17.8.08

Promesa incumplida

Juan siempre fue una promesa. Desde chico, su inteligencia brillaba en todos los medios en que se desenvolvía (ninguno muy desarrollado, es verdad) y era elogiada por los que lo rodeaban. Curiosamente, sus padres no lo apoyaban mucho, aunque a veces hablaban bien de él ante otras personas. Juan fue creciendo, claro, y jamás logró ser una promesa cumplida. Un día (es una manera de decir), se dio cuenta de que tenía casi 50 años, de que vegetaba en un empleo mediocre (en realidad, en varios), que no había logrado hacer nada de lo que siempre había querido "de verdad", que no tenía -como se dice- dónde caerse muerto, que su jubilación iba a ser un monto deleznable, y que, en definitiva, sólo atesoraba un puñado de recuerdos que (extrañamente) ofendían a sus seres queridos. Era una perfecta promesa incumplida, sólo explicable por la teoría de las inteligencias múltiples (donde la falta de una/s puede anular la presencia de otra/s), banal pero quizás preferible a alguna otra sobre la química del cerebro. Sin embargo, Juan sabe que sólo le queda aferrarse a esta última y pedir una serie de pastillas que de a poco lo vayan alejando de sus deseos y, tal vez, con suerte, sin privarlo de sus recuerdos.