2.4.06

Dios y el Diablo en la tierra de la niebla

Yo solía hacer dedo en la ruta 197 hasta la Panamericana, y de allí a la General Paz, o adonde se pudiera. Durante la guerra, era mucho más fácil que un coche nos levantara, seguramente porque los conductores se sentían culpables y pretendían colaborar de esa manera con los "soldados de la patria", una variante de las cartitas, las bufandas y los chocolates que nunca llegaron a destino.
Un día, subí al auto de un señor de mediana edad. Creo que, al principio, la conversación fue por los carriles normales (¿cómo los tratan, qué se sabe, qué les dicen ahí adentro, vas a ir?, etc.). Después, sin transición, el hombre me explicó muy tranquilamente que Dios estaba de nuestro lado, mientras los ingleses estaban vendidos al Diablo y no podrían ganarnos. En virtud de esa protección divina, las balas no podían hacernos daño, se desviarían o rebotarían milagrosamente en nuestros cuerpos.
El hombre había resultado un evangelista, y un loco, es cierto, pero ¿acaso no se limitaba a extremar un sentimiento común, lo que llevó a muchos a creer que "estábamos ganando"? Esta reflexión está de más. Debería borrarla y dejar sólo la parte en que un evangelista defiende al Dios de los católicos contra los protestantes de Su Majestad.