5.4.06

Manchas

A principios de 1982, me diagnosticaron una peculiar enfermedad autoinmune, quizás psicosomática: esclerodermia. Fue de casualidad; estábamos cambiándonos en la cuadra cuando uno de los compañeros me preguntó qué eran esas manchas en mi espalda. Yo no tenía ni idea a qué se refería. Me miré en un espejo que había y vi cuatro grandes manchas pálidas, con bordes violáceos, una en cada ángulo. Ahí recordé que también tenía una parecida, pero mucho más chica, en el abdomen, y nunca le había dado bolilla. Quién sabe desde cuándo estaban allí.
Peregriné días y días en el Hospital Militar de Campo de Mayo. Me hicieron todo tipo de análisis, biopsias, endoscopias, etc. Era un lugar siniestro: los chicos enfermos que podían moverse hacían las tareas de cualquier colimba (corre-limpia-barre, precisamente); otros, más o menos afortunados, quién sabe, deambulaban como zombies por los pasillos, mangueando puchos o monedas.
El dermatólogo a cargo de mi caso (su diagnóstico fue certero y aún se mantiene: “esclerodermia circunscripta multifocal en placas”) quería dejarme internado allí. Pero, si esa enfermedad no tiene cura, ¿cuándo se suponía que iba a salir, antes o después de la baja normal? Nosotros creíamos que ésta estaba cerca, a más tardar fines de marzo o principios de abril. Me resistí a ser internado. No hubo baja: el 2 de abril cambió todas las historias.