10.4.06

Carta abierta
de Elsa Drucaroff
(la transcribo con su autorización)

Ustedes son escritores que leí y que respeto.
Son de diferentes generaciones, de muy diversos estilos y grados de maduración, de número de obras publicadas. Unos pocos conocen la consagración y el gran reconocimiento; la mayoría, la indiferencia mayor o menor de los lectores o de la crítica. Algunos editan revistas que demuestran la fuerza de la literatura que hoy se produce. A todos me dirijo.
Les escribo porque resolví hacer que la presentación de mi novela, este lunes (todos ustedes recibieron la invitación) sea además un acto de apoyo a la literatura argentina que hoy se está escribiendo. Hace muchos años -décadas en algunos casos- que todos nosotros venimos trabajando en y por la literatura, escribiendo a menudo en el anonimato y la soledad, o con la rara suerte de vender bien en algún caso aislado, gracias a que nos difunden porque ganamos un concurso o que un milagroso boca a boca consagró un libro, o la rara suerte de que la crítica se dedique a nosotros, nos lea.
En los años 80 se abrió una brecha que no existía antes, una brecha trágica para nuestros intereses pero sobre todo para nuestro país: la que separó a los escritores argentinos de los lectores de la sociedad argentina, la que hizo que la mayoría de los que compran libros lean a norteamericanos, japoneses, españoles o ingleses, pero no a sus connacionales. Tengo mi tesis sobre los motivos de esta brecha aunque no voy a eso ahora. Sobre los efectos, basta comprobar el empobrecimiento de ideas y debates en los años de democracia. El empobrecimiento no se debe únicamente a que no se lee literatura argentina (muy soberbio sería creerlo), pero digamos que ese factor facilita notablemente el empobrecimiento. Otra sería la discusión sobre las miserias de la democracia si se leyeran las obras donde las nuevas generaciones exasperan una dolorosa apatía; otra la discusión sobre la dictadura y el menemismo, si se conocieran algunas de las grandes novelas escritas acá en los últimos veinte años; otra la discusión sobre los medios masivos de comunicación, etc.
Pues bien: Sospecho que algún puente está volviendo a tenderse.
Después de una nota que publiqué en Eñe en el 2003 (año en que coordiné "Jóvenes a la intemperie" y nació, no por iniciativa mía, el grupo de lectores "mataronakenny"), empecé a sentir que aparecía un pequeño espacio. Cada vez circulan menos (o menos impunemente) aquellos lugares comunes escritos desde la brecha y desde la ignorancia, como el que consideraba que los "escritores jóvenes" eran Caparrós, Guebel o Pauls, y hacía veinte años que "no pasa nada" en literatura; o el que sostenía -pensando en ese modelo de literatura que la academia consagró- que todo lo que se escribía se preocupaba por el lenguaje pero "daba la espalda a la realidad de nuestro país".
Algunos libros buenos se han abierto caminos significativos, con o sin reconocimiento académico. El boca a boca impuso suavemente ciertas obras en pequeños pero influyentes círculos, y las editoriales empiezan a dejar de sentir que los éxitos de venta (tampoco tan grandes) que disfrutaron otros títulos son episodios aislados, y los ven como el resultado de tener una obra significativa.
La antología La joven guardia vendió más de lo que se preveía, pese al lugar común de que los cuentos no "funcionan", y menos los de argentinos nuevos, jóvenes, desconocidos. Una buena novela argentina estuvo este verano primera en el ranking de ventas. Los encuentros de jóvenes poetas que podían nuclear fácilmente cien personas empiezan a ser imitados, lentamente, por los jóvenes narradores, y no llevan menos gente. Es decir: pareciera que hay mejores condiciones que en los años 90 para que los argentinos quieran pensarse, mirarse en el espejo fiel o distorsionado, disparatado o trágico, no importa (eso es cuestión de estéticas), de su literatura. Esto significa para nosotros poder salir del ghetto.
Hay gente que tiene miedo a vivir afuera del ghetto, se pierden ciertas ventajas, todas pequeñitas y mezquinas. A mí sólo me interesa salir del ghetto, por eso les escribo.
Es apenas un atisbo, no hay un cambio en las condiciones sino una pequeña posibilidad. Creo que debemos aprovecharla. Yo al menos voy a hacerlo, y los invito a compartirla.
Voy a plantear, al cerrar la presentación de mi novela, el deseo de que ese acto no sea sólo una difusión y un homenaje a El infierno prometido sino también la prueba de que la literatura argentina está viva, de que en ella están pasando cosas significativas. La prueba de eso, voy a decir, es la cantidad de escritores y escritoras que están acompañándome, escritores consagrados y no consagrados, de obra extensa y sostenida o de obra nueva, y cuántos de ellos son jóvenes que tiene entre 20 y 40 años, y no obstante en muchos casos, sin que el gran público los conozca, tienen varios libros escritos. Voy a decir explícitamente que no considero que todos los que estén sentados ahí han leído El infierno prometido u otras obras mías, y piensan que Elsa Drucaroff es una gran escritora; que la mayoría seguramente todavía no lo leyó, que es perfectamente posible que la novela no guste a todos los que están. Pero que sé que están sentados acompañándome porque es un modo de afirmar que existe una literatura argentina que merece ser considerada como tal, y por lo tanto leída (y en todo caso discutida pero nunca ignorada), una literatura que se está escribiendo mientras el gran público no lo sabe, y el apoyo que me están dando mis colegas es afirmar conmigo eso: nuestra literatura está más viva que nunca, pese a todo lo que la Argentina ha sufrido.
Mientras el país entraba en la debacle que empezó en 1976 (voy a decir), en cada generación nació gente que se dedicó a escribir y que tiene cosas nuevas para transmitir, y así es como hoy existe una obra tan desconocida como valiosa, diría heroica, porque es heroico escribir en la indiferencia social y el silenciamiento.
Para poder pronunciar estas palabras, preciso que ustedes, todos, muchos, los que puedan, me estén acompañando.
Tenemos una peqeña oportunidad. Podemos aprovecharla y hacer del incipiente nuevo interés del público por su propia literatura un orgullo de todos. Podemos envidiar y defenestrar a quien vende mucho o entender que su éxito abre una puerta para todos. El mercado no nos odia porque es malo y bruto, las editoriales no nos odian porque odian la literatura. Encarnen el mercado gente mala o gente buena, gente refinada o gente bestia, el mercado nos odia y nos cierra las puertas y nos invisibiliza y nos ningunea simplemente porque no vendemos. Con cuatro novelas seguidas escritas con razonable manejo técnico y razonable profundidad, que logren llegar a lista de best sellers en un año, el piso de ventas de todos sube como posibilidad cierta; la situación de todos nosotros se modifica.
Claro, también podemos hacer más de lo mismo: ignorar y no leer el libro de quien estuvo primera en el ranking pero sí hablar de la obra con desprecio y burlarnos porque fue tapa de Eñe aunque sabemos que correríamos a posar para la foto si Eñe nos quisiera volver tapa a nosotros. O leerla con envidiosa búsqueda del pelo en la leche, juzgando previamente que va a ser superficial porque fue masiva, exigiendo que repita la estética "difícil" de las novelas (a veces excelentes) que consagra la academia y despreciando nuestras propias vísceras al negar el valor de las emociones que su lectura nos produce. Transformar el ghetto en elección alienada de nuestro hábitat, decretando que lo fácil de leer (como Dickens en su tiempo) tiene siempre baja calidad, y que la dificultad y el refinamiento (como el que críticos que hoy prefieren olvidarlo reconocieron a Mallea o al Sábato de Abbadón) son sinónimos de obras grandes.
Podemos hacer más de lo mismo: dividir la literatura en dos bandos enemigos, a saber: los que tienen la gran suerte de ser consagrados por la academia; y lo que tienen la gran suerte de ser consagrados por el mercado, y transformar la mutua envidia en una opción estética. Y pelearnos a los gritos, mientras la sociedad argentina se aburre y mira para otro lado.
O inventar peleas entre cuarentones y veinti-treintañeros que en vez de confrontar argumentos históricos y significativos a partir de la experiencia de cada generación, hacen del "correte hijo de puta que quiero entrar a donde vos estás sentado", y del "no me corro nada, forro" un vergonzoso "debate literario", inventando argumentos insostenibles con un cinismo que casi ni intenta disfrazarse, porque el menemismo consiguió eso: que el cinismo sea divertido y no nos dé vergüenza.
Podemos seguir haciendo conventillo entre nosotros, fundando juicios de valor en la envidia por el éxito ajeno (y a veces es tan nimio, tan imaginario, que vista desde afuera la envidia da risa).
Podemos seguir escribiendo chismes o improperios en los blogs, rompernos la cabeza paranoica tratando de ver qué operación o cálculo o amiguismo está funcionando cuando Fulana alaba a Zutano, o Mengano presenta el libro de Perengano. Podemos, en fin, seguir viviendo en el ghetto triste al que nos empujó la Argentina que dejó de creer que los escritores tenían algo para decirle y que consiguió que tantos de nosotros descreyéramos de nosotros mismos.
Los convoco entonces para el lunes, no desde la amistad ni el cariño, aunque sé que muchos de los que lo van a recibir este e-mail sienten cariño por mí, y es mutuo. Los convoco en nombre de una estrategia transparente y legítima, que no oculto porque no me da vergüenza pergeñar, que puede decirse afuera sin bajar la voz: defendamos juntos nuestra literatura tan viva, apoyémonos mutuamente como un cuerpo social de productores de significados, ideas, imaginación, lenguaje, que cree que lo que escribe es necesario (más allá de lo que cada uno opine de la obra del otro). Afirmemos ante los lectores masivos que somos socialmente necesarios y decimos cosas que a ellos les interesan (porque nuestros chismes, nuestros dardos conventilleros, nuestros cálculos, a ellos los aburren, no los entienden y los espantan).
En ese marco los convoco también, claro, a leer mi novela y a discutirla si les parece, incluso a pelearla, pero desde un lugar que hace treinta años casi nadie ha asumido: el del debate de ideas, de estéticas, de razones para la literatura que no sean figurar, tener poder simbólico y conseguir un micrófono o unas líneas de prensa, o la bendición de alguna trenza universitaria.
Envío este e-mail también a escritores argentinos valiosos que no viven en Buenos Aires o no están en el país. Es que no los invito solamente para el lunes sino para todos los actos que sirvan para afirmar nuestra existencia. Es algo que vengo haciendo hace años, cada vez que puedo, que me da el tiempo: concurrir y apoyar públicamente la literatura argentina que sale, leerla todo lo que doy abasto, pensarla, escribir sobre ella. Lo hago asistiendo cuando lo logro a presentaciones, pero también desde la radio y desde las cátedras que dicto y los temas que investigo.
El martes 11, al día siguiente de mi presentación, se presenta la novela de Ariel Bermani Leer y escribir. Es a las 19 hs., en la Casa de la Cultura, Rufino Elizalde 2831. Estupenda novela, a mi juicio, pero una vez más eso lo dirán o no ustedes, cuando la hayan leído. Mientras tanto, los espero.
No estoy proponiendo una conciliación estúpida al estilo "somos una gran familia y nos queremos mucho". Esa es otra careta que lamentablemente he escuchado en alguna presentación, la otra cara de la moneda del odio y la burla del conventillo, tan repugnante y calculadora como la otra. Propongo que nos aliemos en una política cultural que nos sirve y sirve a la literatura, y que las discusiones que nos dividan sean duras e implacables, pero los argumentos provengan de intercambiar ideas sobre la literatura, no chismes, chistes cínicos, acusaciones personales, dolor y rencor por las pequeñas heridas a nuestros narcisismos.
En vez de estar listos para usar el poder que nos da contar con algunas líneas en un medio para destruir el libro de alguien que, como yo, se rompe el culo para escribir y recibe soledad y anonimato, o que tuvo la suerte de pegarla, de vender (y yo no la tuve), o de no vender pero ser elogiado por un pope de la crítica (y a mí no me elogian), estar listos para examinar nuestro narcisismo herido, nuestra frustración, tragar la envidia y concentrarnos en lo único que importa: la literatura. Estar listos para evaluar cuáles discusiones tiene sentido dar en un blog y cuáles en un suplemento de diario poderoso, cuáles son discusiones estéticas e ideológicas y cuáles, simples actos de hundimiento y venganza. En vez de estar listos para ser amigos o enemigos, estarlo para defender una producción literaria que, como toda producción cuando vale, es heterogénea y desigual pero cuya proliferación es el único camino para decantar, y precisa llegar a los lectores para poder seguir creciendo.
Envío este e-mail a escritores y escritoras de espacios y perfiles diferentes. Algunos "bendecidos" por la academia, otros detestados o ignorados por ella, gente que pertenece a tal o cual grupo o taller, acusada o no de ser "camándula", con tales o cuales influencias o supuestas protecciones. No me importa , si reciben esto es simplemente porque los leí y me gusta muchísimo o mucho, todo o parte de lo que escriben, o me parece sumamente promisorio. Los que me conocen saben que doy puntadas sin nudo, alabo lo que me gusta venga de quien venga y callo públicamente cuando no me gusta. Sólo expreso mi disgusto público por una obra si eso implica sentar algún debate interesante para los lectores (prefiero usar el poder para destruir a un famoso y consagrado, si lo creo productivo. Es mucho más divertido: tiene riesgo -es decir, gracia- y tiene además la utilidad social de plantar un debate).
Gracias por leer hasta acá. Un abrazo para todos y cada uno de ustedes, hasta el llunes, hasta el martes, hasta muchas veces, ojalá. Elsa Drucaroff.