13.9.05

"Ahora, de volver a lo que pasó en la Ciudad de México a partir del 19 de febrero, cabe hacer notar la gran sorpresa que todos nos llevamos al enteramos de quiénes colaborarían, en el gabinete y fuera de él, con el ínclito don Victoriano. Era crema, pura crema de saber e inteligencia, pues entre los que entraron primero y los que llegaron después recuerdo al gran jurista Esquivel Obregón, a los famosos tribunos García Naranjo y Lozano, al médico Urrutia, al distinguidísimo De la Barra y al ilustre novelista don Federico Gamboa, y que en puestos sin importancia política pero también relevantes en otro orden de otro orden de cosas, figuraron maestros de la talla de un Julián Carrillo, de un Manuel Gamio, un Ezequiel A. Chávez o poetas como Enrique González Martínez y Salvador Díaz Mirón. Y aquí una pregunta ingenua, una tan sólo: ¿cómo fue posible eso? Porque ninguno era gente sin escrúpulos, de esa resuelta a labrarse una posición económica o política a cualquier precio, y sin embargo todos prestaron sus nombres para adorno del huertismo, de un régimen que principió con el asesinato de Madero y Pino Suárez, y siguió con los de Gurrión, Serapio Rendón y Belisario Domínguez, por citar los más escandalosos. Sí, en efecto: ¿cómo fue posible eso?
Tal vez la explicación se encuentre en la sicología del intelectual hispanoamericano, fraguada en el desprecio que le guardan los poderosos del dinero, del sable y de la política. El tipo del intelectual nuestro es el de las mujeres feas que se entregan al primero que les guiña un ojo. Han esperado tanto que luego, cuando alguien los toma en cuenta, corren a dorar el pedestal de un chacal cualquiera sólo porque el chacal, llamándolos, compensa en un instante toda una vida de desaires y frustraciones. Lo peor de todo lo que ocurre a nuestros intelectuales es que allá, en el último rincón de su alma, reclaman una compensación política, y cuando llega la oportunidad sirven a Huerta, sirven a Villa, sirven a Calles o a otro sátrapa cualquiera, sin importarles que lleve sangre hasta en los zapatos" (Fuentes Mares, La Revolución mexicana...).