15.1.07

Biblioteca

Ojalá el debate alrededor de la Biblioteca Nacional, con sus aristas lastimosas y todo, lleve a algo positivo. No se daba algo así, más o menos, desde que se instaló la estatua del Papa, que ya está tan naturalizada como las burocracias sindicales.
Cuando ambos Horacios aceptaron sus respectivos puestos, unas posiciones posibles ya estaban previamente definidas. Quiero decir: la situación interna de la Biblioteca era bien conocida, bien antigua y bien sólida; por lo tanto, estructuralmente, había una serie de “posiciones a ocupar” (en el sentido de Bourdieu, diría yo, con perdón).
Un Horacio elige hacer la de Kirchner; en términos de Silvio Rodríguez, “arar el porvenir con viejos bueyes”. (Los bueyes serían, en el caso K, los exduhaldistas, que, no nos olvidemos, se cargaron varios presidentes en unos pocos días.) Algo así: “Hacer algo es mejor que nada, y sólo se puede hacer algo contando con lo que hay, aunque sea horrible. Si no, duro tres días, o tres meses, y serán tres días o tres meses al pedo. Para eso, mejor no acepto. Pero acepto.” De ahí sus continuas (y algo enigmáticas) referencias elogiosas, en los primeros discursos, a los empleados de la Biblioteca. Traducido: “Contra ellos, no puedo nada. Con ellos, puedo un poquito así; y quizás mañana, otro poquito más, y después...” Porque, además, esos empleados responden a tres gremios distintos, con pequeñas diferencias ideológicas que pueden dar fácilmente la esperanza (la ilusión) de la posibilidad de quebrarlos por la línea, tan elusiva, de esas diferencias. Una trampa, ya sé, pero... es lo que hay (frase que debería estar en el frontispicio de la Biblioteca, de Canal 7, de la Casa Rosada), pero lo que hay no por azar, sino condicionado por una historia que viene de lejos, de muy arriba y de muy abajo.
Por su lado, el otro Horacio, tras un comienzo aparentemente realista de resignación (¡un acta de compromiso refrendada por Pepe Nun!, que, entre paréntesis, porque no puedo olvidarlo, en su discurso de apertura de la Feria del Libro, anunció que los planes de vivienda del Gobierno incluirían para cada casa nueva una biblioteca con los clásicos de la literatura nacional y universal, ¡entre ellos, la Biblia!; no me alcanzan los paréntesis ni los signos de admiración), opta por la salida fundamentalista tradicional de la izquierda: así no se puede trabajar. Qué novedad. Por supuesto, lo asistía el derecho a esperanzas simétricas respecto de las del otro Horacio, ¿por qué no? Cada uno tiene sus utopías, aunque éstas las paguemos entre todos.
Tengo una solución infantiloide o ad absúrdum: nombrar al segundo Horacio como director de la Biblioteca en remplazo del primer Horacio. ¿Cuánto tardaría en renunciar? Pongamos un mes, después del tercer o cuarto escrache de los gremios. Entonces, nombrarlo secretario de Cultura. Ídem (hay gremios en todas partes; los intelectuales no tenemos gremios, tenemos revistas y cátedras). Entonces, nombrarlo presidente. Que llame a una asamblea constituyente, etc. En definitiva, “hacer la revolución”.
Luego, volver a nombrar al primer Horacio como director de la Biblioteca Nacional.