5.8.06

Cal y arena

I. Por esas casualidades impactantes, condenaron al Turco Julián el mismo día en que (a la madrugada, por lo menos) daban el último capítulo de Vientos de agua, la miniserie de Campanella. La resolución de la escena en que el personaje de Alterio va a buscar (para matarlo, quizás; por lo menos, para hacerlo confesar, cosa que logra) al octogenario facho que entregó a su familia fue harto previsible, considerando que el guión era responsabilidad de Aída Bortnik.
No quiero sobrevalorar una escena aislada, ni proponer otra resolución posible (bueno, no veo por qué no, pero me han acostumbrado a analizar “lo que hay”); en todo caso, no es bueno simplificar una situación que, en la realidad, a nivel “personal”, es muy compleja. Pero la verdad es que la cuestión me “chirrió”. Que Alterio matara al facho hubiera sido mal visto, claro está: políticamente incorrecto. Que lo denunciara a la justicia, demasiado políticamente correcto.
En todo caso, lo que quiero decir es que la humillación (el facho se mea de miedo, y el solo hecho de estar viejo y enfermo queda como suficiente castigo) no basta. ¿Acaso Videla y Massera no dan un poquito de lástima...? ¿No está tentado uno de imaginarlos aunque sea un poco atormentados por su conciencia...? ¡Por favor!
Durante el día algunos noticieros tuvieron la mala idea de pasar esas escenas en que, hace unos años, agredieron al Turco Julián y lo dejaron ensangrentado y golpeado. Claro: parecía un pobre viejito, un linyera atacado por skinheads. ¿Castigado por fin? Y no. Todos ésos son sólo engañosos sucedáneos de un castigo; dilaciones de la verdadera justicia. Que ayer se empezó a hacer, y ojalá llegue lejos.
II. En la oficina, una compañera, inmigrante de un país del Este, me contó, emocionada, que había visto ese último capítulo de la miniserie y que, gracias a él, había entendido por qué su propia madre no quiso volver a su pueblito natal, cuando sus hijas le ofrecieron llevarla al cumplir ochenta años. “Allá sólo hay recuerdos”, les dijo.