2.1.14

¿Cuento o novela?


A cierta edad, uno ya ha leído, por así decir, un puñado de novelas (más o menos voluminosas: Ulises, La montaña mágica, Los demonios) y algunos miles de cuentos.
De las primeras, quizás sienta que conserva un recuerdo fiel, más o menos acabado, cuando en realidad lo más probable es que sólo retenga, en algún rincón de la memoria, algunas escenas características (Leopoldo Bloom terminando de de defecar, Hans Castorp echado en la reposera de la galería, la heroína lapidada junto a su amante platónico) que bien le podrían haber sido contadas o glosadas por otros.
Pero ¿qué pasa con esos “miles” de cuentos? ¿Qué queda de ellos?
(Pregunto pero queda claro que hablo por mí, no hice otra cosa hasta ahora.)
Los cuentos, salvo tal vez aquellos que uno debe (por distintas razones) releer una y otra vez, son demasiado breves para ser recordados. Es cierto, también hay partes que han quedado grabadas en el “ojo de la mente”, según la expresión de Stevenson que le gustaba a Borges: Dahlmann (ya que estamos) saliendo a la llanura, los dos hermanos abandonando una casa tomada, el personaje Fogwill introduciéndose un consolador con sus propios pies.
Pero hablo, insisto, de miles de cuentos. ¿Dónde están los demás?
En una época me impuse, cada vez que leía un libro de cuentos, hacer un resumen de todos, con la secreta esperanza de, así, recordarlos mejor. Por ahí andan los resúmenes, fácilmente hallables gracias al buscador de Windows. De vez en cuando, me topo con una de esas listas: nombre del libro, nombre de cada cuento, breve resumen. Casi nunca siento que los he leído. Esas apretadas y (literalmente) insignificantes sinopsis pudieron haber sido redactadas por otro.
Es curioso que este fenómeno de la (mi) memoria invierta la doctrina borgeana pro cuento y antinovela. El cuento, con su forma perfecta (ideal), se convierte en una esfera impenetrable contra la que reboto una y otra vez. La novela, informe y lábil como una gelatina sin recipiente (fea imagen si las hay), parece reclamar del viejo lector una fidelidad a los tiempos en que, más que leerla, la habitó. Madame Bovary con su luto exagerado, las manos palmípedas de Leni, el innombrable en un tacho de basura. Sí, me lo pudieron contar, pero no fue así. Yo conviví con ellos un cierto tiempo; me invadieron.
Los cuentos se leen –se ven– sinópticamente (como se dice de los evangelios “sinópticos”, porque pueden abarcarse de una sola mirada y comprobar que son casi iguales). La novela se vive, se sufre o se goza desde adentro, panópticamente.
Es más. Puedo haber leído sólo un par de tomos de Balzac o de Proust, pero tengo la sensación de haber habitado, recorrido, el espacio interior de sus sagas. ¿Cuáles de las novelas de Saer tienen un asado? Varias (también algún cuento…), no recuerdo ahora cuáles, pero yo estaba allí, mientras la carne crepitaba y la grasa caía lentamente sobre las brasas.
Por supuesto, seguiré leyendo cuentos; otros miles, si tengo tiempo. Pero aun los más perfectos seguirán pareciéndome que terminan antes, demasiado pronto.


(Barracas, 13 de noviembre de 2013, tomando parcial de Semiología.)