual y poco esperable en mí: le hacía frente, lo obligaba a huir y refugiarse en una casa de las inmediaciones, tampoco identificable. Todavía siento, como con una especie de cosquilleo, la impresión de orgullo y satisfacción que me dejó mi propia actitud resuelta. Aquí hay un hiato, una transición en el sueño, con brusco cambio de escenario.
En las siguientes noches... (ésta es la parte que se repite con más nitidez, pero como si cada vez se agregara un episodio más a la saga del sueño).
Ahora viajábamos en un tren; creo que también estaba presente mi novia. En un momento dado, se descubre un cadáver, que resulta ser mi “compañero de secundaria”. Profusión de policías, sobre todo uno de civil con aspecto de protagonista de novela policial. ¿Bueno o malo? No sé. Pero sí sé que de pronto, en medio de las investigaciones y de los futuros interrogatorios inevitables, empecé a temer que se supiera de mi “pelea” anterior con el muerto y, consecuentemente, se sospechara de mí. Esta sensación va creciendo y haciéndose insoportable.
Entonces pasa lo siguiente: en una especie de duermevela se me ocurre que debo introducir en mi propio sueño a un detective que me ayude a probar mi inocencia. Me levanto semidespierto y anoto la idea en un papel sucio que estaba en mi mesa de luz. Idea, por supuesto, para un futuro cuento. La cuarta o quinta vez que se repitió el sueño, la impresión de inminencia es casi asfixiante. Se aproxima el momento de mi interrogatorio y no sé si contar o no mi relación con el muerto. En realidad, yo no sé quién es, pero pudo haber testigos de lo que pasó. Por ejemplo, mi novia. ¿Me pongo de acuerdo con ella? ¿Y si el inspector (voy a llamarlo así) ya sabe la verdad? ¿No sería (yo) más sospechoso? Debo tener en cuenta que no soy bueno para mentir. Claro, como después de todo soy inocente, es mejor contar toda la verdad... y que la policía se arregle.
Pero ¿soy inocente? (¿Esto me lo estoy preguntando en el sueño, al despertarme o cuando lo cuento?) No es tan fácil. Ya dije que hay un hiato, una brusca elipsis narrativa entre la “pelea” en la calle y el misterioso viaje en tren. ¿Qué pasó entre una cosa y la otra? ¿Por qué mi compañero-adversario estaba justo en el mismo tren que yo? ¿Por qué tengo tanto miedo de que me descubran?
Me parece que necesito un abogado. O un detective.
A la segunda semana que sueño lo mismo, me decido. La próxima vez que sueñe, debo tratar de “introducir” en mi sueño a algún detective que me dé una mano. ¿Cómo hacerlo? ¿De dónde saco un detective? Bueno, si es por eso, yo ya inventé uno para un cuento medio en broma/medio en serio que escribí para leer entre amigos, “El caso del corrector asesinado”. Se llama Carlos (que es mi habitual seudónimo) Leinad (Daniel, como el profeta, primer detective de la historia según Rodolfo Walsh, al revés). ¿Aceptaría el caso? Bueno, como se trata de un álter ego mío, no le sería fácil rehusar.
Con esta certeza, ya no me resulta tan temible el interrogatorio del inspector. Hasta me parece un buen hombre, por lo menos bien intencionado. El miedo vuelve, es claro, cuando me pregunta si conocía al muerto. Elijo responder parte de la verdad (solución muy mía). Digo que sí, que se parecía a un antiguo compañero de colegio, y que me lo había cruzado antes de tomar el tren. El inspector parece satisfecho, pero ahora lo fundamental es decirle a mi novia que repita lo mismo.
Cuando salgo del compartimiento donde se llevan a cabo los interrogatorios, me encuentro con que Leinad ya está allí. Me guiña un ojo y me señala un extremo del vagón. Le hago una seña de que espere y me acerco a saludar a Lidia (voy a llamar Lidia a mi novia; veo que es un poco tarde). Cuando me agacho para darle un beso, le cuento lo que le había dicho al inspector. Ella asiente. Entonces sí voy a donde está Carlos Leinad.
—¿Comprendió algo de la situación? —le pregunto. Me parece que es mejor tratarlo de usted.
—Algo. De lo que no estoy seguro es de qué quiere que haga, exactamente —me dice, con cierta dureza. Tal vez no quiere estar allí, o quiere asumir su papel de detective duro con todos los chiches. Esto me gusta. Además, aunque sea creación mía, tengo que darle algo de libertad, porque tiene que averiguar cosas que yo no sé.
—Quiero saber qué pasó. Ese tipo murió poco después de tener una discusión conmigo. ¿Eso no me convierte en el principal sospechoso?
—Puede ser. Pero todos dicen que parece un suicidio. Tiene cortes en la muñeca.
Entonces recordé ese detalle, que se me había escapado totalmente (¿en el sueño, al despertarme, o al escribirlo?). Yo vi el cadáver de mi excompañero. Tenía un corte profundo en la muñeca izquierda, con una forma rara en realidad, como el corte doble, angular, que se hace en un árbol para hacharlo. Como la boca de un muñeco de trapo.
—Sí, claro —admití—. Pero si se sabe que yo discutí con él...
—¿Quién más sabe eso, además de usted y su novia? —preguntó Leinad, interrumpiéndome.
—No sé, hombre. Todo eso es lo que quiero que averigüe.
—No se irrite. En estos sueños hay que tener paciencia. No todo sucede como y cuando uno quiere.
Eso sonaba como una advertencia. Nada bien. Tuve que darle a Leinad todos los detalles que aún recordaba: quién era mi compañero de escuela, cómo se llamaba, qué estaba leyendo yo antes de dormirme, por qué el inspector me parecía bueno. Más que un detective, parecía un psicoanalista. Además, por momentos me sentía tentado a inventar cosas, cuando no recordaba bien o creía que algo era ineficaz estéticamente.
—No importa, todo sirve —decía él, enigmático.
Yo tenía un poco de miedo de dejarlo suelto en mi sueño. ¿Y si empeoraba las cosas? Por otra parte, me sentía un poco celoso por mi novia. Ya se sabe cómo son los detectives (y las novias). No sabía si debía tranquilizarme o preocuparme más el hecho de que éste fuera mi otro yo.
En todo caso, ya estaba hecho. Le pedí discreción y que me hiciera un buen precio por sus servicios. Sólo logré que me mirara con ironía. Se fue sin una palabra más.
En las noches siguientes, mis sueños fueron algo nebulosos. No pude retener casi nada, ni levantarme en medio de la noche para anotar alguna otra idea. No recuerdo si los protagonizaba yo o Leinad. Mientras tanto, en la vigilia, trataba de recordar algún detalle que pudiera ser de interés para la investigación. Una vez, Leinad me preguntó:
—Cuando usted discutió con el muerto, ¿él le mencionó a Daniel Bartero?
Mi sorpresa fue mayúscula. La pregunta del detective trajo a mi memoria un montón de cosas, entre ellas precisamente lo que él me exigía. Atiné apenas a decir que sí.
—Lo suponía —sonrió Leinad, agrandado.
Al poco tiempo de esta charla, me encontré con mi novia. La noté rara. No pude menos que sentirme intranquilo, sobre todo cuando ella me dijo, a regañadientes, que había hablado con Leinad.
—No sé si hiciste bien en soñar con él —me dijo, lo que me alarmó más todavía.
—¿Qué te preguntó?
—Cosas...
—¿Qué cosas? ¿Sobre nosotros? —mi voz tenía notas de histeria.
Lidia me miraba con cierto asombro.
—Sí... No... Quiero decir, qué hacíamos en ese tren y esas cosas.
—¿Y vos qué le contestaste?
—Que no sabía. Yo no era la que soñaba, ¿no?
Tenía razón, pero no pude admitirlo así no más.
—¿Y qué más te preguntó?
—Sobre tu amigo... ¿Daniel Bar... Bartero?
Otra vez. Indudablemente, Leinad había encontrado una pista importante. ¿Cuál sería la conexión? Mi amigo Daniel (nada que ver con el detective) estaba en Italia desde hacía mucho tiempo y no tenía noticias recientes de él. ¿Cómo habría averiguado Leinad estos datos? ¿O sería una pista falsa? ¿“Dirigida” a qué o a quién? Por más que lo intenté, no pude soñar nada al respecto.
Tuve que responder otro interrogatorio del inspector. Esta vez ya no me pareció tan bueno. ¿Estaría haciendo por fin la transferencia? Se había descubierto que el muerto tomó un fuerte sedante antes de morir. Tal vez estaba inconsciente antes de cortarse las venas, lo cual sugería... Razón de más para no contar toda la verdad de la historia. Ya estaba jugado. Podía percibir hasta qué punto el inspector sospechaba de mí. Por supuesto que no tenía pruebas, pero todo reposaba en mi aplomo para mantener mi versión y en la solidez relativa (era mi novia) de mi coartada.
Esa misma noche apareció Leinad. Su cara no me gustó nada. Sentí, con esa certidumbre propia de los sueños, que se aproximaba el final del caso. ¿Es bueno saber la verdad? ¿Es, al menos, inevitable?
—¿Averiguó algo, además de ese albur sobre Bartero?
Leinad me miró como con lástima.
—Averigüé demasiado.
—¿Alguna vez se sabe demasiado?
—Claro, piense en Edipo.
—No tengo ganas. Vaya al grano, por favor. Después de todo, yo lo inventé, y lo estoy soñando, o al menos escribiendo.
—Las cosas no son tan fáciles, Valle. Ojalá lo fueran. ¿En serio no recuerda nada? ¿No sospecha, ni siquiera ahora, lo que pasó? Usted mismo dijo que lo inventó, lo soñó o lo escribió.
—Me refería a usted. Además, si lo supiera, no lo hubiera llamado para investigar.
—Sí, eso es razonable. Y es lo único que me hace confiar en usted...
—No lo entiendo.
—Vea, la cosa es así. El muerto era Cossi, ¿lo recuerda? El piola de la división. Una vez se peleó a trompadas con su amigo Bartero, en un episodio que se hizo famoso, porque éste, el más grandote, le tiró dos tremendas trompadas y el otro, el más chiquito, las esquivó impecablemente. Usted siempre deseó vengar a su mejor amigo, por esa humillación.
—Casi todo es cierto, pero no admito esto último.
—Haga lo que quiera. Yo sigo. Su amigo Bartero está en Italia desde hace mucho tiempo y usted nunca se ha comunicado con él. No respondió sus últimas cartas, vaya a saber por qué. En cambio, por fin se decidió a visitar a sus padres. Seguramente para sentirse menos culpable. De allí venía cuando se cruzó con Cossi: pude identificar la calle. Tal vez hablaron de aquella famosa pelea, tal vez Cossi seguía siendo un piola insoportable...
—Intentó propasarse con mi novia.
—Eso dice usted. Quizás esto le sirvió para desplazar en el sueño el verdadero tema de esa conversación. Lo cierto es que Cossi los siguió y subió en el mismo tren que ustedes. Posiblemente para vengarse de usted, para borrar su anterior acto de cobardía. Aquí podemos imaginar el resto.
—Yo creo que Cossi se suicidó para inculparme.
Leinad esbozó una sonrisa canchera, escéptica.
—Puede ser. ¿Quién se lo va a discutir? Nota no dejó. Pero también es posible lo siguiente. Su novia dice que usted salió del vagón por lo menos una vez. Yo creo que usted se encontró de nuevo con Cossi, le administró de alguna manera el sedante que lo dejó inconsciente y después le cortó las venas de la forma que aprendió en una novela de P. D. James que estaba leyendo antes de dormirse.
—Usted está loco.
—Usted lo estará, entonces. Yo sólo digo lo que he averiguado. ¿Usted no me soñó para eso?
—Tengo coartadas.
—Sí, de su novia...
—¿Y qué duda cabe?
—Para la policía, ninguna. Ojalá.
Me corrió un escalofrío que me hizo revolver en la cama.
—¿Qué quiere decir?
—Nada. En todo caso, su secreto está a salvo con nosotros, Valle.
—¿Nosotros?
Leinad no contestó. De hecho, se desvaneció. Tal vez porque me desperté. Fui casi corriendo a hablar con Lidia. ¿Qué le había contado, exactamente, al detective? ¿Sostendría hasta el final mis coartadas?
—Ah sí, yo también quería hablar con vos —me dijo cuando apenas me vio.
Eso era el fin. El resto era previsible.
—No sé, estoy confundida, tenés que entenderme... Tal vez si nos separamos por un tiempo... para pensar mejor...
No quise escucharla más. Me aseguré de que sostendría mi versión de los hechos y me fui. No sé si a seguir soñando o a despertarme.





* Se refiere a la primera versión del cuento, escrita en Word Perfect 4.2 para DOS. La definitiva fue terminada en Word 6.0 para Windows, así que habría que poner “pantalla blanca”.

** Por lo mismo de la nota anterior: se trataba de un antiguo monitor monocromo, color “ámbar”.

VI CONGRESO INTERNACIONAL DE LETRAS

DEPARTAMENTO DE LETRAS, FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS, UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

PUAN 480, CABA C1406CQJ. TEL: 54-11-4432-0606, INT. 135
DIRECCIÓN DE E-MAIL: letras@filo.uba.ar


VI CONGRESO INTERNACIONAL DE LETRAS
Transformaciones culturales.
Debates de la teoría, la crítica y la lingüística


25-29 de noviembre de 2014


SEGUNDA CIRCULAR


El Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires anuncia la realización del VI Congreso Internacional de Letras. Transformaciones culturales. Debates de la teoría, la crítica y la lingüística, entre los días 25 y 29 de noviembre de 2014. En esta ocasión se dedicarán conferencias y paneles especiales del congreso a conmemorar tres aniversarios importantes: el centenario de los nacimientos de Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Julio Cortázar (1914-1984), y el 90° aniversario de la muerte de Franz Kafka (1883-1924).


1. Áreas
A los fines de la elaboración de propuestas de ponencias, se sugieren las siguientes áreas:
 Análisis del discurso
 Etnolingüística
 Gramáticas cognitivas
 Lingüística Formal
 Neurolingüística y Psicolingüística
 Pragmática
 Retórica y Teoría de la argumentación
 Sociolingüística
 Lenguas y literaturas clásicas
 Literatura Argentina
 Literatura Española
 Literatura Latinoamericana
 Literaturas en Lenguas Extranjeras
 Teoría Literaria y Estética
 Teoría y Crítica de la Traducción
 Teoría y crítica de las Literaturas Comparadas

 Enseñanza de la Lengua y la Literatura
 Metodología de la Investigación
 

2. Modalidad de inscripción
La inscripción, tanto de expositores como asistentes, se encuentra abierta, y se realizará exclusivamente a través de la página web del evento: cil.filo.uba.ar. En todos los casos deberán generar un usuario, completando un formulario de registro con una serie de campos de datos obligatorios. Una vez creada la cuenta, podrán ingresar con su usuario y contraseña todas las veces que lo requieran, adjuntar el comprobante de pago de inscripción cuando corresponda, subir el resumen para ser evaluado en caso de desear participar como expositores, y presentar, de ser aceptado el resumen, la ponencia completa.
En la página se podrán consultar además todas las novedades acerca del congreso: circulares, programas y paneles especiales, así como también las actas de las anteriores ediciones del CIL. Podrán enviar consultas puntuales a la dirección de correo electrónico cil@filo.uba.ar; las demás gestiones se harán a través del sitio web.
Para participar como expositor, se deberá adjuntar un resumen, que deberá incluir: 1) apellido y nombre del autor o los autores; 2) filiación institucional; 3) título completo de la ponencia; 4) palabras clave; 5) resumen del trabajo conteniendo marco teórico, objetivos, hipótesis o preguntas de investigación, y metodología (máximo: 300 palabras); 6) bibliografía referenciada.
3. Plazos de presentación
Presentación de resúmenes: quienes deseen participar como expositores, deberán subir su resumen a la plataforma antes del 4 de agosto de 2014.
Comunicación de aceptación de resúmenes: el resultado de la evaluación de resúmenes se realizará antes del 4 de septiembre de 2014.
Presentación de ponencias: para poder participar en calidad de expositores, el texto completo de las ponencias deberá ser subido a la plataforma antes del 24 de octubre de 2014, siguiendo las pautas de edición que se adjuntarán a la tercera circular.


4. Modalidades de exposición
Las ponencias se organizarán en mesas simultáneas de una duración total de 90 minutos y con cuatro exposiciones por mesa. Uno de los expositores actuará como coordinador de la mesa, por designación de la Comisión Organizadora. El tiempo de exposición individual será de 15 minutos como máximo; las ponencias que se envíen para la publicación no podrán exceder los 25.000 caracteres con espacios.
5. Lugar de realización
El Congreso se desarrollará en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Puan 480, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
DEPARTAMENTO DE LETRAS, FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS, UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
PUAN 480, CABA C1406CQJ. TEL: 54-11-4432-0606, INT. 135
DIRECCIÓN DE E-MAIL: letras@filo.uba.ar


6. Aranceles
Los aranceles para la participación como asistente o expositor serán los que se consignan a continuación. Los ponentes deberán abonar el arancel correspondiente, presenten trabajos individuales o en coautoría:
Expositores nacionales: 300 ARS / antes del 10/11/2014: 250 ARS
Expositores de países latinoamericanos: 500 ARS / antes del 10/11/2014: 400 ARS
Expositores de otros países: 800 ARS / antes del 10/11/2014: 700 ARS
Asistentes nacionales: 150 ARS / antes del 10/11/2014: 100 ARS
Asistentes de países latinoamericanos 250 ARS / antes del 10/11/2014; 200 ARS
Asistentes de otros países: 400 ARS / antes del 10/11/2014: 300 ARS
Los estudiantes de grado de esta Facultad y los docentes que no perciben salario por su designación no abonan arancel de inscripción ni como asistentes ni como expositores. Los estudiantes de grado de otras Universidades Nacionales e Institutos Terciarios públicos de la República Argentina no abonan arancel de inscripción como asistentes.
Oportunamente, al comunicar la aceptación de resúmenes, se brindarán los datos de la cuenta bancaria para el pago de la inscripción mediante depósito o transferencia, y la información pertinente para el pago en Tesorería de nuestra Facultad.


7. Organización
Comisión Científica: Emilio Bernini (Secretario Académico del Instituto de Literatura Argentina), Américo Cristófalo (Vicedecano), Noé Jitrik (Director del Instituto de Literatura Hispanoamericana), Martín Menéndez (Director del Instituto de Lingüística), Melchora Romanos (Directora del Instituto Filología Hispánica), Alicia Schniebs (Directora del Instituto de Filología Clásica), Marcela Suárez (Director del Departamento de Lenguas y Literaturas Clásicas), Miguel Vedda (Director del Departamento de Letras).
Comisión organizadora: Manuel Abeledo, Ignacio Azcueta, Andrea Bohrn, Mercedes Bruno, Rodrigo Caresani, María Belén Castano, Susana Cella, Martín Ciordia, Patricia Dobarro, Gustavo Daujotas, Agustina Fracchia, Sebastián Hernaiz, Raúl Illescas, Virginia Jaichenco, Juan Manuel Lacalle, Lucas Margarit, Agustina Miranda, Juan Moris, Federico Navarro, Violeta Palacios, Carola Pivetta, Mariana Rosetti, Facundo Ruiz, Martín Salinas, María Elina Sánchez, Federico Seoane, Marcelo Topuzian, Mariano Vilar, Gabriela Zunino.


Cursos de producción, prensa y periodismo


1º Congreso Internacional de Arte. Revueltas del Arte-IUNA





1º Congreso Internacional de Arte. Revueltas del Arte
Buenos Aires, Argentina
18 al 21 de noviembre de 2014

El Instituto Universitario Nacional del Arte, IUNA, tiene el agrado de invitar a la comunidad de Docentes Investigadores Artistas del ámbito nacional e internacional a participar del 1º Congreso Internacional de Arte. Revueltas del Arte, que se llevará a cabo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires entre los días 18 y 21 de noviembre de 2014.

La creación, investigación y experimentación son características fundamentales de la actividad artística y teórica en la Universidad. La especificidad de sus procedimientos técnicos, metodológicos, analíticos y sensibles hace posible la confluencia entre espacios que tradicionalmente se conciben como antagónicos. Afirmar que existe un pensamiento del arte y sobre el arte, implica disolver la antigua dicotomía entre saber reflexivo y lógico y un saber práctico y técnico y abre un marco para explorar la necesidad de la revuelta en la producción de conocimiento.

El territorio de las reflexiones sobre el arte hoy presenta una diversidad de perspectivas y posiciones, las que proponen un amplio universo conceptual. Así, desde la obra de arte autónoma y los lugares legitimadores de la crítica de artes, pasando por el triunfo y reconfiguración de las prócticas curatoriales hasta la proclamación de las muertes del arte, las diferentes disciplinas buscan un espacio de articulación entre la práctica y la reflexión artística.

Luego de las discusiones en la que lo post fue su distintivo, las diversas artes han desarrollado formas que muestran coexistencia, superposición e incluso contradicción. Actualmente conviven museos con estrategias tradicionales con otros que han modificado su habitualidad y nuevos ámbitos y circuitos de distribución y exhibición, que ponen a disposición formas no canonizadas de representación; se producen puestas en escena tradicionales, nuevas y novísimas; la reproducción en diversos soportes y en todo momento de géneros y estilos musicales y sonoros permiten escuchas personales; las artes escénicas encuentran en nuevos medios espacios de producción, circulación y consumo artístico, con intervenciones y performance que desdibujan las fronteras entre danza, teatro y artes visuales.

Estos espacios complejos, cambiantes, dinámicos a veces esconden sus criterios legitimadores, otras no encuentra manera de legitimar sus prácticas. Hoy, la expansión de estéticas múltiples y divergentes obliga a repensar el lugar central que ocupan las expresiones artísticas y/o estéticas en la vida social y cultural.

En este contexto, el Primer Congreso Internacional de Artes invita a interrogarse sobre las Revueltas del Arte tanto en relación con su condición política, sus emplazamientos estéticos, su función social, su capacidad crítica. Se piensa la creación como revuelta en tanto expande el horizonte de lo posible y ensaya otros modos de existencia.

El congreso se organiza en tres grandes ejes:

Arte Ciencia Tecnología: articulaciones
Este eje busca dar cuenta de las reflexiones contemporáneas en torno de objetos en constante transformación y articulación; y como resultado de ella, la producción de conocimiento y el desarrollo tecnológico (en sentido amplio) a la vez que se propone abordar la relación entre producción de conocimiento artístico y transferencia tecnológica.

Arte y Transformación Social
Este eje aborda las dinámicas de los cambios sociales a través de las prácticas artísticas, así como el lugar del arte en la generación de cambios sociales. Los espacios de transformación de la vida social desde el arte, su enseñanza y práctica, por lo que se incorporan aspectos como la transformación en diversos espacios de acción a partir del borramiento de los límites entre prácticas políticas y prácticas artísticas.


Traducciones, diálogos, fronteras
Se busca reflexionar sobre los modos de articulación de lo inter/trans/multidisciplinar, que permita pensar el arte como constructor de conocimiento. En este sentido, el eje pone el acento en las dimensiones teórico-metodológica y epistemológica que vinculan los abordajes y problemas contemporáneos de los fenómenos artísticos, y el modo en que ellos mismos demandan nuevas miradas y conceptualizaciones.

En este Congreso se podrán presentar trabajos inéditos que supongan algún tipo de aporte original a nuestro campo de estudios.
Los interesados en presentar una ponencia tendrán tiempo hasta el 31 de julio para enviar el resumen de su trabajo a través del sitio del congreso http://congresointernacionaldeartes.iuna.edu.ar

Los resúmenes serán examinados por el Comité Académico del Congreso formado por investigadores y especialistas que seleccionarán las presentaciones teniendo en cuenta la calidad del texto y su coherencia interna. La aceptación o rechazo de los resúmenes presentados serán inapelables.


 
 

13.6.14

Seminario Intersecciones del discurso psicoanalítico (UNDAV)

Como parte de la oferta académica del posgrados del segundo cuatrimestre, se presenta el seminario  
Intersecciones del discurso psicoanalítico: Problemáticas contemporáneas,  política,  cultura y lazos sociales
dirigido por la Dra. Clara Schor-Landman y Jorge Alemán y organizado por la Universidad Nacional de  Avellaneda y La Fundación Hábitat y Salud Urbana.

El seminario de posgrado  Intersecciones del discurso psicoanalítico: Problemáticas contemporáneas,  política,  cultura y  lazos sociales, pretende instaurar un espacio de pensamiento para dilucidar  nudos críticos políticos, culturales, subjetivos y sociales contemporáneos. 

Asimismo, tiene como objetivo problematizar, analizar y debatir sobre las consecuencias de reducir lo humano al organismo, la política a la gestión y lo sociocultural a un conjunto cerrado de relaciones.

Para mayor información adjuntamos a continuación el cronograma de clases, los días y horarios y las sedes de cada módulo.

El seminario tiene un arancel de $1200, con un 50% de descuento para docentes de la UNDAV u otras universidades que tengan convenio con nuestra universidad.

Para más información pueden escribir a posgrados@undav.edu.ar o llamar al 54367508.




Secretaría de Investigación e Innovación Socio-Productiva
Universidad Nacional de Avellaneda

Mario Bravo e Isleta, Piñeyro, Provincia de Buenos Aires, República Argentina
Tel.: (54 11) 54367506 | investigacion@undav.edu.ar

7.6.14

mi nombre Se oliva

hola ¿cómo estás?
   Me conmovió escribirte Por favor no se ofenda. Sentí que podía hacer una buen amigo con usted, primero y ante todo la libre introducción y breve, mi nombre Se oliva, estoy muy feliz de escribir a usted hoy, estoy buscando un confiable persona para estar en una relación estrecha con y soy feliz en contacto con usted, por favor quiero que estemos en una relación a largo plazo como i desee reunirse algún día cara a cara en su país esta es mi dirección de correo electrónico (olivedukson20@outlook.com) donde se puede llegar conmigo para obtener más detalles acerca de mí, incluyendo fotos. No puedo esperar para ver a su responder pronto. gracias por su comprensión



hello dear how are you ,
  i was touched to write you Please don't be offended .I felt i could make a good friend with you, First and foremost and brief self introduction, my name is olive, i am very happy to write to you today ,i am looking for a reliable person to be in a close relationship with and i am happy to contact you ,please i want us to be in a long term relationship as i wish to meet you one day face to face in your country
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30.5.14

Letras - Novedades académicas

NOVEDADES ACADÉMICAS


Espectáculo unipersonal juglaresco

El próximo sábado 31 de mayo, a las 13:30, en el aula 108 de la Facultad (1° Piso), dentro de las actividades complementarias de la cátedra de Literatura Española I (Prof. Leonardo Funes), el actor Hugo Ponce ofrecerá su espectáculo unipersonal juglaresco "A galopar", con textos medievales, renacentistas y republicanos.



Llamado para la presentación de artículos en la revista brasileña Sociodialeto

Se aceptan textos en español y deben ser acompañados por un resumen en inglés. Para ver la última publicación: http://www.sociodialeto.com.br/?pag=home&ver=trabalhos.


Conferencia del profesor Charles Bazerman

El Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires) tiene el agrado de invitarlos a la conferencia que el profesor Charles Bazerman (University of California Santa Barbara, EE. UU.) dictará el jueves 26 de junio a las 16:00 hs. sobre el tema “Tradiciones y temas de investigación sobre escritura en Estados Unidos”. La conferencia será en inglés, tendrá lugar en la sede del Instituto, será de acceso libre y gratuito y estará destinada a investigadores interesados en el tema. Luego de la conferencia, Bazerman participará en un conversatorio sobre proyectos y líneas de investigación sobre escritura en la Argentina y Latinoamérica.
Se requiere inscripción previa ya que el espacio disponible es limitado. Para inscribirse, escribir a institutoling@filo.uba.ar especificando nombre, institución de pertenencia y cargo docente o de investigación.
Esta actividad se da en el marco de las Jornadas de capacitación sobre lectura y escritura en la universidad 2014, organizadas por la Universidad Nacional de Quilmes, la Universidad Nacional de Entre Ríos, la Universidad Nacional de General Sarmiento, la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Charles Bazerman es Profesor del Departamento de Educación de la Universidad de California en Santa Barbara. Es uno de los expertos más reconocidos del mundo en el estudio y la enseñanza de la escritura, con foco en los géneros discursivos y la retórica de la ciencia. Es la máxima figura del movimiento Escribir a través del currículum, que impulsa desde los años 70 el trabajo con el potencial epistémico y retórico de la escritura en todas las materias y disciplinas. Escribió y editó más de 40 libros. Sigue una política activa de divulgación y distribución libre de su obra, que se encuentra en su mayor parte disponible para descarga gratuita.


Prórroga para rendir exámenes

La Secretaría de Asuntos Académicos de la Facultad informa que, según lo aprobado en la última sesión de Consejo Directivo, los estudiantes que lo requieran podrán solicitar una prórroga extraordinaria para rendir en el turno de exámenes de julio materias, idiomas y seminarios que hayan vencido en marzo de 2014 (es decir, cursos del segundo cuatrimestre de 2009). La fecha tope para la presentación de solicitudes por Mesa de Entradas será el 6 de junio. El Programa de Orientación de la Secretaría de Extensión y Bienestar Estudiantil se comunicará con los interesados oportunamente.


Departamento de Letrasletras.filo.ub

25.5.14

La lengua de las mariposas




Manuel Rivas

«¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas».
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes.
«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa». Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.
Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender como yo quería a mi maestro. Cuando era un «picarito», la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que cimbraba en el aire como una vara de mimbre.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Dos de mis tíos, como muchos otros mozos, emigraron a América por no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América sólo por no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores de la batalla del Barranco del Lobo. Yo iba para seis años y me llamaban todos Gorrión. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado.
Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, el que me puso el apodo. «Pareces un gorrión».
Creo que nunca corrí tanto como aquel verano anterior al ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.
«¡Ya verás cuando vayas a la escuela!»
Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancara las amígdalas con la mano, la manera en que el maestro les arrancaba la jeada del habla para que no dijeran ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase 'Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo'. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!» Si de verdad quería meterme miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de la pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de mandil de carnicero. No mentiría si les dijera a mis padres que estaba enfermo.
El miedo, como un ratón, me roía por dentro.
Y me meé. No me meé en la cama sino en la escuela.
Lo recuerdo muy bien. Pasaron tantos años y todavía siento una humedad cálida y vergonzosa escurriendo por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio escondido con la esperanza de que nadie se percatara de mi existencia, hasta poder salir y echar a volar por la Alameda.
«A ver, usted, ¡póngase de pie!»
El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que la orden iba para mi. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mi me pareció la lanza de Abd el-Krim.
«¿Cuál es su nombre?»
«Gorrión»
Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me batieran con latas en las orejas.
«¿Gorrión?»
No recordaba nada. Ni mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré cara al ventanal, buscando con angustia los árboles de la alameda.
Y fue entonces cuando me meé.
Cuando se dieron cuenta los otros rapaces, las carcajadas aumentaron y resonaban como trallazos.
Huí. Eché a correr como un loquito con alas. Corría, corría como solo se corre en sueños y viene tras de uno el Sacaúnto. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mi. Podía sentir su aliento en el cuello y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré cara atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba solo con mi miedo, empapado de sudor y de meos. El palco estaba vacío. Nadie parecía reparar en mi, pero yo tenía la sensación de que toda la villa estaba disimulando, que docenas de ojos censuradores acechaban en las ventanas, y que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarle la noticia a mis padres. Las piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta A Coruña y embarcaría de polisón en uno de esos navíos que llevan a Buenos Aires.
Desde la cima del Sinaí no se veía el mar sino otro monte más grande todavía, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y nostalgia lo que tuve que hacer aquel día. Yo sólo, en la cima, sentado en silla de piedra, bajo las estrellas, mientras en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi búsqueda. Mi nombre cruzaba la noche cabalgando sobre los aullidos de los perros. No estaba sorprendido. Era como si atravesara la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando llegó donde mi la sombra regia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me abrazó en su pecho. «Tranquilo Gorrión, ya pasó todo».
Dormí como un santo aquella noche, pegadito a mamá. Nadie me reprendió. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira, tal como pasara cuando había muerto la abuela.
Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado de la mano en toda la noche.
Así me llevó, agarrado como quien lleva un serón en mi vuelta a la escuela. Y en esta ocasión, con corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.
El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. «¡Me gusta ese nombre, Gorrión!». Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en el medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano cara a su mesa y me sentó en su silla. Y permaneció de pie, agarró un libro y dijo:
«Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso». Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. «Bien, y ahora, vamos a comenzar con un poema. ¿A quien le toca? ¿Romualdo? Ven, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta».
A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.
«Una tarde parda y fría...»
«Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?»
«Una poesía, señor».
«¿Y como se titula?»
«Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado»
«Muy bien, Romualdo, adelante. Despacito y en voz alta. Repara en la puntuación»
El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano de Montevideo.
«Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una marcha carmín...
«Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?», preguntó el maestro.
«Que llueve después de llover, don Gregorio».
«¿Rezaste?», preguntó mamá, mientras pasaba la plancha por la ropa que papá cosiera durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.
«Pues si», dije yo no muy seguro. «Una cosa que hablaba de Caín y Abel».
«Eso está bien», dijo mamá. «No se por que dicen que ese nuevo maestro es un ateo».
«¿Qué es un ateo?»
«Alguien que dice que Dios no existe». Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.
«¿Papá es un ateo?»
Mamá posó la plancha y me miró fijo.
«¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa pavada?»
Yo había escuchado muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios.
Decían dos cosas: Cajo en Dios, cajo en el Demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían de verdad en Dios.
«¿Y el Demonio? ¿Existe el Demonio?»
«¡Por supuesto!»
El hervor hacía bailar la tapa de la olla. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor e gargajos de espuma y berza. Una abeja revoloteaba en el techo alrededor de la lámpara eléctrica que colgaba de un cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. Su cara se tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriera a un desvalido.
«El Demonio era un ángel, pero se hizo malo».
La abeja batió contra la lámpara, que osciló ligeramente y desordenó las sombras.
«El maestro dijo hoy que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el resorte de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que mandar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?»
«Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te gusta la escuela?»
«Mucho. Y no pega. El maestro no pega»
No, el maestro don Gregorio no pegaba. Por lo contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos peleaban en el recreo, los llamaba, «parecen carneros» y hacía que se dieran la mano.
Luego, los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como hice mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro rapaz, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, en el que golpearía con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandara darle la mano y que me cambiara junto a Dombodán. El modo que tenía don Gregorio de mostrar un gran enfado era el silencio.
«Si ustedes no se callan, tendré que callar yo».
Y iba cara al ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, desasosegante, como si nos dejara abandonados en un extraño país.
Sentí pronto que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que tocaba era un cuento atrapante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y el sístole y diástole del corazón. Todo se enhebraba, todo tenía sentido. La hierba, la oveja, la lana, mi frío. Cuando el maestro se dirigía al mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminara la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relincho de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomo de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchamos con palos y piedras en Ponte Sampaio contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras.
Hacíamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribimos cancioneros de amor en Provenza y en el mar de Vigo. Construimos el Pórtico da Gloria. Plantamos las patatas que vinieron de América. Y a América emigramos cuando vino la peste de la patata.
«Las patatas vinieron de América», le dije a mi madre en el almuerzo, cuando dejó el plato delante mío.
«¡Que iban a venir de América! Siempre hubo patatas», sentenció ella.
«No. Antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz». Era la primera vez que tenía clara la sensación de que, gracias al maestro, sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, los padres, desconocían.
Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche con azúcar y cultivaban hongos. Había un pájaro en Australia que pintaba de colores su nido con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba tilonorrinco. El macho ponía una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.
Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y feriados que pasaba por mi casa y íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras, el bosque, y subíamos al monte Sinaí. Cada viaje de esos era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Una libélula. Un escornabois. Y una mariposa distinta cada vez, aunque yo solo recuerde el nombre de una es la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o en el estiércol.
De regreso, cantábamos por las corredoiras como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: «Y ahora vamos a hablar de los bichos de Gorrión».
Para mis padres, esas atenciones del maestro eran una honra. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos. «No hacía falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta, decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».
«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.
«Los maestros no ganan lo que tienen que ganar», sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. «Ellos son las luces de la República».
«¡La República, la República! ¡Ya veremos donde va a parar la República!»
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia.
Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero muchas veces los sorprendía.
«¿Qué tienes tu contra Azaña? Esa es cosa del cura, que te anda calentando la cabeza»
«Yo a misa voy a rezar», decía mi madre.
«Tu, si, pero el cura no»
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría «tomarle las medidas para un traje».
El maestro miró alrededor con desconcierto.
«Es mi oficio», dijo mi padre con una sonrisa.
«Respeto muchos los oficios», dijo por fin el maestro.
Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año y lo llevaba también aquel día de julio de 1936 cuando se cruzó conmigo en la alameda, camino del ayuntamiento.
«¿Qué hay, Gorrión? A ver si este año podemos verles por fin la lengua a las mariposas»"
Algo extraño estaba por suceder. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban para la derecha, viraban cara a la izquierda. Cordeiro, el recolector de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca vi sentado en un banco a Cordeiro. Miró cara para arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros era que venía una tormenta.
Sentí el estruendo de una moto solitaria. Era un guarda con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró cara a los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: «¡Arriba España!» Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de estallidos.
Las madres comenzaron a llamar por los niños. En la casa, parecía haber muerto otra vez la abuela. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo del agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.
Llamaron a la puerta y mis padres miraron el picaporte con desasosiego. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en la casa de Suárez, el indiano.
«¿Saben lo que está pasando? En la Coruña los militares declararon el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil»
«¡Santo cielo!», se persignó mi madre.
«Y aquí», continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyeran, «Se dice que el alcalde llamó al capitán de carabineros pero que este mandó decir que estaba enfermo».
Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de pronto cayera el invierno y el viento arrastrara a los gorriones de la Alameda como hojas secas.
Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a la misa y volvió pálida y triste, como si se hiciera vieja en media hora.
«Están pasando cosas terribles, Ramón», oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor todavía. Parecía que había perdido toda voluntad.
Se arrellanó en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.
«Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo»
Fue mi madre la que tomó la iniciativa aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a la misa. Cuando volvieron, me dijo: «Ven, Moncho, vas a venir con nosotros a la alameda».
Me trajo la ropa de fiesta y, mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo en voz muy grave: «Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro».
«Si que lo regaló».
«No, Moncho. No lo regaló. ¿Entendiste bien? ¡No lo regalo!»
Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. Bajaran también algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos de chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola en el cinto. Dos filas de soldados abrían un corredor desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande.
Pero en la alameda no había el alboroto de las ferias sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.
Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardas, salieron los detenidos, iban atados de manos y pies, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, el de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la orquesta Sol y Vida, el cantero q quien llamaban Hércules, padre de Dombodán... Y al cabo de la cordada, jorobado y feo como un sapo, el maestro.
Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un ruge-ruge que acabó imitando aquellos apodos.
«¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!»
«Grita tu también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!». Mi madre llevaba agarrado del brazo a papá, como si lo sujetara con toda su fuerza para que no desfalleciera. « ¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!»
Y entonces oí como mi padre decía «¡Traidores» con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, «¡Criminales! ¡Rojos!» Saltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida cara al maestro. «¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!»
Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. «¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre¡». Nunca le había escuchado llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. «Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso». Pero ahora se volvía cara a mi enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. «¡Grítale tu también, Monchiño, grítale tu también!»
Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: «¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!».