15.2.09

Salvajes

- Pola Olaixarac, Las teorías salvajes, Buenos Aires, Entropía, 2008.

Parafraseando el koan de Ronald Laing sobre la locura, uno podría preguntarse: ¿Cuándo decimos que una teoría es “salvaje”? Cuando es una teoría del otro (quiero decir, en el doble, obvio, sentido de que es una teoría “perteneciente” al otro y “sobre” el otro).
Se ha dicho, con razón, que LTS es una novela filosófica. Agregaría, más que un matiz, un cierto desplazamiento: es una novela antropológica. La función, el efecto, de los relatos etnográficos (valga la redundancia) intercalados es hacer que todas las otras “teorías” que pululan en la novela puedan leerse contaminadas por esa misma distancia de observación “desinteresada”, casi despectiva.
En realidad, LTS es un ensayo sobre esa misma distancia narrativa, y lo bueno sería poder establecer una especie de graduación en esta distancia, porque aquí se jugaría la dimensión ideológica. Si los pensamientos se espacializan (o se tipografían: “en itálicas”), hay algo que se podría medir. Si la objetividad es cuestión de pixeles, lo cuantificable se reifica (el Word, con la astucia de la ignorancia a la que algunos aplican el oxímoron “inteligencia artificial”, me puso “deifica”, que es casi lo mismo). Y, en un contexto actual de (celebrada) “muerte de la dialéctica”, la cantidad se resiste empeñosamente a volverse cualidad.
Los relatos etnográficos a los que hice referencia son en su mayoría “ritos de pasaje”. LTS puede leerse, entonces, y paralelamente, como un Bildungsroman contado no por el narrador omnisciente del siglo XX (si es que existió tal cosa), sino por la Lolita de Nabokov. Digo: no con su mezcla de candidez y perversión, sino con un tono donde “candidez” y “perversión” son palabras sin ningún sentido. Sade sobrevuela también, sí, pero queda relegado a la ingenuidad ilustrada, a la época que inauguró el soñar en vano (Lacan), a la palabra prohibida: revolución.
Sé que estoy divagando. Pero LTS, en su misma, indiscutible, brillantez, a veces produce un efecto de deslumbramiento. Encandila, y uno cae en sus redes (es el lector quien debe ser seducido, y lo será, no el profesor gagá García Roxler, ni el perimido Collazo).
Divago más. En un comentario que le hice a la autora respecto de un cuento suyo incluido una antología del género fantástico, “Código Morse”, le dije que me parecía una mezcla de Burroughs y Macedonio. Ese cuento se me aparece ahora como una pequeña matriz de LTS. Parafraseando al autor de Naked Lunch, las teorías son aquí un virus del espacio exterior. Proliferan, nos rodean, nos abruman, pero no para dar una imagen del mundo, sino para sabotear (“enfermar”) toda imagen del mundo (unitaria). Claro, se corre el peligro, seguramente buscado, de que la teoría sea “sólo” el nexo (a veces invisible) entre un enunciado y otro cualquiera.
Sobre LTS, además de una serie de adjetivos elogiosos, le comenté a Pola que resultaba “irritante”. Es que, para alguien de mi generación (no de los setenta precisamente, sino de los ochenta, de la guerra de Malvinas, pero formateado en la nostalgia de la anterior, idealizada), cuesta aceptar el desparpajo con que Pola encara “temas” como la militancia, la lucha armada y sus restos. El diario de la tía Vivi, por ejemplo, recuerda algo de la primera, floja novela de Caparrós, No velas a tus muertos. O los juegos de guerra, que recuerdan el de Las islas, de Gamerro; pero, en este último caso, el juego era el territorio de una utopía (o ucronía) posible, retrospectiva, en la cual la guerra podía reeditarse, el pasado podía volver a enfrentarse con el presente casi en condiciones de igualdad: una tragedia. En LTS, en cambio, los juegos son la liquidación definitiva de un pasado que no tiene ya ninguna relevancia para el presente, salvo en forma de rémora: una comedia. Como el personaje de Collazo, que se dedica a cazar, pero no puede cazar a la protagonista. (La escena del robo en Palermo, sin embargo, es magnífica.)
Hablando de Caparrós: alguna vez, en la época “pos-todo” de Babel, llamó “literatura Roger Rabbit” a aquélla, justamente (o supuestamente), de los setenta, que se proponía intervenir, interactuar en la realidad, como los cartoons del filme de Zemeckis. LTS da una vuelta de tuerca a esa utopía: ahora se trata de intervenir no en la realidad sino en una representación, el Google Earth, para lo cual se dan instrucciones precisas, pero no sencillas, de hackeo. (Más fácil, más tentador, es rastrear el video porno casero en el que aparecería la protagonista: otra forma en que LTS avanza sobre la realidad del lector, sale de sus propios límites de libro, sin dejar de ser libro. Pero reenviando a otra representación.)
No puedo concluir, la desmesura de la novela me excede; debería ampliar este comentario más adelante.
LTS es una novela sobre el Zeigeist, dice la autora. Un objetivo ambicioso, con un resultado de una madurez asombrosa. Dado su frenético movimiento permanentemente totalizador-destotalizador, uno tiene miedo (por lo tanto, deseo) de volver a abrir el libro y encontrar otro texto, otro orden, otras teorías.


Ver también:

- Entrevista a la autora
- Comentario de Dasbald en el blog La lectora provisoria
- Mariano Dorr en Radar
- Eugenia Zicavo en el blog La mujer de mi vida