8.12.12

Casandra, de J. R. Wilcock


Casandra

J. R. Wilcock


Desde lejos se ven los estaqueados, los enterrados hasta el cuello en el barro helado, los flagelados. La gruta queda en el fondo de una hondonada pedregosa, labrada según dicen por la erosión de los glaciares, y situada aproximadamente en el centro del pentágono que forman las cinco ciudades principales de nuestro tetrarcado. No es una gruta, es una casa; pero conserva su nombre de gruta porque Casandra, en otras épocas, cuando todavía era una escuálida vagabunda, solía refugiarse en una gruta cerca del puerto, y con su persistencia de trastornada siguió llamando gruta primero la casilla de madera que en cierto momento le instaló el Arcontado de Entretenimientos, y luego la espléndida casa-templo que su popularidad vertiginosa no tardó en exigir.
Los turistas del Asia Menor, de Sicilia y de Egipto vienen a visitar nuestro país exclusivamente atraídos por la fama de Casandra. Afluyen en multitud, aun sabiendo que muchos no volverán, o volverán esclavos de sus esclavos, o inválidos, o ciegos. Hasta se murmura que la Capadocia no nos declaró la guerra porque su rey no quiso ofender a Casandra (¡como si algo pudiera influir sobre sus decisiones!).
Casi todos mis parientes están de acuerdo en afirmar que Casandra es extranjera; pero allí termina el acuerdo, porque todos le atribuyen nacionalidades diferentes. Generalmente basan sus argumentos en los defectos de pronunciación y en los giros foráneos que tanto suelen elogiarle algunos admiradores interesados: este razonamiento es por supuesto discutible, porque nadie ignora que Casandra sería capaz de cualquier extravagancia con tal de llamar la atención; además, pocos pueden jactarse de haberla oído, y menos de haber comprendido lo que decía. Mis cuñados consideran denigrante que una extranjera nos subyugue hasta ese punto; salvo el más alto, que preferiría enojarse con toda la familia antes de admitir que una compatriota, nacida en una de nuestras cinco ciudades, pueda arrogarse semejante preeminencia sobre sus connacionales. Casandra, desde las tinieblas de su demencia, conforma a todos desconcertando a todos; es así como varios profesores de la Universidad aseguran haberle oído pronunciar breves frases y hasta poemas fragmentarios en el dialecto desaparecido de los primeros pobladores de Grecia; se ha comprobado también que por lo menos una vez habló en el idioma de los persas, lo que hace suponer que aun sus frases más incomprensibles corresponden sencillamente a idiomas desconocidos para nosotros pero existentes, o tal vez desaparecidos. Cuando era una mendiga loca que erraba por nuestras calles, nadie se interesaba en sus jergas de solitaria; hoy se escriben libros y tesis de doctorado sobre sus modalidades lingüísticas: porcentaje de vocales abiertas, inflexiones asiáticas, cantidad y altura de las sílabas, etcétera. Ninguno de estos estudios concuerda con ningún otro; y esta es tal vez la casualidad más notable de Casandra: suscitar opiniones que nadie comparte, que nadie quiere ni siquiera escuchar, mucho menos leer.
Pero más importante que lo que dice es lo que hace. Mis tíos más malévolos afirman que Casandra sabe perfectamente lo que hace; tal vez sea cierto, pero entonces no se explica que nadie, absolutamente nadie, haya sido favorecido de una manera constante por sus decisiones. Favorecidos los hay, pero basta un examen fugaz para demostrar que sus favores son tan intermitentes, y tan ajenos a sus propias previsiones o a las previsiones de los demás, que hoy costaría bastante encontrar a una sola persona sensata que se declare capaz de presentarse ante nuestra pitonisa sin temor; el temor de volver a las Galias convertido en industrial o de emigrar a Chipre ladrando como un perro. Dichos tíos hacen hincapié en la lista de premios; declaran que a menudo (aunque con una irregularidad muy poco sospechosa) Casandra no se atiene exactamente al orden de la lista que ella misma confecciona en sus ratos de ocio, cuando no está probándose vestidos o ensayando posturas memorables. Esta acusación es en el fondo dudosa, y tal vez también lo sea en la superficie, porque nadie ha visto nunca muy de cerca esas listas, y mi sobrina afirma que Casandra simula leerlas en papeles casi siempre en blanco, o por lo menos cubiertos de dibujos disparatados. Es claro que una lista de dibujos puede ser para ella tan clara como para nosotros una lista de números.
Su rápido ascenso de la miseria al poder, de la indiferencia y el menosprecio público a su situación actual de rectora suprema, es otro argumento a menudo empleado por la rama materna de mi familia para fundamentar la posibilidad de que Casandra sólo sea, después de todo, una habilísima intrigante. Los que utilizan este argumento pasan por alto una circunstancia históricamente establecida y que sólo los muy jóvenes ponen en tela de juicio: que durante muchos años fue una pobre vagabunda (a veces ignorada, a veces escupida, insultada y apedreada), hasta el día en que el Arconte de Entretenimientos decidió instalarla en la gruta del valle; y ahora digo yo: ¿no es improbable que una habilísima intrigante escogiera ese método al parecer tan inconducente para conquistar su predominio actual? Pero los escépticos replican: ¿acaso alguna mujer llegó jamás a gozar de semejante predominio entre nosotros? No; por lo tanto, ¿no es natural que para lograr ese fin inaudito utilizara métodos que por fuerza deben de parecemos inauditos?
Por otra parte, si Casandra fue en un principio una vagabunda similar a esos miles de desdichadas, jóvenes y viejas, que habiendo perdido la razón recorren de día nuestros caminos cantando melodías que por un error creemos tradicionales, y que justamente estas locas se encargan de hacer llegar al corazón del pueblo (un pueblo que antaño fue lacónico y por lo tanto poco interesado en músicas, pero hoy, en gran parte arrastrado por las arbitrariedades de Casandra, desconoce o desdeña la vida silenciosa de nuestros antepasados); si durante tantos años sólo fue una de esas mujeres, también siguió siéndolo hasta mucho después de asumir sus funciones en el Arcontado, en un principio muy distintas de las actuales. ¿Quién recuerda hoy su frugalidad de antes? Hay que verla ahora pasearse de noche, con esas túnicas, esos borceguíes y esos quitones de su invención, negros y dorados si hace frío, purpúreos y plateados si está cercana el alba, precedida por violinistas y flautistas (que no tocan ninguna música definida, sólo hacen un ruido ondulante y monótono con sus instrumentos, lo que en el fondo demuestra bastante refinamiento para una vagabunda; y si bien nadie abriga esperanzas de que llegue a interesarse por la música culta que ella misma ha inspirado, es en cambio evidente que sabe eludir lo chabacano, lo africano); la rodean sus admiradores, es decir, los que quisieran fijar (aun fugaz, aun instantáneamente) su imagen o sus peculiaridades en la memoria de Casandra, forzar de algún modo la arbitrariedad de sus decisiones. Yo opino que esto es imposible, tan poco recuerda (o pretende recordar) Casandra a sus admiradores; y hay por otra parte quien empieza a admitir la verosimilitud de la excusa con que sus pretendientes rebaten las frecuentes acusaciones de venalidad que le lanzan (quizá urgidos por la envidia) los que nunca gozaron de la compañía de Casandra: dichos pretendientes se excusan alegando que es hermosa, que es la mujer más interesante que han conocido, que a su lado uno siente lo que no se siente al lado de ninguna mujer (al llegar los admiradores a este punto, los detractores se dicen sardónicamente en voz baja: la esperanza de hacerse rico). Hermosa, en realidad no lo es; despojada de su gran prestigio, de los adornos y los vestidos que hoy le permiten las ofrendas (ofrendas venales, por supuesto, pero tan poco eficaces que el interés que las motiva no repugna a nadie, y menos aún a ella, tan segura está de olvidar al donante); despojada del aparato que la rodea, de sus paseos nocturnos y de su interminable ronroneo orquestal, ¿qué quedaría de su belleza? Su pelo teñido, su nariz aguileña, sus dientes protuberantes y sus demás defectos hasta podrían, aunque esto sólo es una suposición y el pasado ha demostrado que no es posible forjar impunemente suposiciones, hasta podrían inspirar repugnancia a los amantes que hoy se arrojan a su paso para besar el puño de sus mangas o el cabo de una fusta de obsidiana que siempre lleva consigo como símbolo de sujeción.
Mi padre dice: "Casandra es inagotablemente poderosa, porque es inagotablemente injusta." Sabe (o procede como si lo supiera) que el menor destello de lógica, el menor gesto de coordinación ofrecería un punto de apoyo a los ansiosos ataques de los que sueñan con dominarla. Quizá por eso inventa trampas (así las llaman los entendidos), aunque nada asegura que esas trampas no sean más que sencillas casualidades. Un ejemplo que todos conocen es el de las bufandas: de pronto, Casandra ve a un suplicante de bufanda colorada; exclama: "¡Qué linda bufanda!", y ordena que entreguen una suma fabulosa de dinero al elegante. Corre la voz, hombres y mujeres se presentan ante ella sofocados de bufandas coloradas, pero sin éxito; el primero pierde las uñas, la segunda las cejas, el tercero un diente; después de un tiempo, se sabe que Casandra ha declarado en una conferencia de prensa que aborrece las bufandas, que odia el colorado; y el furor de las bufandas pasa, como pasan todos los furores que Casandra suscita, hasta que la historia se repite con un zapato o con un anillo. Evidentemente, nada de esto probaría la mala fe de Casandra, porque ¿qué puede esperarse de una loca? Pero mis tíos más suspicaces insisten: alguna regularidad hay en sus caprichos; si pudiéramos descubrirla, Casandra y sus tesoros serían nuestros.
Hablar de sus tesoros no es decir que Casandra sea muy rica. Es cierto que las ofrendas particulares que recibe son a veces valiosas, pero ella las gasta inmediatamente en locuras y trapos. El resto pertenece al Arcontado de Entretenimientos; todas las noches ingresan en los sótanos de la Pentápolis las joyas, cheques, monedas de oro y mantos de piel que Casandra arrebata a sus visitantes. Por otra parte las riquezas no le interesan; sólo goza con el poder, con la arbitrariedad. Antes, los pagos se efectuaban únicamente en efectivo, o mediante objetos de valor. Pero hace algunos años Casandra decidió ampliar los límites de solvencia de los suplicantes; esta medida, ruidosa y explícitamente considerada como un beneficio singular que la pitonisa confería a la comunidad, es en el fondo el argumento más poderoso de algunos hermanos míos (no todos). Las seis mayores afirman que la perversidad de nuestra gran demente es calculada, pero los dos menores replican que es muy probable que la medida haya surgido directamente del Arconte de Entretenimientos, y que Casandra, siempre ansiosa de figurar en primer plano, haya luego resuelto apropiársela. La franquicia concedida fue la siguiente: que los suplicantes insolventes pudieran pagar con castigos y torturas corporales. Algunos creyeron que esta novedad reduciría el número de suplicantes, porque era previsible que Casandra se complacería en distribuir heridas, dislocaciones y aun crucifixiones con la misma serenidad con que antes distribuía la miseria y la opulencia. De ningún modo; disminuyó, es verdad, el número de suplicantes adinerados, al comprobar que ciertos castigos equivalían a la deshonra o a la muerte; pero surgió en cambio una muchedumbre de pobres, los que no tenían nada que perder, salvo un cuerpo habituado a la desdicha; para ellos la mera posibilidad de un cambio inesperado de fortuna y posición social representaba realmente el regalo que Casandra alega habernos concedido. Estos infelices constituyeron inmediatamente su vivero más propicio de hecatombes.
¿Cuál es el origen, mi novia me pregunta a veces, de este enajenamiento universal que impulsa a los hombres a abdicar de su destino ante el ruedo orlado de púrpura de Casandra? Semejante tributo a la locura, ¿no nacerá acaso de un íntimo repudio de la justicia, de un afán eterno e intermitentemente resurgente de injusticia y desorden, que en otros tiempos se explayaba en guerras y crímenes, y que en estos lustros de paz y de decencia busca inconscientemente las deshilvanadas sentencias de Casandra, sus gritos, sus premios y sus castigos, para que el rayo rejuvenecedor del azar golpee el metal de sus engranajes y acelere su marcha tediosa? Nuestro país se rige mediante leyes muy estrictas; puede decirse que todo acto cuyas proyecciones emerjan del círculo familiar es juzgado, ya sea por el tetrarcado o por la opinión pública. Y todo castigo acarrea consigo la vergüenza del castigo, lo que origina vidas enteras de virtud, sobre todo en aquellos que temen más la vergüenza que el castigo. Son estas las víctimas ineludibles de Casandra, porque su arbitrariedad les concede castigos sin vergüenza; hartos de virtud falsa, se ofrecen al capricho de la sibila con un ardor y una sumisión que no entenderán nunca los virtuosos innatos, ni los pecadores innatos. ¡Ingenioso tetrarcado el nuestro, dice mi madre, que sabe ofrecer a sus súbditos neuróticos el desahogo de una pena honrosa!
A veces, cuando nos reunimos todos los parientes para celebrar algún acontecimiento, nuestra única diversión, después de un almuerzo abundante, consiste justamente en quedarnos mirando en silencio y durante horas enteras, desde la galería de nuestra vieja casa familiar, los cinco caminos por donde bajan tumultuosamente las multitudes hacia la gruta. Algunos vienen de muy lejos, y si es un día de fiesta no faltan los montañeses con sus sombreros de piel de cabra, y en la falda opuesta los pescadores descalzos. A las cuatro de la tarde, todos miramos nerviosamente el reloj y con un pretexto o con otro nos vamos dispersando, porque sabemos que en ese momento, bajo la cúpula de vidrios pintados de la gruta, en un extremo del gran salón, Casandra acomoda alrededor del trono sus velos, sus colas de encaje y sus armiños, y ordena que entren los suplicantes.


Fuente: Wilcock, J. R. ([1974] 1999): El caos, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 195-204.


(Gentileza del blog Golosina caníbal.)