27.8.11

Samuráis

(selección)

1

¿El samurái debe carecer de miedo?

No.

El samurái debe poseer la cantidad exacta de miedo: ni tanto que le impida luchar ni tan poco que lo lleve a arriesgar su vida en vano.

Nadie conoce esa cantidad exacta.

El buen samurái finge que la conoce perfectamente.



6

Se ha visto, sobre todo en leyendas poco confiables, a samuráis combatiendo en equipo.

Si el hombre nace solo y muere solo, no se entiende por qué no debería también luchar solo.

Sin embargo, es verdad que a veces un samurái condesciende a deponer su orgullo y se une a otros para luchar por alguna causa más o menos necesaria.

En estos casos, difícilmente pelea bien, ya que lo hace inquieto por la terrible posibilidad de que algún compañero le salve la vida.



14

¿Qué piensa un samurái sobre la vida?

La pregunta es demasiado amplia.

¿Cuándo piensa, entonces, sobre la vida?

Entre batalla y batalla. En el crepúsculo (sobre todo, si está de guardia). Cuando se retira. Cuando pierde el honor.

¿Dónde piensa?

Al borde de un barranco altísimo. Entre las piernas de una mujer. Marchando al galope en un terreno irregular. Entrando solo en territorio enemigo.

Lugares así.



20

Según parece, los samuráis tienen terror de los espejos.

Como en todo, hay varias teorías al respecto.

Una dice que la duplicación de su figura les parece un escándalo, una abominación. Cada uno de ellos se considera único, y cualquier amenaza a ello, aunque sea imaginaria (literalmente), los irrita.

¿El que aparece en el espejo es su peor enemigo, o una prefiguración del enemigo definitivo que algún día advendrá y sólo puede parecerse a esa imagen?

Otra teoría propone que un samurái, en el fondo, nunca está del todo conforme consigo mismo, y enfrentarse a su ser exterior en el espejo lo pone de cara a una realidad en definitiva triste pero inmodificable, con la que no puede de ninguna manera estar de acuerdo.



36

Hakuraki era un samurái tan experto con la espada como con el pincel para escribir.

Esto es muy raro en un guerrero; tanto, que uno de sus antiguos maestros se sintió con el deber de aconsejarlo al respecto.

—Quizás no es conveniente ejercer con tanta maestría dos oficios tan diferentes —le dijo—: uno que quita la vida y otro que perpetúa su memoria.

—Quizás —contestó Hakuraki, respetuosamente—. Pero yo lo veo de otra manera. Ambos oficios sirven para lo mismo: provocar miedo, matar la voz, ejercer el poder.



42

Las escuelas de samuráis dividen sus enseñanzas entre dos grandes teorías.

Una de ellas afirma que toda táctica es una deshonra para el guerrero. Que todo lo planeado es un insulto a los dioses. Que se debe entrar a la batalla espontáneamente, amparado sólo por los propios dones y por que el azar disponga que el contrincante acierte menos golpes que uno.

La otra, por supuesto, apoya la postura contraria. Cada detalle del combate, cada mínimo gesto deben ser planificados cuidadosamente y reproducidos luego como si se tratara de una obra teatral. Aquí, el insulto a los dioses sería confiar en el azar, y no en el mejoramiento continuo de la propia disciplina.

Es verdad que la guerra suele ser un negocio tan complejo, que es muy difícil decir cuál de ambas teorías tiene razón o da mejores resultados.



53

Los samuráis se han llevado consigo al abismo del pasado, entre tantas otras cosas, el secreto de su énfasis.

¿Era un afán de asustar a morir al adversario con la escenificación de un poder omnímodo y, por ende, de un destino ineludible?

¿O el intento, mucho menos exitoso por cierto, de dar a cada gesto una significación única, en la que la ambigüedad no jugara su papel corruptor y la verdad brillara con la máscara de la justicia?



70

Ganar cada combate, por supuesto, no es imprescindible para que el honor de un samurái sea perfecto.

La cuestión es que, si se pierde, se lo haga de determinada forma.

Como esta forma, en realidad, no está tan determinada, lo mejor es, siempre, ganar.

Por las dudas.



77

El peor luchador de una camada de samuráis suele ser el más entusiasta; esto, por razones bastante obvias, aunque no menos cuestionables.

Sus compañeros tienen mucho cuidado con estos individuos, tan queribles como peligrosos. Su falta de destreza y de experiencia, a veces, los lleva a cometer despropósitos y, quizás, poner en riesgo a los demás.

Sin embargo, el verdadero peligro —hay que admitirlo— es otro: que, casi inútiles como son, terminen llevando a cabo una hazaña inolvidable, que opaque a sus contemporáneos.



85

Dos grandes bandas de samuráis, verdaderos ejércitos casi, solían enfrentarse una vez cada año, sin lograr nunca una victoria definitiva.

Ese encuentro se convirtió en una especie de de deporte o de ceremonia, en verdad frívola.

Los guerreros contemporáneos que observaron esa escandalosa costumbre no podían hacer nada para castigar a sus colegas descarriados, ya que éstos eran demasiado numerosos y feroces.

Decidieron entonces que la historia de esa batalla periódica e interminable fuera borrada de la memoria y que los dos ejércitos inútiles siguieran enfrentándose hasta ser olvidados completamente.





Variaciones





62bis

Un samurai, seguramente desequilibrado, dio en perseguir el horizonte. Quizás creía que ésa era la última y única hazaña digna de su excelencia.

La delirante faena duraba ya un año cuando el samurái se dio cuenta de su inutilidad. Entonces, al borde mismo del desencanto, conoció el arco iris. Ya tenía otra cosa que alcanzar.

Y esta vez lo logró.