4.9.05

La niña santa, de Lucrecia Martel

Dije en otro lado que La ciénaga me había parecido un poco sobrevalorada. También admití que no la había visto en las mejores condiciones para apreciar ese tipo de película, que esencialmente construye una atmósfera, un clima particular; más que personajes, un espacio entre los personajes.
(Me viene a la memoria que Mijalkov contaba que sus guiones tenían una tercera columna donde él anotaba precisamente eso, la atmósfera emocional que debía tener cada escena.)
Después de haber visto La niña santa, tengo que revisar algunas cosas, porque esta película me ayudó a entender mejor aquélla. Es evidente la intención de que interactúen como complementarias o, por lo menos, como relacionadas (la presencia de Mercedes Morán y, aunque sea por televisión, de Graciela Borges; la omnipresencia del agua, sobre todo cuando es arrojada; el episodio de los disparos en el bosque, etc.).
Independientemente de la anécdota (que, resumida, sería bastante ridícula, por eso prefiero no hacerlo), lo que se crea acá es una gama de relaciones espaciales, corporales muy peculiar. Martel es extraordinaria para poner en escena una conjunción de varios planos perfectamente diseñados, distinguibles e interrelacionados. Planos visuales, desde ya, pero también planos sonoros. Una sinfonía caótica pero controlada, diría (si supiera algo más de música, me tentaría compararla con cierta música contemporánea).
Se me ocurre que el theremin, ese extraño instrumento intangible que aparece en varias escenas, funciona como metáfora o matriz de toda la película, por lo menos de su puesta en escena. Se toca “en el aire”, como “manipulando” ondas electromagnéticas; su sonido está entre el de un violonchelo y el de la voz humana. Es decir que el espacio se convierte en sonido (quizás también viceversa), y esto define y regula una dinámica rítmica que podría verse también en las interacciones de los personajes; en éstos, rige una ley de las aproximaciones que se sobrepone (y supera) a otras leyes, por ejemplo, del parentesco. (Mucho más, las del argumento. Si bien todo se explica tarde o temprano, aunque sea brevemente, muchas escenas están regidas por razones más “estructurales” que “argumentales”: la caída del vecino desnudo, por ejemplo, es más un “ruido” que otra cosa. Lo mismo sucede con la criada que echa aerosol.)
No es casualidad, entonces, que la primera apoyada del Dr. Jano a Amalia (nombres desafortunadamente obvios) se produzca mientras ella escucha-observa la ejecución del theremin.
En lugar de “ciénaga”, tenemos aquí una “pileta”, para colmo termal. El calor es muy importante aquí, pero no se tematiza permanentemente como en la película anterior. Aparece como fiebre, por ejemplo. Y no es casualidad que la película termine allí, con un falso optimismo: promesa de amistad-hermandad que ya fue quebrada y sólo puede terminar mal, ante el escándalo que se avecina. ¿O no? ¿O todo va a seguir igual, como la tibieza malsana de la pileta del hotel?