3.3.08

Fobias/2

Me dicen que en mi anterior entrada sobre este tema estuve muy autoindulgente. Puede ser.
Yo creo que dije la verdad pero, como no era toda la verdad, la mentira le quedó muy cerca. O sea, la ficción. Es que, cuando escribo, tengo que escribir. Y las palabras siguen su propio camino, no las puedo parar. No miento ni me miento: simplemente escribo (me escribo).
Entonces: también tengo fobia a los fósforos, sobre todo cuando están usados; esas cabezas rojas o negras, ese olor que se impregna en la ropa. Cuando hice el servicio militar (1981-1982), mi mayor miedo era que en algún momento me obligaran a encender un fósforo... Tiempo después, debuté en eso con una novia que me ordenó hacerlo con autoridad de novia. Pero no lo superé, ni mucho menos.
En realidad, mi fobia alcanza a casi todo objeto oblongo (semifálico, obvio) con algún tipo de fuego o humo en la punta. Trato de generalizar, cualquier descripción es absurda. Cigarrillos, velas, un escarbadiente. Un papel encendido, como para prender el piloto del calefón o el horno, me lo banco hasta ahí; pero el olor a quemado posterior me cuesta.
El horror máximo: una caja de fósforos; un cenicero lleno... (también vacío, pero no tanto).
La náusea sucedida: encontrar, en medio de una parva de papas fritas, un irrefutable fósforo usado.