6.5.05

Música

Un amigo, profesor universitario y músico, me comentaba el otro día que para él se parecen mucho tocar y dar una clase. Y que, en ambos casos, el “público” es lo de menos. Esto hay que entenderlo bien, aunque quizás es difícil. Quería decir (si lo entendí bien, dentro de lo inevitable de las proyecciones propias) que, si él está bien consigo mismo, si “siente” que está tocando bien, que está “poniendo toda la carne en el asador”, seguramente algo, mucho, de eso va a llegar al otro. (También, agregaba, hay que transpirar la camiseta, por eso es bueno vestirse de negro, para disimular el chivo; pero esto es otra cosa.)
“Casualmente”, en un libro que estoy editando, sobre autismo (de Veleda Secchi y colaboradores), encontré una referencia que me pareció relacionada con esta cuestión: “Podemos pensar que incluso el adulto normal que ejecuta música se halla en una relación narcisista con su instrumento, aún más si utiliza su propia voz. Es una actividad donde lo corporal está muy en juego, autoerótica sublimada que produce placer, ya que si ‘la música no sólo representa un medio para conseguir al objeto bueno, sino que ella misma representa al objeto bueno, el objeto que ama y que por lo tanto es amado’, el oyente es un objeto contingente.” (La cita incluida es de Vater Sigmund.)