20.4.16

10 películas paraguayas


(para ver en YouTube)


1. Miss Ameriguá, de Luis R. Vera (1994)


Un pueblo pequeño. Fiestas especiales. Elección de Miss Ameriguá, en la que compiten las beldades del pueblo, alguna más acomodada que otra... Un chico que había huido cuando las fuerzas stronistas asesinaban a su padre vuelve convertido en un héroe, guerrillero en Nicaragua, con vagos propósitos de justicia, o de venganza. El relato es un poco previsible, pero hay por lo menos una gran, gran escena: cuando al viejo coronel (que fue el joven asesino) le sale espontáneamente en la cara la misma herida que el chico le había hecho antes de huir. Como curiosidad: fue filmada en Areguá, la ciudad natal y donde transcurren la mayoría de las novelas del gran escritor Gabriel Casaccia (y a la que, según la leyenda, tuvo que volver disfrazado, por haber contado demasiadas intimidades).


2. El toque de obóe, de Claudio MacDowell (1998)


Un músico brasileño llega a un pueblito paraguayo, adormecido en sus miserias. Allí, con el sencillo toque de su obóe, Augusto desencadena involuntariamente un cambio: odios y amores, encuentros y desencuentros, vida y muerte. Con una imaginación muy cercana a la de García Márquez (en cuyo taller se culminó el guión), los realizadores logran una película fresca, tragicómica, sensible, melodramática pero nunca altisonante.


3. Hamaca paraguaya, de Paz Encina (2006)


Una pareja de ancianos espera el regreso de su joven hijo que ha marchado a la guerra del Chaco. La cámara está casi todo el tiempo fija en un plano largo de la hamaca paraguaya en medio del bosque, donde los viejitos discuten, se quejan por los ladridos de una perra quizás imaginaria, a veces se dan ánimo, intentan hablar de lo que no pueden hablar: ¿teminará la guerra?, ¿volverá el hijo?


4. Tierra roja, de Ramiro Gómez (2006)


Otro documental, situado en el campo, donde varias familias ensambladas sobreviven entregadas a una rutina falsamente repetitiva. La muerte de un joven, la distribición de los trabajos con la caña y la yerba, la reconstrucción de un techo de paja mediante tejas son las excusas para romper esa rutina.


5. 7 cajas, de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori (2012)


Sorprende gratamente esta película de ritmo imparable, filmada en el gigantesco mercado Municipal 4 de Asunción, un laberinto de puestos, de gentes y de historias. En realidad, la historia es una; son sus idas y vueltas las que la hacen correr, y al espectador junto con ellas. Víctor, un carretillero, sueña con tener un teléfono celular... No sólo él, varios lo quieren, lo necesitan, lo usan, lo roban. Sin embargo, este celular no es el único MacGuffin de la película: también están el billete de 100 dólares que se va trozando y el contenido mismo de la dudosa carga que Víctor se compromete a llevar. No importa demasiado conocer ese contenido. Lo que importa es la forma que adquiere la película en ese laberinto donde hay tiempo (y espacio) para que Víctor y la combativa Liz se enamoren, o para que el tímido Jim le declare su amor a Tamara en coreano, pero dejándonos entender perfectamente (una de las mejores escenas “quietas” de la película). Hay varios villanos de macchietta y algunos policías de dudosa honra y profesionalidad. Y, sobre todo, hay que decirlo otra vez, un ritmo que no decae, y otro protagonista insoslayable: el lenguaje, esa mezcla de castellano y guaraní que hace de 7 cajas, aun arriesgándose al exotismo, un sonido distinto en el cine latinoamericano actual.


6. Universo servilleta, de Luis Aguirre (2010)


Tres amigos de clase media, Gato, Sancho y Eme. Algunas chicas conflictuadas, o no. Comedia de veinteañeros al estilo Hollywood como excusa para una experimentación formal que en ocasiones satura pero la mayoría de las veces sorprende por su audacia y su frescura.


7. Cuchillo de palo, de Renate Costa (2010)


La dictadura de Stroessner, como todas, fue intensamente homofóbica. Se conocen como “Los 108” a un grupo de homosexuales que fue encarcelado y vejado por el régimen en la década de los ochenta, con la excusa del asesinato de un niño (quizás obra de un hijo del dictador). Renate Costa encara un documental “en primera persona”, para averiguar que le pasó a un tío a quien quería mucho y al que consideraba especialmente alegre, pero que un día fue encontrado en su casa, desnudo, muerto “de tristeza”, como le dicen. Entrevista a testigos que sólo ahora se atreven a hablar y, especialmente, a su propio padre, hermano del muerto, quien, escudado en un evangelismo de cartón, se revela como parte de la trama de un pasado que no termina de pasar. Así, la película deriva hacia el tono abrumador de esos documentales (El desencanto, Tarnation, La televisión y yo, etc.) que encuentran a su paso, como quien no quiere la cosa, una verdad molesta. El espectador se siente alelado, incómodo, casi avergonzado, como hurgando morbosamente en el diario íntimo de alguien que nunca querría haberlo mostrado.


8. Frankfurt (2008)


¿Por qué Frankfurt? Porque, en el Mundial de Fútbol 2006, Paraguay jugó en esa ciudad de Alemania, sin mucha suerte. Este documental muestra ascéticamente cómo una familia campesina pulula alrededor de un televisor precario (como lo es toda su vida), para ver esos partidos.


9. Libertad, de Gustavo Delgado (2011)


Una película histórica que transcurre durante los levantamientos de 1811 contra el virrey español, luego de que los patriotas paraguayos criollos rechazaran la fallida expedición de Manuel Belgrano. Algunos parlamentos altisonantes no llegan a deslucir el honesto recurso de humanizar a los héroes (en este caso,  Pedro Juan Caballero) y mechar algunas historia de amor interclasista, bastante logradas. También ofrece otra visión del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, protagonista de Yo, el supremo, de Roa Bastos, y aquí figura fundamental de la gesta independentista.


10. La enamorada, de Martín Miguel Crespo (2012)


Basada en dos cuentos del anarquista español Rafael Barret, miembro lateral de la generación del 98 que vivió mucho tiempo en Paraguay, “La enamorada” y “El odio a los árboles”. Un relato con una narrativa de una inusitada libertad visual y verbal, bordeando el realismo mágico, y hermosas imágenes.


(Agradezco las recomendaciones de Cristino Bogado y Oscar Cuervo).