2.6.04

Cruces II. H. A. Murena

- H. A. Murena, Epitalámica, Buenos Aires, Sudamericana, 1969.
- H. A. Murena, Polispuercón, Buenos Aires, Sudamericana, 1970.
- H. A. Murena, Caína muerte, Buenos Aires, Sudamericana, 1971.

Hubo hace poco un intento (relativamente fallido) de “reflotar”, como se dice, a un escritor “olvidado”, más conocido por ese gigantesco error que fue El pecado original de América latina, imitación de un Martínez Estrada ya fuera de época.
Ahora bien, las novelas son otra cosa. Muy otra cosa. Por mi parte, confieso no haber sabido, hasta leerlas, que tenía ese humor y ese lenguaje barroco, esperpéntico, que quiere reflejar (y lo logra) la estética goyesca de “El sueño de la razón”, nombre del “ciclo”.
Lo asocio con Macedonio Fernández (por la escritura llena de hipérbaton y neologismos), con el cineasta Jorge Polaco (¿lo conocerá?) y, ya exagerando la asociación libre, con Todo por dos pesos, sobre todo por la obscenidad y la desmesura.
La segunda novela, Polispuercón (no es casualidad que los tiranos murenescos terminen en “on”...), tiene algo de ciencia ficción, distópica, como se dice ahora, anglicistamente.
En Caína muerte, la narradora es una “máquina de contar”, que se llama Conchita, antecedente oculto de La ciudad ausente, de Piglia (por donde otra vez nos encontramos con Macedonio). Claro, la “Conchita” pare historias.
Sin duda, el conjunto quiere dar un panorama absolutamente grotesco y lapidario de un estado de cosas del país: gobernantes inanes en sintonía con un pueblo miserable. Algo así como llevar las reflexiones del maestro Martínez Estrada a un summum de la estulticia (¿se me pegó el lenguaje arcaico de Murena?), y con una estética que no es kafkiana como (quiso ser) la del precursor sino, ya lo dije, goyesca. (Martínez Estrada escribía contra el inane Estado criollo desde sus oficinas del Correo, quizás en horario de trabajo.)
Por otra parte, las tres novelas tienen argumentos absolutamente distintos, unidos sólo por ese lenguaje peculiar: barroqueño y alambicado en los narradores (siempre distintos), lunfardesco en los diálogos.
Creo que la primera novela, Epitalámica, la más extensa, es también la más abarcadora y referencial. Va desde el inmigrante que fabrica comida basura hasta el aristócrata inútil, y pasa por los escritores y artistas parásitos.
Las otras dos novelas, más breves, son también más ceñidas a un argumento particular. La última (dedicada a una “epifanía perruna” en un poblado innominado) termina en una visión infernal, definitiva.
Destaco otra vez el tema de lo obsceno y la sexualidad, porque se sale de todo modelo. Ni Marechal podría comparársele (además de que Murena, con cierto misticismo que pudiera tener, no sería jamás tan catolicón). Parecen textos hechos para no publicarse; pero estamos hablando de 1969-1971, no olvidarlo: todo era posible, hasta la literatura de los que no creían en nada (salvo en la literatura).

- Héctor A. Murena, Folisofía, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
Con esta novela, se completa la tetralogía El sueño de la razón.
En este último libro, el lenguaje se desmadra hacia una especie de castellano arcaico (un pre-castellano, incluso), lleno de palabras reconstruidas (algunas etimologías suenan falsas, pero no podría asegurarlo) e incrustaciones de otros idiomas, sobre todo italiano y latín, en una especie de cocoliche grandioso, de Finnegans Wake del subdesarrollo.
La historia de los hermanos Dagobertos, contada por uno de ellos, el Menor, reproduce algunos de los motivos de las novelas anteriores, especialmente los referidos a la política criolla: la lucha entre conservadores y los otros, las cárceles, la explotación desmesurada. La corporalidad vuelta maquínica (oh, Deleuze) y torturada hasta el hartazgo.
Otra vez el sexo más guarro es protagonista, quizás un espacio de paradójica liberación frente a la alienación dominante.
Párrafo aparte para el ditirámbico estudio final de Hugo Savino. En vez de dar algunos datos más o menos preciso sobre la novela (tratándose de una edición de Eudeba, era lo esperable), se limita a un elogio desmedido de Murena, casi contagiado de su estilo. El tópico del “escritor ninguneado”. Es cierto que Murena fue olvidado, despreciado, etc., pero en todo caso hubiera sido más interesante estudiar las condiciones estético-ideológicas que llevaron a eso (como hace Sarlo con Contorno respecto de Borges, por ejemplo). En fin, una oportunidad desperdiciada, páginas desperdiciadas.