30.12.04

Bandera

Nada más aburrido que anécdotas de la colimba. Ahí va otra. (Me la recordó ayer una escena de esa horrible película con Richard Gere y Debra Winger, Reto al destino.)
Una vez, en una formación para un acto patriótico-militar, me mandaron a izar la bandera, típica ocupación de petisos, que deslucen las gloriosas filas del ejército nacional, casi nunca vencido.
Yo no tenía instrucciones específicas, dicho sea en mi defensa, pero lo peor fue que experimenté una especie de déjà vu o experiencia extracorporal y se me cruzó la escena tantas veces repetidas de los años escolares, cuando izar la bandera era un mérito y, especialmente, había que coordinar con suma precisión la subida con la luenga duración de Aurora o alguna otra canción patria.
El tema es que en el cuartel es lo contrario: todo el regimiento está en posición de firmes, haciendo la venia, contracturado... y el izador tiene que apurarse como himno antes de un partido de fútbol. Debo haber tardado mucho más de lo habitual, porque el coronel, un militarote hosco y abotagado, me escupió entre dientes: “Apuresé, soldado.” Ahí sí, le di con todo en el último tramo, hasta clavar la bandera en lo alto del mástil. Pensé que me tocaba calabozo pero zafé, seguramente por piedad o por olvido. (Olvido, mío, es lo que me convendría, pero mi memoria es “como un vaciadero de basuras”).