3.12.04

La muchacha de San Rafael del Norte

Ya conocía yo a Blanca Aráuz, telegrafista del pueblo de San Rafael del Norte. Era una chica muy simpática, de diecinueve años de edad.
El frío de los llanos de Yacapuca es casi polar. Después de los tres referidos combates de ese lugar, me vi obligado, por el frío, a desocupar las posesiones de Yacapuca, reconcentrando a mis fuerzas en San Rafael del Norte. Desde allí desplegué nuevas actividades. Teníamos restablecida la comunicación telegráfica de los dos departamentos, a excepción de la propia ciudad de Jinotega.
En casa de Blanca me hospedaba con mi estado mayor. Allí mismo estaba instalada la oficina telegráfica. Largas horas del día y hasta de la noche permanecía yo frente a la mesa en que trabajaba Blanca. Mis conversaciones eran muchas por telégrafo, con las diferentes partes de los departamentos mencionados.
Así me enamoré de Blanca, y fue mi novia.
Blanca ya sabía de mi llegada y no quiso estar en la mesa del telégrafo. En su lugar trabajaba un hermano suyo que también es telegrafista. Entregué mi caballo a un asistente y pasé sin ayudantes a la sala creyendo encontrar en ella a Blanca. No estaba Blanca y salió a recibirme Lucila, una de sus hermanas. A ella misma le pregunté por Blanca. Me contestó que pasara al corredor a aceptar una cena que Blanca me preparaba.
La primera palabra de Blanca al verme fue un beso, diciéndome que Lucila había ofrecido a la Virgen de Mayo una misa de tropa el día que yo llegara sin novedad. Expresé a blanca mi gratitud por los buenos sentimientos de Lucila y le ofrecí que para el segundo día, a las 8 de la mañana, estaría mi Ejército listo para ir al templo a oír (la) misa ofrecida por ellas.
Enviamos a exponerle nuestro propósito al cura del pueblo y él aceptó gustoso celebrar la misa. El cura era un caballero de veintidós años de edad. Los gastos de la misa se hicieron por mi cuenta y el segundo día, a la hora fijada, mi Ejército oía misa respetuosamente. Durante las ceremonia de la misa hubo salvas de fusilería y ametralladoras. La misa estuvo regia. Yo estuve a oírla.
El siguiente día de celebrada la misa ordené ciertas movilizaciones y permanecí en la población como en tiempo de paz.
El día 18 de aquel mismo mes cumplí 32 años de edad, y ese mismo día contraje matrimonio con Blanca en el templo del mismo San Rafael del Norte.
A las dos de la mañana del 18 me dirigía al templo con Blanca y los padrinos, en medio de un acompañamiento familiar. Los habitantes del pueblo no sabían que nosotros nos casábamos. Solamente al jefe de día le había yo ordenado que no interviniera si miraba abrir las puertas de la iglesia en las primeras horas de la madrugada.
A la hora anotada, en que me dirigía la templo, el ambiente estaba frío y neblinoso. Cuando entramos a la iglesia la encontramos profusamente iluminada. Respiré el olor del incienso y de los lirios que ardían. El olor de las flores que adornaban el templo y los perfumes diferentes que llenaban el aire, me trajeron al recuerdo los días de mi infancia.
El cura me invitó a la confesión. Me confesé. Lo hice sinceramente. Los padrinos y nosotros nos postramos de rodillas ante el altar.
Blanca vestía con traje y velo blancos y corona de azahares.
Yo tenía mis armas al cinto. Mi vestido era uniforme de montar, tela de gabardina color café y botas altas de color oscuro. Seis de mis ayudantes me acompañaban en la iglesia.
Salimos del templo, y en la calle me sentía nuevo. Me parecía que iba caminando sobre el aire.
Al pie del atrio de la iglesia había diez bestias ensilladas. Eran del jefe de día y sus ayudantes. En la esquina de una calle ya había muchos muchachos de mi Ejército felicitándonos en nuestra pasada.
Cuando entrábamos a casa de Blanca se escucharon en todo el pueblo disparos de fusilería, pistolas y ametralladoras. Nadie me había pedido el consentimiento para ello, pero comprendí que era entusiasmo de mis muchachos y no podía decir nada. Por todas las calles se escuchaban entusiastas vivas y desde ese momento nos llegaron muchas felicitaciones.
No participé mi matrimonio con anterioridad al público, porque quisimos que fuera un acto de absoluta intimidad.
Dos días después de nuestro matrimonio abandoné a mi esposa y me interné en las selvas de Las Segovias, desde donde he permanecido defendiendo el honor de mi patria.

(De El pensamiento vivo de Sandino, prólogo, selección y notas de Sergio Ramírez, San José, Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), 1976.)