9.9.14

La inspección

 (fragmento de novela)

¿Una mirada puede tocar?
Eso se le ocurrió a Fabiana, palabras más, palabras menos (¿qué importan las palabras?) durante la primera “inspección”.
Era un día esperado y temido por todas las internas. Tenían muy poca información sobre lo que ocurría exactamente, sólo sabían que debían estar impecables y permanecer mudas, erguidas y con la mirada perdida en un punto predeterminado. Esto era lo más difícil.
Las formaban en dos filas parejas. El inspector pasaba por el medio, primero revisaba una fila, después otra, seguido por un grupo de asistentes e instructoras. Éstas tampoco podían hablar, salvo que el inspector les hiciera una pregunta sobre alguna de las chicas. Un asistente llevaba una carpeta con las fichas de las alumnas, y le iba alcanzando al inspector la ficha correspondiente a la chica frente a la cual se detenía. Decir que la mirada del hombre era penetrante es obvio e insuficiente. Era radiográfica. Miraba a las chicas de arriba abajo, durante un largo rato, sin ningún pudor, como si fueran cosas. O algo peor que cosas.
El procedimiento era largo y penoso. Esa vez, Fabiana estaba ubicada como una de las últimas de la segunda fila, así que, cuando el inspector y su séquito llegaron a ella, ya se sentía muy mal, mareada y dolorida por la rigidez antinatural de la posición. Por un momento, pensó que no iba a aguantar, que se iba a desplomar a los pies del hombre que la miraba. Que la miraba de una manera especial, para colmo. ¿Especial? ¿Qué quería decir eso? Apenas se atrevió a confesárselo: se sentía desnuda, desnudada por esa mirada. Qué raro. Seguramente era una tontería de ella, propiciada por el cansancio y los nervios. Después de todo, ¿qué sabía sobre miradas masculinas?
Sin embargo, aguantó. Pero era evidente que el hombre se detenía en ella más que en otras. La escrutaba, sí. Algo raro había visto. Con dos gestos bruscos, casi uno solo, el inspector devolvió la ficha a su asistente más cercano e indicó a una de las instructoras que se acercara. Era mala señal, sólo había ocurrido eso una vez en esa inspección. Y la otra chica cuestionada había sido Clarita.
—Nombre.
La instructora lo dijo en voz alta pero notoriamente temblorosa. Otra cosa rara, porque eso figuraba en la ficha, como lógico encabezamiento. Se veía que no había prestado atención a los detalles.
—¿Por qué nunca fue castigada?
La pregunta era extraña también. A Fabiana le costaba cada vez más mantener la vista fija en un punto; se le nublaba. Sentía que iba a llorar, y eso le daba estremecimientos de pánico. Sabía que había sido castigada más de una vez. ¿Por qué no figuraba en la ficha, resumen de su legajo?
La instructora también parecía desconcertada.
—No sé, señor inspector —alcanzó a articular—. Supongo que nunca fue necesario. Tiene un buen comportamiento.
El inspector murmuró algo que no alcanzó a oírse, aunque el tono podía adivinarse despectivo. Y luego, más alto:
—No tiene ojos de buen comportamiento. Vigílenla mejor.
La comitiva siguió su camino. Fabiana casi baja la cabeza, avergonzada, pero una mirada oportuna de la última instructora la detuvo. Siguió aguantando, sólo faltaban unos minutos para que todos se fueran.
Cuando todo terminó, pidió permiso para bañarse. Extrañamente, la dejaron. Estuvo un rato bastante prolongado debajo de la ducha, sintiendo especialmente el golpe del agua, casi fría, en su cara. Y todo el tiempo sintió la mirada de ese hombre paseándose por su cuerpo, hasta que su propia desnudez la avergonzó y se cubrió. Al cerrar el grifo, sintió que por su cara todavía corría agua. Tenía frío, quizás fiebre, y el cuerpo sacudido, más que por un llanto liberador, por la sensación de haber sido, una vez más, vejada.