13.1.10

La carcoma

"Pensaba que, como hijo, debería haber sufrido un desgarrón feroz, la sensación entrañable de un desmantelamiento, de un descuajamiento profundo y todo eso estaba todavía por llegarle. La respuesta que estaba balbuciendo es 'Mi padre ya es viejo', pero quizá no fuera eso solo. Acaso la imposibilidad de situarse en las vísceras enfermas del ser a quien se cree amar y a quien se sabe tan cerca, no esté sólo en la diferencia de los años sino —también contra ellos y aun contra la misma juventud desarbolada— en la protesta de la vida, en la sombría afirmación de la vida sobre los propios estribos, cuando se ve caer a alguien que marchaba a nuestro lado, a alguien de quien se creyó que seguiría marcando a por más tiempo a nuestro lado. El egoísmo se convierte en una razón furiosa de vivir, y niega empecinadamente todo lo que no esté en su centro. Julio había pasado por otras muertes, había asistido a otras agonías —algunas de ellas jadeantes, inmisericordes, a bocanadas, cuando el mal ya no dejaba al enfermo más que un pequeño resquicio de pulmón para seguir alentando— y en el fondo del horror y de la piedad, en el fondo del llanto y de la conmiseración había un combativo un obstinado sentimiento de ajenidad. Se lloraba o se sufría desde el corazón del miedo, desde el meollo de la certeza triunfal y escarnecida de estar vivo.
¿Qué podemos pensar entonces —se preguntaba— de una piedad o una simpatía por el mundo, por la gente, por el género humano y por los padecimientos de la pobreza, si no somos capaces de entregarlo todo, de dejarnos arrastrar en el golpe de la muerte cuando quien se muere es nuestro genitor, cuando la carcoma primero y el hachazo después caen sobre el tronco de lo que hemos tenido, desde el día mismo de los orígenes, por nuestra propia vida?"

(Carlos Martínez Moreno, El paredón, 1963)