3.12.04

Abortos

Ya que se está hablando últimamente sobre el aborto, de la manera espasmódica y banal que caracteriza a nuestros medios de comunicación y nuestros políticos, me vino a la mente una escena de La despedida, de Milan Kundera, que escenifica la utopía, el sueño ―en el fondo liberal― de nuestra progresía (en la que me incluyo), pero transformado en una pesadilla. (Sartre decía que la “cortina de hierro” era en realidad un espejo: lo “bueno” y lo “malo” de cada lado se reflejaban simétricamente.)
Transcurre en la Checoslovaquia socialista, por supuesto. La interrupción voluntaria del embarazo es administrada por el Estado, dentro de un sistema de salud pública cuasi perfecto. La protagonista decide abortar y, para ello, la ley prescribe que debe someterse a exámenes físicos y psicológicos “de apoyo”, en un hospital público, siempre acompañada por un varón responsable, que puede no ser el padre. En teoría, se trata de averiguar cuáles son sus problemas y ofrecerle otras soluciones para evitar esa salida traumática (la decisión final siempre es de ella). Pero, en realidad, tiene que enfrentarse a una especie de tribunal médico, cuya presidente es una funcionaria gorda, desagradable y estéril que, por envidia, la somete a un interrogatorio humillante. Toda la escena es atroz.
Es cierto que Kundera, maestro como narrador, es antisocialista, y quizás su mirada sea falaz en muchos aspectos (vivir en París es un buen recurso para olvidar los desastres del capitalismo); pero también es cierto que los sistemas están hechos con mujeres y hombres concretos, y esto es una rémora que la literatura, arte liberal por excelencia, sabe reflejar muy bien, demasiado bien.