24.11.07

¿Experimentalismo sin vanguardia?
(Una novela de mil páginas, de David Wapner)

¿Y qué es ese resto, que nadie quiere mostrar,
pero que todos ven, aunque no lo reconozcan?


Desde el título, es tentador seguir la isotopía de la autorreferencialidad, según el canon actual, aparentemente ineludible, de que todo texto literario habla (debe hablar) de la literatura en general y de sí mismo en particular (un mismo movimiento en espejo, puesta en abismo, etc.).
Tantos ejemplos: “la escritura se hace a sí misma” (p. 317); “Pero por qué no te dedicás a hacer algo más consistente. Estás hace dos años, más o menos, quemándote los ojos por algo que (perdoname que sea duro) si lo soplás se deshace, y no te queda nada...” (p. 192); “Pero es un misterio, y me rompo la cabeza, y no me sale, no logro juntar las piezas de este aparato desarmado y disperso, no puedo armar en mi cabeza un circuito formado de casualidades, entretejido por hilos que de sólo mirarse producen chispas, y eso no alcanza” (p. 238); “por un exceso de documentación, Gurber tampoco duerme, no sabe qué hacer con todo el material que juntó. mejor sería olvidarse de todo, tirar todo al tacho, comenzar una novela ‘vacía’” (p. 342); “¡Barnes, 10.000 páginas de nada, NADA!” (p. 204).
Otro tópico recurrente es el de la imposibilidad, la inutilidad o la inoportunidad del narrar: “¿Qué puedo contar?” (p. 361); “¿Y la antropología? ¿Y el estructuralismo? ¿Y los pedazos que andan sueltos, acá y allá?” (p. 368); “Todo había perdido significado, hasta el aburrimiento mismo” (p. 388). Y el agotamiento de lo representable (tópico barroco, en realidad): “Cuesta inventar cada minuto algo nuevo, a veces me tengo que agarrar de las patas de una idea vieja, treparme hasta las ubres, tratar de ordeñar a una madre que ya parió demasiado y quiere descansar, y no la dejo” (p. 803).
Y está, consecuentemente, el tópico de la oposición a (¿todo?) realismo: “Ya otros hablaron de lo mismo, no tengo interés en hacerlo yo también: puertos, callejuelas, tugurios, alcohol, olor a sangre, qué más. Que otros llenen los huecos: hay tantos y tan buenos. Bueno, hay algunos que son muy buenos” (p. 744). “Y el principio de realidad, ¿qué tal?” (p. 154). Porque, entre otras cosas, “también una foto falsa es verdadera” (p. 95).
Sin embargo... También desde el título esa autorreferencialidad se anuncia como falsa, como un dilema: o no son 1.000 o no son páginas (en tanto libro). ¿Será una novela? ¿Será una?
Por lo pronto, las “páginas” (que son 1.000) son en verdad fragmentos numerados correlativamente y a su vez agrupados en capítulos. Esto le da, de por sí, una “forma visual” muy extraña para una novela. Claro que lo más extraño es que esos fragmentos tienen una ilación que se adelgaza al infinito (“apenas se insinúa una melodía que a lo largo de toda la canción no acaba por definirse”, p. 480).
Incluso algunos de esos fragmentos-páginas constan de una o dos palabras: “Llegamos” (p. 688); “A aquel” (p. 455). O contienen signos sin referente: “5++++++++” (p. 529).
La extrema falta de ilación entre los fragmentos (y en el relato en sí) está a veces destacada, paradójicamente, por la presencia de coordinaciones extraoracionales falsas: “Y lo arroja a otro mundo” (p. 170). “Pero ¿el país?” (p. 172)
El relato, sin embargo, va adquiriendo una especie de cohesión bizarra, mediante el empleo de marcadores semánticos específicos. Uno de ellos (fundamental por su relevancia en la tradición literaria narrativa, aquí socavada) son los personajes. Generalmente consisten sólo en nombres propios (como algunos de 62. Modelo para armar) que se repiten un cierto número de veces y cuya función actancial parece estar precisamente reducida a asegurar esa seudocohesión narrativa. (En algunos casos, aparecen nombres en clave: Enrique Sums, Brogues; seguramente hay algunos anagramas, incluso del autor.)
Estos personajes suelen agruparse de manera oscura, en clusters deshilvanados, opuestos entre sí, un remedo de luchas políticas indefinidas, abstractas (“¡Qué va a ser la revolución!... Muertos sí, cualquier cantidad. Pero, la revolución, ¿qué revolución?”, p. 284; “Todo, ¿conspira? ¡No! ¡Es así, nomás!”, p. 364), como en el filme Invasión, de Hugo Santiago (1968), con guión de Bioy y Borges (el primer filme “estructuralista”, según la crítica de entonces).
Aparte de los nombres propios, el autor se vale de otras marcas de cohesión, temáticas esta vez, como leit motivs que operan sólo en la superficie del texto: el tren, perros y gatos, objetos tecnológicos, “ataques” diversos. (Digo en la superficie, sin negar su posible pertinencia simbólica, que habría que rastrear; me refiero, mejor, a que no se pueden integrar en un nivel, digamos “proairético”, para usar un tecnicismo innecesario, es decir, en una secuencia de acciones con principio, desarrollo y fin; o bien “hermenéutico”: pregunta-respuesta.)
Hablé de 62, es decir, de la mejor novela de Cortázar. Pero podría agregar que Una novela de mil páginas parece más bien una Rayuela sin tablero de dirección (de ahí, creo, tanta insistencia en referirse a trayectos de calles, casi siempre sin salida). “Olivares [¿Olivera?] piensa acerca de si sus respectivas situaciones son intercambiables” (p. 102). Sí, todo es más o menos intercambiable. Pero parece negarse al lector la tentación de reconstruir una trama: “En este punto, la historia se hace una pasta, y cualquiera podría modelarla a su gusto. Pero no es así” (p. 484).
Mencioné a Borges y sugerí una clave en el nombre Brogues, mencionado un par de veces. “Aunque ese país, el de Brogues, quede tan lejos” (p. 13). Es decir, aquí debemos entrar en la “angustia de las influencias”. Si yo tuviera que elegir una (“¿Y puede desprenderse de toda influencia, Revenguren?”, p. 186), preferiría invocar a Néstor Sánchez, sobre todo el de Cómico de la lengua, su última novela: “ya no hay nada que contar, cuando se corta el hilo del habla, comienza el poema en prosa” (p. 658), afirmación que Sánchez hubiera podido suscribir a la perfección, si es que no le pertenece, directamente.
Ahora bien, la tentación de reconstruir una “historia” (comillas obligadas), un campo semántico, una mancha temática (diría Viñas) también es muy grande. Si cediera a ella, diría que aquí se trata del exilio, del exilio posdictadura, un tema poco frecuentado en la literatura argentina. Uno de los pocos fragmentos en primera persona (“¿Qué creí que dejaba atrás cuando me mudaba de país? En medio de mis relaciones personales, con gente, animales, objetos y atmósferas, ¿cómo quedaba parada mi situación como ‘hombre que genera textos’, al decir de Bert Caughan?”. p. 757) resulta central y paradigmático, porque une ambos planos de la novela, los que uno creía que no podían coexistir en ella: lo referencial y lo autorreferencial.
En esta época en que no hay vanguardias (porque todo se presenta como vanguardia, cuando en realidad sigue la lógica de la moda), la novela o las 1.000 páginas de Wapner proponen que el experimentalismo —apelando a una famosa dicotomía de Umberto Eco—, sólo aparentemente más modesto, es posible todavía: “En la culminación del espectáculo, un hombre se hizo presente entre la multitud, unas veinte mil personas, y se quedó quieto, rígido como un tronco, en medio del baile, que llaman, o llamaban, pogo, sin que nada malo le pasase, pero causando un hecho cuya vibración se habrá sentido en alguna parte del mundo” (p. 302; el subrayado es, claro, mío).