7.2.16

Lecturas y visiones 1: Samantha y Selva

Leí completo Pájaros en la boca de la enorme Samantha Schweblin. (Digo “completo” porque casi todos los textos estaban sueltos en algún lugar de la Web y ya los había leído.)
Excelente libro de cuentos, aunque desparejos... ¡porque hay algunos muy buenos!
“Mujeres desesperadas” es alucinante, produce una sensación física de agobio y hasta de “miedo de género”, si se me permite el neologismo.
“En la estepa” es el cuento más cortazariano que recuerde: nunca se menciona directamente qué es lo que la pareja protagónica quiere tener. ¿Una especie de niño? ¿Un animalito? Pero ¿cuál?
Y el cuento que da título al libro puede leerse como una inversión de “Carta a una señorita en París”. En éste, un muchacho vomita conejos; en aquél, una adolescente come pajaritos. En ambos casos, no hay explicación (y, probablemente, tampoco un simbolismo evidente, aunque sí la tentación de buscarlo).
Extraño que en la edición digital que leí (Random House, 2009) no estuviera “El hombre sirena”.

También terminé de leer Siete casas vacías, que no es para nada desparejo y marca un punto de madurez esperable en una narradora de tal maestría. En “La respiración cavernaria”, la focalización permanece siempre cerca de una anciana con Alzheimer; éste y su respiración dificultosa, literalmente, se le pegan al lector.
Y “Un hombre sin suerte” (que publicó suelto Página 12) es uno de los cuentos más perturbadores que haya leído; creo que ya lo dije en otro lado. Schweblin sabe huir de lo políticamente correcto... casi siempre.

Digo esto por Distancia de rescate, su novela breve.
Me gustó muchísimo, sí. Es como una de Stephen King pero con 400 páginas menos. Es magistral cómo mezcla los puntos de vista para que el relato sea al mismo tiempo de terror fantástico (con la suposición de la transmigración de las almas, igual que en Dormir al sol, de Bioy) y de “denuncia social”. Quizás esto último pudo haber sido más alusivo aun. Menciona casi 10 veces la palabra “soja”, quizás debió abstenerse de hacerlo. Pero el efecto general es impactante, físico.

En cambio, Ladrilleros, de Selva Almada, me decepcionó un poco.
Es cierto que El viento que arrasa fue un poco sobreestimado, pero se podía leer. Lo “regional” no estaba tan subrayado (sobre todo, en el lenguaje); al contrario, ya que la presencia del pastor evangélico disparaba el relato hacia una locación casi híbrida.
Sin embargo, sigo creyendo que la obra maestra de Selva es “Intemec”, un relato que, supongo, estará incluido en la reciente recopilación de sus cuentos.

Hablando de lenguaje, excelente (y muy divertida) la jerga ad hoc de los pileteros, que Félix Bruzzone inventa en su novela Barrefondo. Igual, prefiero los relatos breves que cuelga casi a diario en Facebook. Por ahí esto lo retomo más adelante.