2.6.04

Cruces I. Sara Gallardo

- Sara Gallardo, Los galgos, los galgos, Buenos Aires, Sudamericana, 1980 (primera edición, 1968).
(Notas sueltas en el libro.)
Un tema técnico: hay prolepsis permanentes (crean suspenso, hacen más “trabado” el relato, pero cansan un poco, porque crean también una expectativa desmesurada, difícil de satisfacer).
¿Visión cortazariana de París? Por lo menos, de la etapa preizquierdista. (Lo esotérico contra lo turístico, por ejemplo: la mirada —snob— del narrador-personaje descubre cosas que los demás no ven, etc.)
Idealización de la propiedad, a la manera de Don Segundo Sombra. No parece casualidad que la esposa final se llame Adelina.
(Ver comentarios de Romano en su libro sobre las fronteras, y nota mía sobre Eisejuaz, más adelante.)


- Sara Gallardo, La rosa en el viento, Barcelona, Pomaire, 1979.
(También para esta novela se puede consultar el libro de Romano, pp. 235 y ss.)
Destaca la metáfora final: “Allí vi el último pétalo de la rosa que se deshoja sin pausa, ese viento que otros llaman tiempo.” (Es cierto que forma parte del fragmento más ambiguo, en cuanto a quién narra.) Romano asocia la rosa con una figura cortazariana.
“América... como catalizadora de inusitados destinos.”
(Me pasó asociar mucho esta novela con Inglaterra. Una fábula, de Leopoldo Brizuela. Ahora me entero de que Brizuela es admirador de Sara Gallardo e incluso le ha dedicado un blog a los cuentos de El país del humo, recientemente reeditados.)
Tema del triángulo: no resuelto (¿otra figura?).
Dedicada a H. A. Murena, in memoriam.
Romano insiste con la atribución de filiación cortazariana a Gallardo (uno de los caminos de “repoetización antirrealista” de la novela). Recuerdo haber apuntado que Los galgos, los galgos tenía algo de Cortázar en su visión esnob de París. Pero no es lo mismo.
En cuanto a mí, no estoy seguro. (Ojo, para Romano, Cortázar no es precisamente lo mejor. Ni Murena. Claro: eran dos profundos antiperonistas.)
No creo que sea un experimento ambicioso, por lo menos comparado con Eisejuaz, y en 1979.
Mezcla muchas historias y narradores, no siempre con felicidad. Incluso una parte, la del doctor Borg, se publicó por separado como “Teresa Borg” (en unos suplmentos que sacaba La Opinión en los setenta). Y se nota que es una especie de injerto, aunque sirva también para introducir al personaje de Olaf, totalmente insípido en este fragmento y demasiado poderoso en otros.
Es cierto lo de la poesía del lenguaje, a veces muy lograda. Pero nada que ver con Eisejuaz.

- Sara Gallardo, Eisejuaz (1971), prólogo de Elena Vinelli, Buenos Aires, AGEA/Clarín, Colección La Biblioteca Argentina, Serie Clásicos, dirigida por Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski, 2000-2001 (?).
Una grata sorpresa, después de la decepción que significó para mí Los galgos, los galgos (ver nota anterior).
Parece otra escritora, absolutamente distinta.
Eisejuaz es un experimento notable, que consiste en “hacer hablar” a un indio mataco que lucha, a su manera, contra la aculturación, desde la aculturación. (¿Por qué Romano está tan seguro de que “el Señor” es el Dios cristiano?)
No hay sincretismo posible.
Gallardo logra un lenguaje extraordinario, totalmente artificial y a la vez convincente. Ni literatura “indígena” ni literatura indigenista” (para usar una dicotomía cara a Mariátegui): su imposibilidad exhibida.
También el manejo temporal es excelente, compromete al lector en una postura incómoda, exigente (aún más, creo, que la cuestión del punto de vista, como afirma la autora de un prólogo algo forzado).

Comentario en Eduardo Romano, Literatura/cine argentinos sobre la(s) frontera(s), Buenos Aires, Catálogos, 1992, p. 248.
“... la segunda saga novelística de Murena, El sueño de la razón, que abarca Epitalámica (1969), Polispuercón (1970), Caína muerte (1971) y Folisofía (1976). Pretenden mostrar la descomposición de la vida familiar y artística, política o del saber, y, en Caína muerte, la degradación humana ante el avance de los perros y las ratas. Especie de apólogos paródicos que apelan progresivamente a una olla podrida en lo lingüístico, donde cohabitan sin redención arcaísmos, neologismos, voces cultas y lunfardas, juegos de palabras y similicadencias, etc. Trasuntan el crucial escepticismo de un intelectual que se siente asistir sin horizontes al fin de la modernidad. Una degradación del lenguaje ficcional que nada tiene en común con la tarea de (re)construcción de la palabra ajena, en su intersección con la propia, de Eisejuaz.”
(Es el final de un parágrafo llamado “Hacia una (re)poetización de la novela”, dedicado sobre todo a la novelística de Sara Gallardo, esposa de Murena; al final, hay una comparación con los intentos cortazarianos y murenianos.)

(Continúa.)