5.5.06

Instituto del Libro

Respecto de una quizás próxima fundación de un “Instituto del Libro”, o algo así, surgen algunas dudas.
Tiene que ver con la “política cultural”, por supuesto, no en el sentido al que se refería Elsa Drucaroff en su “Carta abierta” (post reciente), que sería algo más “desde las bases” (creo), sino en su sentido más tradicional, estatal.
Supongo que muchos preferirán esto antes que nada, y estará bien. No sé.
Hace poco veía en Los rubios, la interesante película de Albertina Carri, una escena en la que los realizadores discutían los fundamentos por los cuales el INCAA les negaba su apoyo (que finalmente les dio, tengo entendido). “No es la película que ellos necesitan”, decía uno. Claro, ése el problema, quiénes son y serán “ellos”, los que con sus dedos mágicos y afectuosos (hacia los amigos) deriven la suculenta plata del Estado, que sale de nuestros bolsillos (metafóricamente; en mi caso, muy poca). ¿Quiénes los votan? ¿Quiénes aprueban esos subsidios, becas, etc.? ¿Sobre qué criterio(s) concreto(s), si puede haberlos (y me temo que no)? Nadie lo sabe bien; o se sabe y se prefiere mirar para otro lado, porque alguna vez la “rueda de la fortuna” nos toca a nosotros, directa o indirectamente.
(El canal Ciudad Abierta, del GobBsAs, es otro ejemplo de todo esto. Me encanta, o a veces no, pero ¿quién lo administra?, ¿cómo?, ¿por qué?)
En uno de sus miserables programas, Marcelo Longobardi (que al final no resultó ser el heredero de Neustadt: fue Majul), se preguntó algo muy antipático pero contundente: “¿Por qué le tengo que pagar yo el sueldo a Federico Luppi o a Rodolfo Ranni?” O a Darín, o quien sea, agrego yo. Por más que me gusten Luppi, Ranni o Darín, o Los rubios, o Ciudad Abierta, lo que sea.
Cierto: hay (o había) una “comedia nacional”, una “comedia municipal”, etc.; con actores y técnicos sometidos al escalafón del Estado, como cualquier otro empleado público (¿esto es “nivelar para abajo”?). Persiste el problema de quién los elige, y cómo, pero al menos están blanqueados, y sus sueldos pueden consultarse en algún lado (digo yo), aportan, etc.
En todo caso, mucho me temo que la guita de un “Instituto del Libro” vaya a parar a Mempo Giardinelli, o a Página/12, o a la editorial Heloísa Cartonera, o a las Abuelas de Plaza de Mayo, por decir algo “antipático” (como Longobardi).
Siempre estamos en lo Mismo “los argentinos”, como con el corralito y otras cosas: queremos los beneficios del socialismo y del capitalismo, juntos; pero ninguno de sus riesgos.