12.5.07

Cines de barrio

Cines de barrio

(escrito para la revista La vereda de enfrente, 1997)

En el barrio de mi infancia y adolescencia, San Martín (reino del glorioso y sufrido Chacarita Juniors), había tres cines. Sus destinos son un símbolo, un mapa del desastre. Uno de ellos, el Moreno, cercano a la estación, fue demolido sin contemplaciones; no hay nada en su lugar. Otro, el Ateneo, cercano a la Comisaría, fue copado por los evangelistas. Finalmente, el Gran Plaza (cercano, precisamente, a la Plaza San Martín) fue reciclado como “centro cultural”, caballito de batalla de un populismo que no se atreve a decir su nombre (“roban pero dejan algún cine…”).
¿Tiene algún sentido, a estas alturas de la posmodernidad fashion, ponerse nostálgico y deplorar el nuevo estilo de cines, donde la gente mastica pochoclo (o pop-corn) y comenta a los gritos la película, como en el living de su casa? Evidentemente, no.
Los cines de mi barrio eran conocidos con el aparentemente peyorativo pero en el fondo cariñoso mote genérico de “piojeras”. Tenían boleteros y acomodadores permisivos que de vez en cuando te dejaban pasar a ver una “prohibida”. ¿De vez en cuando? En realidad, vivían de eso, de dejar pasar a menores cuyas hormonas sublevadas impregnaban el aire de olores más persistentes aun que la humedad y los ácaros. La doble moral de la dictadura permitía esos deslices; en el barrio, era fácil ver las películas de Olmedo y Porcel (las de Isabel Sarli son anteriores a “mi época”), pero muy difícil que llegara algo potable. Sonata otoñal es el mejor de mis recuerdos, dentro de esas excepciones: la modalidad del “continuado” me permitió verla dos veces en el mismo día y, si no hubieran dado alguna porquería en el medio, la habría visto tres o cuatro.
Pero entonces era muy cierto lo que cantaba Charly García: “¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?” A veces, todavía hoy, uno se siente tentado a repetirlo.