28.7.08

Río de las congojas



Apuntes deshilachados sobre

- Libertad Demitrópolus, Río de las congojas, Buenos Aires, Ediciones Del Dock, 2006.

Río de las congojas, ¿milagro menor o mayor?
Las tres ciudades en las que transcurre (justamente) la acción, Asunción, Santa Fe, Buenos Aires, parecen configurar un laberinto lineal, como ese del que habla Borges al final de “La muerte y la brújula”. Pero también dibujan un sendero de degradación: cada vez más miasmas, más corrupción, menos humanidad, menos ciudad.
Sin embargo, también puede verse a Santa Fe, en el centro, como un núcleo al que todos quieren converger y en el que el protagonista porfía quedarse, hasta el final, cuando sólo cede ante la inundación (y la vuelta del pasado).
El pasado: en realidad, esa geografía es la figuración de una temporalidad. Una novela donde el tiempo es protagonista, se sustantiva, literalmente: “los despueses”.
Puede ser también el reverso de Zama, en la que el protagonista languidece en Asunción, esperando un traslado que nunca llegará. En Río..., los protagonistas se trasladan constantemente entre ciudades, se encuentran y desencuentran en ellas, inverosímilmente, como si estuvieran viviendo en la actualidad, cuando los espacios se han acortado y se ha generalizado la llegada (Virilio).
El “feminismo” está en el movimiento (imposible, quizás fantaseado): Zama/hombre/inmovilidad/cobardía; Río.../mujer (María)/movilidad/coraje. (Pero María tiene que morir como --vestida de-- hombre, al revés que Joe Christmas, el personaje de Luz de agosto, de Faulkner, que finalmente muere como lo que había simulado no ser, “como un negro”.)
El lenguaje: ficticio y convincente, como en Eisejuaz, Gran sertón: veredas o (la madre de todas) Pedro Páramo. Una oralidad inventada, poética y a la vez referencial. Lenguaje mestizo, como Blas (también como María).
Una mujer que sabe leer y escribir (María) fabrica su propio mito; una mujer que sabe coser (Isabel) ratifica ese mito y lo cuenta/teje/textualmente, para que pueda compartirse, propagarse.

Acá, un artículo de Liliana Heer.