22.7.06

El Palacio de la Memoria

(método de autoayuda)


Poesía: ¿renglones que terminan antes?
Umberto Eco



1. Contorno

Esa franja
“insignificante”,
de agua amarronada,
de ancho variable
—surcada en ese preciso momento por un largo lanchón carbonero—
era el río Rin:
el Padre Rin.
Creo que ahí, entonces, empezó todo.
Una oleada de pasado...
No, no enseguida.
Pero ahí empezó.
Han pasado muchos años.
Nada grave:
volví a ir dos, tres, siete veces más;
pero ha pasado mucho tiempo y sigo preguntándome
qué sentí exactamente en ese momento,
y a partir de entonces;
qué sentí que produjo en mí esta pasión desvaída,
esta obsesión por... tantas cosas.

Castillos, castillos, castillos
(simulacros de pasado).
Yo sacaba fotos espasmódicamente,
en cantidades japonesas.
El día estaba nublado,
y caía de vez en cuando una llovizna molesta,
casi una mera condensación
de la humedad ambiente
(lo llaman microclima).
De pronto, se trabó la máquina de fotos,
una vieja Yashica que mi padre me había prestado a regañadientes.
El poder de la culpa, etcétera.

El pueblo donde vivo
parece “de cuento de hadas”.
Casas “viejas” con (falso) entramado de madera
y techos de pizarra (“escamas de pescados”).
Las calles son empinadas;
a veces, una caída muy abrupta deja ver
un horizonte brillante de viñedos, entre dos casas.
Hay un convento que parece un castillo
y que, según la densidad del aire,
a veces parece estar muy cerca
y otras muy lejos:
una columna de humo que sale de la chimenea
rompe la ilusión de inmovilidad.
Pruebo las uvas:
son pequeñas y amargas.

El Johannisberg Schloss
pertenecía la familia de Metternich
(el de la Santa Alianza,
ojalá se esté pudriendo en el Infierno),
pero ya fue vendido a un millonario.
La última baronesa aún habita un ala del castillo,
privilegio que cesará con su muerte,
quizás próxima. Mientras tanto,
la anciana señora conduce un BMW
por las colinas pletóricas de viñedos,
y escribe versos
que publica
en ediciones “de autor”.


2. Rutina

Me despierto cuando aún es de noche,
alrededor de las seis.
Me ducho, me visto para ir a la Feria,
tomo apresuradamente unos sorbos de café
y salgo para ver el alba en Johannisberg.
Amanece prácticamente del lado del Rin.
El sol va apartando
con bastante rapidez
la niebla habitual que pende sobre colinas y viñedos.
Desde un lugar apenas elevado,
es posible ver el río.
Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos:
un verde cada vez más verde en la vegetación,
un celeste cada vez más celeste en el cielo,
si hay suerte.
La hondonada donde corre el Rin conserva
durante un poco más de tiempo
el gris de la niebla,
que se irá despejando luego,
a medida que lo atravesemos con el coche.
Los primeros rayos de ese sol horizontal ya reverberan,
hasta lastimar los ojos,
en las ventanas de los dos castillos que custodian el pueblo.

Vagabundeo media hora,
no más,
a un ritmo acelerado,
como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda.
No sé si mañana se repetirá,
porque puede amanecer nublado y seguir así.
O llover.
O suceder cualquier otra cosa que me lo impida.
El sol se eleva finalmente
sobre algunas casas particularmente bellas
(quizás su luz las hace ver así).
Saco algunas fotos, si veo la ocasión.
Vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes,
que se han demorado un rato más en la cama,
y preparar los últimos detalles de la partida.
Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt,
la Gran Ciudad,
sabiendo que a la vuelta ya será de noche
y nada se verá igual.


3. Finale

Desconfío de la naturaleza, si es que existe.

Los cuentos de hadas
son otra cosa.
Es decir, la infancia;
es decir, diversas iniciaciones.
A la lectura, sobre todo.
Y...

Rituales.
¿No son algo conectado con los cuentos de hadas,
que los niños piden una y otra vez
para poder dormirse?
¿Refugio contra la angustia, contra el terror nocturno?
(Y a mi edad ya casi todo es nocturno.)
¿Un lugar en el mundo,
precisamente cuando el mundo está por desaparecer?
Porque ese lugar no puede ser otro que la infancia;
y, por supuesto,
ésta sí la he perdido para siempre.