27.1.13

Barba Jacob el mensajero, de Fernando Vallejo


Mensaje en una botella rota


Barba Jacob el mensajero, de Fernando Vallejo





Supongamos que la propuesta fuera: hacer una biografía del gran “poeta maldito” colombiano, Miguel Ángel Osorio, (aka) Ricardo Arenales, (aka) Porfirio Barba Jacob (o Barba-Jacob); una biografía extensa (de casi 500 páginas), sin ninguna división interna (ni secciones, ni capítulos, ¡ni blancos de texto!) y que no siga ninguna cronología (más bien, que vaya y vuelva en el tiempo y en el espacio, incluso con repeticiones casi calcadas).
Para cualquier editor razonable, la idea sería, por lo menos descabellada.
Ahora bien, si agregáramos que el autor va a ser Fernando Vallejo, la cosa seguramente cambiaría.
En la pluma (o la máquina de escribir, ya que no la computadora) de su coterráneo, la vida de Barba Jacob adquiere resonancias inolvidables, míticas y a la vez bien terrenas. Y la forma en que está contada se vuelve totalmente “natural”, sin necesidad de caer en justificaciones sofisticadas.
Cierto es que en la actualidad parece canónico que una biografía debe contar también su proceso de manufactura. Ejemplo extremo de esto es la accidentada biografía de Salinger hecha (o no hecha) por Ian Hamilton, que por razones judiciales se volvió sobre sí misma y se convirtió prácticamente en otra cosa, el relato kafkiano de su propia imposibilidad.
En esto Vallejo, es un maestro; y, además, no resiste la tentación de estar en primer plano. Durante más de diez años, persiguió la sombra de su biografiado, de país en país (Colombia, México, Cuba, Guatemala, etc.), ida y vuelta, encontrando a casi todos los testigos que quedaban…; la mayoría de ellos, fallecidos hacía poco, meses, días: una carrera contra la muerte (que eso también es una biografía, o no es otra cosa).
Por supuesto, no es casualidad ni torpeza la metáfora: Vallejo sabe, y lo dice, que está persiguiendo su propia sombra; que, como tal, siempre ha estado con él.
La primera versión de la biografía se publicó en México en 1984. La segunda, la que he leído, en 1991. México es, por otra parte, el lugar de residencia de Vallejo, y la patria adoptiva, la segunda patria, de Porfirio, profeta sin tierra, si los hubo. Todo esto no impide, al contrario, impulsa, que Vallejo despotrique contra toda patria, empezando por la natal, Colombia, y siguiendo por la de adopción, México, sin olvidarse de las pequeñas repúblicas caribeñas, asoladas —según él— por la tiranía, la desidia y el clima. En esto, Vallejo se nos aparece como un Thomas Bernhard tropical e internacionalista (como esas revoluciones que él tanto deplora). Por otra parte, son muy graciosas las diatribas de Vallejo contra personalidades egregias de la cultura latinoamericana, especialmente Octavio Paz. Sin duda, un “modelo de poeta” opuesto al biografiado. (Para los que detestamos al gran Octavius, estas partes son especialmente regocijantes…)
Nada distinto a lo que hace en cualquier reportaje, sólo que aquí las razones están a la vista: la burocracia, el arribismo, la corrupción endémica de los regímenes políticos en los que Barba Jacob se movió permanentemente, como víctima y, a veces, por qué no, como victimario. Que haya malgastado todo lo conseguido (sobre todo, en su fluctuante faena como periodista) y muerto en la mayor pobreza es una cifra de una vida dedicada al dispendio, la otra cara de la actividad poética, suma de la suma de las inutilidades. Alguna vez, la estética y la ideología pre-queer (por ejemplo, Sarduy) apostaron a la diversidad sexual como forma de gasto improductivo; ademán, deliberadamente o no, opuesto al capitalismo. Vallejo ya es de otra época, no lo veo interesado en estas disquisiciones teóricas; sin embargo, subyacen —a su pesar, quizás— en la (forma de) vida de Osorio-Arenales-Barba Jacob.


Vallejo, en fin, sigue al poeta en sus retorcidos itinerarios, dentro de los cuales seguramente el más conmovedor es el regreso al pueblo natal, Angostura, en Antioquia. También es conmovedor el encuentro, en Nicaragua, con Rafael Delgado, hijo adoptivo y ocasional amante, pero fiel compañía durante muchos años, del autor de la “Canción de la vida profunda”.
La lectura, como adelanté se vuelve intrincada. Fue muy grande, y vencedora, mi tentación de puntuar el texto cada vez que aparece una fecha. La tentación consiguiente es adivinar en esos vaivenes temporales un dibujo secreto, una intencionalidad oculta en las aparentes veleidades del narrador, de Vallejo. No sé si hay una clave. Sí es cierto que las escenas se suceden como arrastradas por los azares de la investigación (un amigo aquí, un documento allá) y por el discurso interior que parece guiar al biógrafo como un hado. “Barba Jacob soy yo” sería, como ya sugerí, el resumen de ese impulso interior y de ese hallazgo final (que estaba allí desde el principio).
Vallejo sabe que persigue un fantasma. Él ha sido concebido (dice) casi exactamente cuando el poeta “homosexual y marihuano” esta muriendo de tuberculosis (1942). La idea de la transmigración de las almas figura aquí sólo a título de parodia, ni él se la toma en serio. Pero el dato no deja de ser significativo.
Con respecto a la obra del poeta (en gran parte perdida o publicada póstumamente), Vallejo exhibe la idea genial —haya sido o no de él— de transcribir muchos de sus poemas en forma de prosa, sin ni siquiera las barras habituales en estos casos, para separar los versos. El resultado es que la musicalidad de esos fragmentos no sólo sobrevive, sino que fulgura doblemente: una lección de oído, un recuerdo de que la poesía debe ser (entre otras cosas, sí) melodía, música.
Esta estructura de “caos ordenado” recuerda un poco a Citizen Kane, claro, otro modelo de biografía (ficcional). En ésta, los vaivenes también respondían a los azares de la investigación y a los distintos puntos de vista de los testigos. Muchas de las “vueltas” que da Vallejo responden a la intención de refutar un testimonio con otro, de precisar hasta el detalle más mínimo: una fecha, un hecho, una conversación, una actitud de su biografiado o de los que lo rodearon; quiénes están en cada foto, quiénes acudieron al funeral del malogrado.
Por supuesto, lo que se escapa siempre es el corazón inasible de una existencia humana: ¿hay un núcleo luminoso del dolor? Si lo hay, los poemas supérstites del bardo maldito y maldecido son las cenizas de una hoguera inútil: “Barba Jacob es humo”.

enero de 2013