15.9.06

Príapo

Únicamente el hombre no renace; y los dioses,
que nacen de las cosas, se transforman en cosas, otra vez. La liebre
en cambio, cuando, en medio del salto,
el acero la inmoviliza, ya había
renacido en el cachorro que juega, blando y tranquilo,
en la luz tibia. No en tanto
que dioses y que bestias, Venus y Adonis,
en una cama de mirto y rosas, sino que como humanos,
abandonados, copulan.
Por muerte y no
por renacimiento. Esperma, pelos, sangre:
insulto y lamento -y más adentro todavía, más,
más todavía, ahora, mientras el fondo, negro,
se retira, y el abismo se abre, rojo y humedecido,
a sombras que dicen ser, para la yema de los dedos, cuerpos férreos.
Noche de vísceras que órganos ciegos, perdidos, palpan. Por ese
atajo sin fin los dioses
se vuelven hombre y mujer y engendran
Príapo, el ser
del que el cuerpo entero
es apenas el reverso borroso de la verga
y a cuyo paso
hasta el rebuzno de las bestias le da la alerta a las ninfas
y les señala, perentorio, al violador.
Por el campo, el ser intermedio, que nace y muere
sin renacer, a la rastra de su verga,
improvisando infinitos,
espanta bestias y dioses
y cae, y vuelve a caer, una y otra vez,
en la misma trampa opaca.
El yo
se yergue o se entreabre, punta roja o revés
de terciopelo, titilaciones y ondulación
del deseo -se dice único
y cae, por último, en un sueño senil,
del que arruga y delirio
son la puerta del fin sin fin. Perplejo,
Príapo, desnudo en el día arduo,
entre latidos confusos y recuerdos desgastados,
de rodillas
ante su propio monumento
busca cuerpos que borren la visión
de una certeza ignorada.
Estampida
de ninfas crédulas
y terror
ante la esperma impaciente.
La criatura
erra sin saber
por un país misterioso
que no entrega
ni nombre ni sentido-
exceso de deseo
que no se basta con ser
deseo y transmisión
sino que quiere
saber
de qué es deseo, y cómo,
y hasta cuando y, sobre todo, por qué.
Para una muerte
que no renace en otro,
ni en otros, en el aire
enceguecedor, entre Deimos y Fobos,
de su misma raza, Príapo adora
la sombra de la sombra de una sombra
y lo liso lo alcanza
como un cuchillo
que pidiese, a su vez, adoración.

Juan José Saer