30.5.05

Sorpresas

Cuando me mudé a mi primer “departamento de soltero”, en el barrio de Congreso, hace ya muchos años, me encontré con dos simpáticas sorpresas.
Una: llamaban a cualquier hora, preferentemente tardías, preguntando por “Baby Doll”. No era tan misterioso, ni yo tan tonto. Me di cuenta bastante rápido de que el departamento había sido usado por una trabajadora del sexo, o varias. Pronto dejaron de llamar los antiguos clientes y pude dormir mejor.
La otra fue más compleja. Noté que en el techo del dormitorio había unas marcas redondas, de un centímetro de diámetro, aproximadamente, huecas en el medio. Muchas marquitas, como de viruela, o como el dibujo de una constelación. Quizás por asociación con la primera sorpresa, intrigado, di en imaginar alguna “perversión” que diera como resultado esas extrañas inscripciones. (El “semiólogo” ve signos en todo, supongo, aunque la realidad tiende a ser, quizás al mismo tiempo, vocinglera y muda.) Dentro del placard, encontré el barral de bronce, hueco, un poco doblado, de una cortina ya ausente. Y al poco tiempo empecé a oír, a toda hora, el insoportable taconear de una vecina chancluda. Tomé el barral y golpeé con él, varias veces, el cielo raso, agregando más marquitas idénticas a las que ya había, la pobre perversión, o constelación, reducida entonces a las prosaicas dimensiones de una protesta doméstica.