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18.3.10

Españoles, un esfuerzo más...

Zarzuela se lamenta e Internet "brama" contra el doble rasero del Rey

En Zarzuela no terminan de entender el revuelo suscitado por la ausencia de la Familia Real en la capilla ardiente y en el funeral de Miguel Delibes. Mayor aún desde que toda España vio las imágenes, un día después, de Don Juan Carlos en el estreno de Fernando Alonso en Bahrein, junto al piloto y al presidente del Santander, Emilio Botín. "La Casa lo lamenta mucho. Había cosas programadas desde hace tiempo y compromisos, y la muerte llega sin avisar", señalaban fuentes de la misma a El Semanal Digital este martes.

Sigue:
http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=105705

(Todo bien con Delibes pero, ¡hombre!, qué coño importa que vayan los reynaldos, los principesos ¡o algún "noble"!, a su velorio. Cuanto más lejos, mejor. Juira, bichos.)

30.10.09

El Quijote de Unamuno

- Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Buenos Aires, Espasa Calpe.

Unamuno recurre a “simular” que la historia de Don Quijote es real, y Cervantes, sólo su “historiador”. Así se refiere siempre a él, incluso rebajándolo o burlándose de sus capacidades (notoriamente inferiores en sus otras obras).
Pero lo más importante es que Unamuno glosa la Obra como si fuera un libro sagrado. De hecho, lo propone como tal. Sería el libro fundante, no de una religión, sino de una “raza”, la española, con todos sus “defectos” y sus “virtudes”, sus sombras y sus luces. Defectos y sombras, en todo caso, provenientes de haber abandonado el genuino espíritu del “cristianismo quijotesco” (e incluso del cristianismo renovador de un Ignacio de Loyola, deformado por sus propios seguidores; en efecto, los jesuitas son unas de las “bestias negras” de Unamuno. Otras son los anglosajones, otras los judíos, aunque mucho menos mencionados.)
Como tal escritura sagrada, el Quijote debe ser interpretado de las maneras tradicionales; más que nada, oscilando entre lo literal y lo alegórico, según el capricho interpretativo (la autoridad siempre enarbolada en aras de la fe o el fanatismo) del autor. Podríamos desglosar más la glosa viendo lo anagógico, lo salvífico, lo escatológico, etc., pero importa más que Don Quijote es parangonado alternativa o simultáneamente con Cristo, con Ignacio de Loyola (otro “caballero andante de la fe”), con España (con la mejor España, ya que Sancho es, casi siempre, la peor; aunque teniendo en cuanta que su quijotización final lo deja muy delante del cura, el barbero, el bachiller, el ama, la sobrina, etc.). Por su parte, Dulcinea-Aldonza es al mismo tiempo la Gloria y la Mujer-Virgen-Diosa; otra forma de España, obviamente.
El “regeneracionismo” aparece aquí de soslayo, pero entre líneas permanentemente. España ha sido derrotada en América, el corazón de su Imperio y de su gloria, ya inevitablemente pasada. Debe volver a sus (supuestos) valores épicos y heroicos. (El Cid, reivindicado más adelante por los fascistas, no será aquí una contrafigura del Quijote sino su antecesor inmediato.) Unamuno, aunque escéptico, apuesta a que el repliegue es sólo momentáneo: España no es un “pueblo moribundo”, como se dice por ahí. Es un pueblo que espera un redentor, un pastor (¿un dictador?). El Quijote es (pre)figura de ese salvador.
Unamuno llega a desear una próxima guerra civil, que serviría para demostrar que España aún está viva y puede decidir los valores que afirmará en su porvenir (?!).
Como apunte lateral: esta idea, forzada, de la unidad de España implica sacrificar incluso la nacionalidad, a través de la lengua. Unamuno (vasco) se identifica con el famoso Vizcaíno de una de las primeras aventuras del Quijote, pero lo exhorta a abandonar la lengua de sus antepasados para hablar en español, la lengua común a la raza y la nacionalidad única.
Como se ve, espiritualismo, irracionalismo y nacionalismo, conjugados no sin conflictos, prefiguran temas que, en las tres primeras décadas del siglo XX, van a seguir obsesionando a ciertos intelectuales españoles que han quedado engrillados por el 98, y se van a reordenar trágicamente en los albores de la guerra civil 1936-1939.

21.10.09

Nunca más

Los libros sobre la guerra civil están llenos de los nombre de los vencedores, pero no de los que levantaron los pesados bloques de piedra de la larga noche franquista. Tal vez valga la pena llenar aquí una sola página con una historia, no de las más siniestras, que vale por tantas otras igualmente trágicas: la de María Salvo. María fue detenida en Madrid, en septiembre de 1941, por participar en un intento --frustrado- de reorganización de la Juventud Socialista Unificada. Acababa de llegar del campo de concentración de Francia y disponía de poca información. En la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol fue torturada y apaleada hasta que la dejaron estéril. De allí fue trasladada al convento-prisión de Les Corts, en Barcelona, donde estuvo nueve meses incomunicada. Compartía con otras tres mujeres una pequeña celda del convento, un balde de agua diario para lavarse y una lata para hacer sus necesidades.
La alimentación que le daban -caldo de boniatos y coles del huerto- le provocó una colitis y le hizo contraer la tuberculosis. Una vez le levantaron la incomunicación, pudo pasar a la sala general de presas, donde todas dormían en el suelo, en un espacio de 50 centímetros por persona. Estaba cubierta de sarna y ya no sentía las picaduras de los piojos. En 1943 la trasladaron a la cárcel de Las Ventas, en Madrid, donde ocupó con otras nueve mujeres una celda «individual» en la que no podían acomodarse para dormir, ni tampoco lo hubieran conseguido por la proximidad del cementerio, desde donde llegaban los sonidos de las descargas de fusilería de los pelotones de ejecución. Hasta el 15 de diciembre de 1944 no compareció ante el consejo de guerra, que la condenó a 30 años de reclusión mayor. Fue trasladada a Segovia, donde estuvo hasta 1956, y de allí a Alcalá de Henares, donde pasó un año más. Perdió toda su juventud -de los veintiuno a los treinta y ocho años- en la cárcel, pero no la doblegaron: «Nosotros no éramos vencidos, sino derrotados. Vencidos son los que aceptan la situación y derrotados son los que se enfrentan a ella. Nosotros no nos conformamos nunca. Nunca lo aceptamos. Nunca».

(ídem)

After coffee

El Caudillo solía leer las sentencias de muerte después de comer, a la hora del café, muchas veces acompañado de su asesor espiritual, el capellán José María Bulart. Franco procedía a anotar en los expedientes una «E» de enterado (que significaba ejecución de la sentencia), una «C» de conmutado (para los casos en que en la sentencia aparecía un «ojo» de algún capitán general o capitoste del régimen) o una acotación manuscrita de «garrote y prensa» (para los casos que debían tener un efecto-demostración). Tras el café, Martínez Fuset pasaba el tanto a los capitanes generales y éstos al gobernador militar, quien designaba juez para la notificación de la sentencia y ejecución de la pena. Luego, el gobernador militar enviaba un telegrama al director de la prisión con la relación de presos que debían ser ejecutados. Esta relación solía ser leída en voz alta, en las galerías, y algunos funcionarios encontraban satisfacción personal en pronunciar los nombres muy comunes, como José o Juan, hacer una larga pausa para mantener la tensión del auditorio y, luego, pronunciar silabeando el apellido del condenado. En la cárcel de mujeres de Amorebieta lo hacían las monjas oblatas.

(ídem)

30.000

La «atribución de responsabilidades» supuso, en primer lugar, muerte, mucha muerte, con una sola intención: «la destrucción física de los cuadros de los partidos del Frente Popular, de los sindicatos obreros y de las organizaciones masónicas ... una operación perfecta de extirpación de las fuerzas políticas que habían patrocinado y sostenido la República». No conocemos, en su total dimensión, el alcance de esa operación. Disponemos, sí, de datos provinciales que indican que durante el franquismo de guerra se produjeron, como mínimo, 35.000 ejecuciones. Si se hace una proyección matizada que tenga en cuenta el mapa político de cada zona que falta por estudiar, y se toma en cuenta la enorme cantidad de expedientes incoados hasta octubre de 1941 (más de 125.000), es posible que la cifra de 50.000 ejecutados en la posguerra, que venía considerándose hasta ahora como probable por la mayoría de los historiadores, haya que corregirla al alza, hasta el punto de que la cifra de todos los ejecutados por «rebelión militar» desde el primer día de la guerra abierta hasta julio de 1948, más los que murieron por abandono, hambre o epidemia, puede superar en mucho los 200.000 y acercarse a los 250.000. No se pueden conocer, obviamente, las cifras de los asesinatos arbitrarios, los «paseos» y los ejecutados por la «ley de fugas», cuyos cadáveres fueron a parar a fosas anónimas que, desde hace unos años, están empezando a ser excavadas, en León y otras zonas, pero que pueden rondar los 30.000.

(Anthony Beevor, La Guerra Civil española)

El gulag de Franco

Organizada, así, la Intendencia, los militares prestaron también atención a otro de los «cuerpos» del ejército: la Sanidad. Era imperioso llevar a cabo serias medidas de profilaxis social y política para erradicar el morbo de España. El obispo de Vic, Joan Perelló, conocía, además, la técnica quirúrgica: «un bisturí para sacar el pus de las entrañas de España, verdaderamente corrompida en su cerebro y corazón, en ideas y costumbres».1 Ya había explicado cómo hacerlo durante la guerra uno de los jefes de prensa de Franco, el capitán Aguilera, decimoséptimo conde de Alba y Yeltes:

En épocas más sanas ... las plagas y las pestes solían causar una mortandad masiva entre los españoles ... Son una raza de esclavos ... Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste ... Nuestro programa consiste en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado.
Al conde le encantaba escandalizar a ingleses y norteamericanos, Pero aun considerando sus grotescas exageraciones, sus palabras no dejan de poner de relieve el miedo y el odio que sentían los vencedores. Para poner en marcha tan sugestivo programa era preciso seleccionar a la población que había que exterminar para limpiar el país. La primera prioridad era deshacerse, de un modo u otro, de los prisioneros de guerra, aunque una buena parte ya estaba siendo exterminada en los campos de concentración y en las cárceles de Franco, así como en las calles y en las checas de Falange.
Los campos de concentración se habían propagado por toda España como una plaga bíblica y sus moradores significaban un enorme problema económico y político para los militares. «Han obligado a crear campos de concentración en todos los pueblos de la España nacional», se quejaba el atribulado coronel Martín Pinillos. En total, incluidos los provisionales, existieron 190 campos de concentración por los que pasaron entre 367.000 y 500.000 prisioneros de guerra.

(Anthony Beevor, La Guerra Civil española)

6.10.09

Contraseñas

Las difíciles contraseñas que la milicia utilizaba en esa época constituían otra fuente de peligros. Se trataba de complicadas consignas dobles en las cuales era necesario responder a una palabra con otra. Por lo general tenían un acento afirmativo y revolucionario, tal como cultura—progreso, o seremos—invencibles, y a menudo resultaba imposible conseguir que los centinelas analfabetos recordaran estas palabras altisonantes. Recuerdo que una noche la contraseña era Cataluña—heroica, y un joven campesino de rostro redondo, llamado Jaime Doménech, se me acercó, muy desconcertado, y me pidió que le explicara:
—Heroica... ¿Qué quiere decir heroica?
Le expliqué que era sinónimo de valiente. Poco después avanzaba tropezando por la trinchera a oscuras cuando el centinela le gritó:
—¡Alto! ¡Cataluña!
—¡Valiente! —respondió Jaime, seguro de recordar la palabra exacta.
—¡Bang!
Afortunadamente, el centinela erró. En esta guerra, todo el mundo le erraba a todo el mundo, siempre que fuera humanamente posible.

(Orwell, Homenaje a Cataluña)

26.9.09

Unamuno vs Astray

El 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América, «Día de la Raza», tuvo lugar un acto ceremonial en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. La audiencia estaba integrada por notables del Movimiento, incluido un fuerte contingente de la Falange local. En el estrado tomaron asiento Carmen Polo, esposa de Franco, Pía y Deniel, obispo de Salamanca, el general Millán Astray, fundador del Tercio de Extranjeros (que llegó acompañado de sus legionarios), y Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Unamuno, irritado contra los gobernantes de la República, había apoyado al principio el «alzamiento» que debía «salvar la civilización occidental, la civilización cristiana que se ve amenazada», pero no podía pasar por alto la matanza que se había llevado a cabo en la ciudad bajo las órdenes del comandante Doval, aquel que se había hecho famoso como represor en Asturias, ni los asesinatos de sus amigos Casto Prieto, alcalde de Salamanca, Salvador Vila, catedrático de árabe y hebreo de la Universidad de Granada, o García Lorca.
Los discursos iniciales corrieron a cargo de Vicente Bertrán de Heredia y de José María Pemán. Acto seguido el profesor Francisco Maldonado lanzó una tremenda diatriba contra los nacionalismos catalán y vasco, «cánceres de la nación» que había de curar el implacable bisturí del fascismo. Al fondo de la sala alguien lanzó el grito legionario «¡Viva la muerte!» y el general Millán Astray, que parecía el auténtico espectro de la guerra, manco, tuerto y cubierto de cicatrices, dio los «¡vivas!» de rigor, mientras los falangistas saludaban a la romana hacia el retrato de Franco, que colgaba sobre el sitial de su esposa. El alboroto se desvaneció cuando Unamuno tomó la palabra:

Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán nacido en Barcelona.

Pía y Deniel se removió a disgusto por la alusión de Unamuno a su lugar de origen, que era casi en sí mismo una implicación de deslealtad a la cruzada nacional. Entre el silencio general, Unamuno prosiguió:

Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito: «¡Viva la muerte!». Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.

Llegado Unamuno a este punto, Millán Astray ya no pudo contener su ira por más tiempo. «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!», gritó a pleno pulmón. Falangistas y militares echaron mano a sus pistolas y hasta el escolta del general apuntó su subfusil a la cabeza de Unamuno, lo que no impidió que éste terminara su intervención en tono desafiante:

Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.

Hizo una pausa y dejando caer, sin fuerza, los brazos, concluyó en tono resignado: «He dicho». Se dice que la presencia de Carmen Polo le libró de ser asesinado allí mismo, y que cuando Franco se enteró de lo que había ocurrido lamentó que no hubiese sido así. Seguramente los nacionales no asesinaron a Unamuno por la fama internacional del filósofo y por la reacción que había causado ya en el exterior el asesinato de García Lorca. Pero Unamuno, destituido como rector y confinado en su domicilio, murió el día de fin de año consternado y tachado de «rojo» y traidor -aunque su funeral fuera manipulado por los falangistas- por aquellos a quienes él había creído amigos.

(Antony Beevor, La guerra civil española)

22.9.09

Milicianos

"En los Cuarteles Lenin de Barcelona, el día antes de ingresar en la milicia, vi a un miliciano italiano de pie frente a la mesa de los oficiales. Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto rudo, cabello amarillo rojizo y hombros poderosos. Su gorra de visera de cuero estaba fieramente inclinada sobre un ojo. Lo veía de perfil, la barbilla contra el pecho, contemplando con expresión de desconcierto el mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Algo en su rostro me conmovió profundamente: era el rostro de un hombre capaz de matar y de dar su vida por un amigo, la clase de rostro que uno esperaría encontrar en un anarquista, aunque casi con seguridad era comunista. Había a la vez candor y ferocidad en él, y también la conmovedora reverencia que los individuos ignorantes sienten hacia aquellos que suponen superiores. Evidentemente, no entendía nada del mapa, y parecía que consideraba su lectura como una estupenda hazaña intelectual. Casi no puedo explicármelo, pero rara vez he conocido a alguien por quien experimentara una simpatía tan inmediata" (George Orwell, Homenaje a Cataluña).

2.9.09

España... (final)

(UNA CANCIÓN EN CORO)

Todo el camino sabemos;
están los rifles engrasados;
están los brazos preparados;
¡Marchemos!

Nada importa morir al cabo,
pues morir no es tan gran suceso:
¡malo es ser libre y estar preso,
malo, estar libre y ser esclavo!

Hay quien muere sobre su lecho,
doce meses agonizando,
y otros hay que mueren cantando
con diez balazos sobre el pecho.

Todos el camino sabemos;
están los rifles engrasados;
están los brazos avisados:
¡Marchemos!


Así hemos de ir andando,
severamente andando, envueltos en el día
que nace. Nuestros recios zapatos, resonando,
dirán al bosque trémulo: «¡Es que el futuro pasa!»
Nos perderemos a lo lejos... Se borrará la oscura masa
de hombres, pero en el horizonte, todavía
como en un sueno, se nos oirá la entera voz vibrando:

...El camino sabemos...
...Los rifles engrasados...
...Están los brazos avisados...


¡Y la canción alegre flotará como una nube sobre la roja lejanía!

España... (cont.)

LA VOZ ESPERANZADA

Una canción alegre flota en la lejanía
¡Ardiendo, España, estás! Ardiendo
con largas uñas rojas encendidas;
a balas matricidas
pecho, bronce oponiendo,
y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo
las rojas uñas largas encendidas.
Alta, de abajo vienes,
a raíces volcánicas sujeta;
lentos, azules cables con que tu voz sostienes,
tu voz de abajo, fuerte, de pastor y poeta.
Tus ráfagas, tus truenos, tus violentas
gargantas se aglomeran en la oreja del mundo;
con pétreo músculo violentas
el candado que cierra las cosechas del mundo.
Sales de ti; levantas
la voz, y te levantas
sangrienta, desangrada, enloquecida,
y sobre la extensión enloquecida
más pura te levantas, te levantas.

Viéndote estoy las venas
vaciarse, España, y siempre volver a quedar llenas;
tus heridos risueños,
tus muertos sepultados en parcelas de sueños;
tus duros batallones,
hechos de cantineros, muleros y peones.

Yo,
hijo de América,
hijo de ti y de África,
esclavo ayer de mayorales blancos dueños de látigos coléricos;
hoy esclavo de rojos yanquis azucareros y voraces;
yo chapoteando en la oscura sangre en que se mojan mis Antillas;
ahogado en el humo agriverde de los cañaverales;
sepultado en el fango de todas las cárceles;
cercado día y noche por insaciables bayonetas;
perdido en las florestas ululantes de las islas crucificadas en la cruz del Trópico;
yo, hijo de América,
corro hacia ti, muero por ti.
Yo, que amo la libertad con sencillez,
como se ama a un niño, al sol, o al árbol plantado frente a nuestra casa;
que tengo la voz coronada de ásperas selvas milenarias,
y el corazón trepidante de tambores,
y los ojos perdidos en el horizonte,
y los dientes blancos, fuertes y sencillos para tronchar raíces
y morder frutos elementales;
y los labios carnosos y ardorosos
para beber el agua de los ríos que me vieron nacer,
y húmedo el torso por el sudor salado y fuerte
de los jadeantes cargadores en los muelles,
los picapedreros en las carreteras,
los plantadores de café y los presos que trabajan desoladamente,
inútilmente en los presidios sólo porque han querido dejar de ser fantasmas;
yo os grito con voz de hombre libre que os acompañaré, camaradas;
que iré marcando el paso con vosotros,
simple y alegre,
puro, tranquilo y fuerte,
con mi cabeza crespa y mi cuerpo moreno,
para cambiar unidos las cintas trepidantes de vuestras ametralladoras,
y para arrastrarme, con el aliento suspendido,
allí, junto a vosotros,
allí donde ahora estáis, donde estaremos,
fabricando bajo un cielo ardoroso agujereado por la metralla,
otra vida sencilla y ancha,
limpia, sencilla y ancha,
alta, limpia, sencilla y ancha,
sonora de nuestra voz inevitable.

Con vosotros, brazos conquistadores
ayer, y hoy ímpetu para desbaratar fronteras;
manos para agarrar estrellas resplandecientes y remotas,
para rasgar cielos estremecidos y profundos;
para unir en un mazo las islas del Mar del Sur y las islas del Mar Caribe;
para mezclar en una sola pasta hirviente la roca y el agua de todos los océanos; [218]
para pasear en alto, dorada por el sol de todos los amaneceres:
para pasear en alto, alimentada por el sol de todos los meridianos,
para pasear en alto, goteando sangre del ecuador y de los polos;
para pasear en alto como una lengua que no calla, que nunca callará.
para pasear en alto la bárbara, severa, roja, inmisericorde,
calurosa, tempestuosa, ruidosa.
¡para pasear en alto la llama niveladora y, segadora de la Revolución!
¡Con vosotros, mulero, cantinero!
¡Contigo, sí, minero!
¡Con vosotros, andando,
disparando, matando!
¡Eh, mulero, minero, cantinero,
juntos aquí, cantando!

España... (cont.)

(MOMENTO EN GARCÍA LORCA)

Soñaba Federico en nardo y cera,
y aceituna y clavel y luna fría.
Federico, Granada y Primavera.

En afilada soledad dormía,
al pie de sus ambiguos limoneros,
echado musical junto a la vía.

Alta la noche, ardiente de luceros,
arrastraba su cola transparente
por todos los caminos carreteros.

«¡Federico!», gritaron de repente,
con las manos inmóviles, atadas,
gitanos que pasaban lentamente.

¡Qué voz la de sus venas desangradas!
¡Qué ardor el de sus cuerpos ateridos!
¡Qué suaves sus pisadas, sus pisadas!

Iban verdes, recién anochecidos;
en el duro camino invertebrado
caminaban descalzos los sentidos.

Alzose Federico, en luz bañado.
Federico, Granada y Primavera.
Y con luna y clavel y nardo y cera,
los siguió por el monte perfumado.

España... (cont.)

ANGUSTIA CUARTA

Federico

Toco a la puerta de un romance.
-¿No anda por aquí Federico?
Un papagayo me contesta:
-Ha salido.

Toco a una puerta de cristal.
-¿No anda por aquí Federico?
Viene una mano y me señala:
-Está en el río.

Toco a la puerta de un gitano.
-¿No anda por aquí Federico?
Nadie responde, no habla nadie...
-¡Federico! ¡Federico!

La casa oscura, vacía;
negro musgo en las paredes;
brocal de pozo sin cubo,
jardín de lagartos verdes.

Sobre la tierra mullida
caracoles que se mueven,
y el rojo viento de julio
entre las ruinas, meciéndose.

¡Federico!
¿Dónde el gitano se muere?
¿Dónde sus ojos se enfrían?
¿Dónde estará, que no viene!


(UNA CANCIÓN)

Salió el domingo, de noche,
salió el domingo, y no vuelve.
Llevaba en la mano un lirio,
llevaba en los ojos fiebre;
el lirio se tornó sangre,
la sangre tornose muerte.

España... (cont.)

ANGUSTIA TERCERA

Y mis huesos marchando en tus soldados

La muerte disfrazada va de fraile.
Con mi camisa trópico ceñida,
pegada de sudor, mato mi baile,
y corro tras la muerte por tu vida.

Las dos sangres de ti que en mí se juntan,
vuelven a ti, pues que de ti vinieron,
y por tus llagas fúlgida, preguntan.
Secos veré a los hombres que te hirieron.

Contra cetro y corona y manto y sable,
pueblo, contra sotana, y yo contigo,
y con mi voz para que el pecho te hable.
Yo, tu amigo, mi amigo; yo, tu amigo.

En las montañas grises; por las sendas
rojas; por los caminos desbocados,
mi piel, en tiras, para hacerte vendas,
y mis huesos marchando en tus soldados.

España... (cont.)

ANGUSTIA SEGUNDA

Tus venas, la raíz de nuestros árboles

La raíz de mi árbol, retorcida;
la raíz de mi árbol, de tu árbol,
de todos nuestros árboles,
bebiendo sangre, húmeda de sangre,
la raíz de mi árbol, de tu árbol.
Yo la siento,
la raíz de mi árbol, de tu árbol,
de todos nuestros árboles,
la siento
clavada en lo más hondo de mi tierra,
clavada allí, clavada,
arrastrándome y alzándome y hablándome,
gritándome.
La raíz de tu árbol, de mi árbol.
En mi tierra, clavada,
con clavos ya de hierro,
de pólvora, de piedra,
y floreciendo en lenguas ardorosas,
y alimentando ramas donde colgar los pájaros cansados,
y elevando sus venas, nuestras venas,
tus venas, la raíz de nuestros árboles.

España: poema en cuatro angustias y una esperanza (1937)

de Nicolás Guillén

ANGUSTIA PRIMERA

Miradas de metales y de rocas

No Cortés, ni Pizarro
(aztecas, incas, juntos halando el doble carro).
Mejor sus hombres rudos
saltando el tiempo. Aquí, con sus escudos.
Aquí, con sus callosas, duras manos;
remotos milicianos
al pie aquí de nosotros,
clavadas las espuelas en sus potros;
aquí al fin con nosotros,
lejanos milicianos,
ardientes, cercanísimos hermanos.

Los hierros tumultuosos
de lanzas campeadoras;
las espadas, que hundieron su punta en las auroras;
las grises armaduras,
los ingenuos arcabuces fogosos,
los clavos y herraduras
de las equinas finas patas conquistadoras;
los cascos, las viseras,
las gordas rodilleras,
todo el viejo metal imperialista
corre fundido en aguas quemadoras,
donde soldado, obrero, artista,
las balas cogen para sus ametralladoras.

No Cortés, ni Pizarro
(incas, aztecas, juntos halando el doble carro).
Mejor, sus hombres rudos
saltando el tiempo. Aquí, con sus escudos.

¡Miradla, a España, rota!
Y pájaros volando sobre ruinas,
y el fachismo y su bota,
y faroles sin luz en las esquinas,
y los puños en alto,
y los pechos despiertos,
y obuses estallando en el asfalto
sobre caballos ya definitivamente muertos;
y lágrimas marinas,
saladas, curvas, chocando contra todos los puertos;
y gritos que se asoman a las bocas
y a los ojos coléricos, abiertos, bien abiertos,
miradas de metales y de rocas.

9.8.09

La falacia de la Moncloa
por José Natanson

¡Por fin una aclaración justa y necesaria sobre este verso de La Moncloa y su supuesta incidencia sobre la transformación de España en una potencia europea (recontrasic)!

8.12.08

Migrantes: los nuevos judíos

"La pregunta no es por qué sucedió, sino por qué no sucede de nuevo."
Max von Sydow en Hannah y sus hermanas

"En España, mientras tanto, se sigue proyectando la construcción de Centros de Internamiento de Extranjeros. El último se decidió levantarlo en la provincia de Zaragoza y ya funcionan los restantes en Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Cádiz, Murcia, Santa Cruz de Tenerife, Algeciras y Fuerteventura, todas localidades costeras, excepto la capital española. El CIE madrileño se edificó en terrenos de la antigua cárcel de Carabanchel.
Un estudio que realizó este año la consultora Steps Consulting Social a pedido del Parlamento Europeo, concluyó que los centros españoles tienen “condiciones similares a las de una cárcel, donde los reos están confinados casi todo el tiempo a una celda, con posibilidades limitadas a realizar actividades al aire libre”. Además de los CIE, donde se vive en condiciones de hacinamiento, sin atención médica adecuada y en un hábitat semejante al de una prisión, hay más centros que no son considerados como aquéllos, pero donde igual se retiene a extranjeros en condiciones puntuales.
La comunidad argentina no hace distinciones entre unos y otros, aunque a los CIE van a parar, por lo general, los inmigrantes africanos que cruzan el Mediterráneo en precarias pateras. La inquietud por este tipo de instalaciones es compartida por la Cancillería, ya que los centros crecen día a día en las distintas naciones de la UE. “Hay un espíritu restrictivo en la Europa de hoy”, concluyó el funcionario que pidió mantener su nombre en reserva."

Nota en Página/12.