2.11.04

Industria

Millón de veces oí que “lo que el cine argentino necesita es ser una industria…”. Una frase que lograba irritarme con facilidad, pero sin saber exactamente por qué. Es verdad de perogrullo, aunque también es cierto que, cuando el cine nacional fue una industria (la llamada “época de oro”), daba vergüenza ajena, salvo excepciones contadísimas. Claro, también estaban la censura, la manipulación política, etc.
Después, me consolé dándole una vuelta a la frase y juntándola con otra obsesión: si tenemos escritores de primer nivel, ¿por qué no tenemos cineastas de primer nivel? (No doy nombres de unos o de otros para no avivar una polémica lateral, aunque más adelante será inevitable.) Precisamente, al no existir la famosa “industria”, los que llegan a dirigir películas son los tipos más capaces... de conseguir una financiación, ya sea privada o estatal. (No quiero llamarlos “chantas”; ahora se los considera “seductores”.) Tener un guión sólido es opcional. Una estética, una visión del mundo, etc., ni hablar. Los escritores son (somos) más bien reacios a “salir a la realidad”. ¿Alguien se imagina a Borges (ojo con el chiste fácil), a Bioy Casares o a Cortázar dirigiendo una película con Federico Luppi, Rodolfo Ranni o Héctor Alterio? La existencia de una industria mainstream, en efecto, permitiría que sobraran unos mangos para cineastas sin talento... para recolectar fondos.
Las terribles propagandas sobre la industria cinematográfica en la provincia de San Luis, hoy, parecen una ratificación bizarra de estas antipáticas divagaciones mías.