30.10.09

El Quijote de Unamuno

- Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Buenos Aires, Espasa Calpe.

Unamuno recurre a “simular” que la historia de Don Quijote es real, y Cervantes, sólo su “historiador”. Así se refiere siempre a él, incluso rebajándolo o burlándose de sus capacidades (notoriamente inferiores en sus otras obras).
Pero lo más importante es que Unamuno glosa la Obra como si fuera un libro sagrado. De hecho, lo propone como tal. Sería el libro fundante, no de una religión, sino de una “raza”, la española, con todos sus “defectos” y sus “virtudes”, sus sombras y sus luces. Defectos y sombras, en todo caso, provenientes de haber abandonado el genuino espíritu del “cristianismo quijotesco” (e incluso del cristianismo renovador de un Ignacio de Loyola, deformado por sus propios seguidores; en efecto, los jesuitas son unas de las “bestias negras” de Unamuno. Otras son los anglosajones, otras los judíos, aunque mucho menos mencionados.)
Como tal escritura sagrada, el Quijote debe ser interpretado de las maneras tradicionales; más que nada, oscilando entre lo literal y lo alegórico, según el capricho interpretativo (la autoridad siempre enarbolada en aras de la fe o el fanatismo) del autor. Podríamos desglosar más la glosa viendo lo anagógico, lo salvífico, lo escatológico, etc., pero importa más que Don Quijote es parangonado alternativa o simultáneamente con Cristo, con Ignacio de Loyola (otro “caballero andante de la fe”), con España (con la mejor España, ya que Sancho es, casi siempre, la peor; aunque teniendo en cuanta que su quijotización final lo deja muy delante del cura, el barbero, el bachiller, el ama, la sobrina, etc.). Por su parte, Dulcinea-Aldonza es al mismo tiempo la Gloria y la Mujer-Virgen-Diosa; otra forma de España, obviamente.
El “regeneracionismo” aparece aquí de soslayo, pero entre líneas permanentemente. España ha sido derrotada en América, el corazón de su Imperio y de su gloria, ya inevitablemente pasada. Debe volver a sus (supuestos) valores épicos y heroicos. (El Cid, reivindicado más adelante por los fascistas, no será aquí una contrafigura del Quijote sino su antecesor inmediato.) Unamuno, aunque escéptico, apuesta a que el repliegue es sólo momentáneo: España no es un “pueblo moribundo”, como se dice por ahí. Es un pueblo que espera un redentor, un pastor (¿un dictador?). El Quijote es (pre)figura de ese salvador.
Unamuno llega a desear una próxima guerra civil, que serviría para demostrar que España aún está viva y puede decidir los valores que afirmará en su porvenir (?!).
Como apunte lateral: esta idea, forzada, de la unidad de España implica sacrificar incluso la nacionalidad, a través de la lengua. Unamuno (vasco) se identifica con el famoso Vizcaíno de una de las primeras aventuras del Quijote, pero lo exhorta a abandonar la lengua de sus antepasados para hablar en español, la lengua común a la raza y la nacionalidad única.
Como se ve, espiritualismo, irracionalismo y nacionalismo, conjugados no sin conflictos, prefiguran temas que, en las tres primeras décadas del siglo XX, van a seguir obsesionando a ciertos intelectuales españoles que han quedado engrillados por el 98, y se van a reordenar trágicamente en los albores de la guerra civil 1936-1939.