30.9.05

La ciudad de los libros

(viejo artículo inédito)

La ciudad de Frankfurt —o Fráncfort, en su versión castellana— es famosa por la silueta de sus edificios, que muestran una combinación muy particular (muy europea) de modernidad desenfrenada y antigüedad conservada cuidadosamente. Es cierto. Los alemanes, en general, tienen la fiebre de la construcción. De un año para otro, surgen edificios de cien pisos, se arreglan rutas y calles permanentemente. (El “hombre del martillo”, una estatua móvil —de dudoso gusto, hay que admitirlo—, es otro símbolo de la ciudad, además de la ridícula corbata invertida.) La antigüedad, curiosamente, no deja de ser ficticia: la ciudad fue destruida en forma casi total durante la segunda guerra. Por ejemplo, la catedral gótica, impresionante en su sombría austeridad, tuvo que ser reconstruida.
El río Main (Meno) atraviesa al ciudad dando motivos a la existencia de algunos puentes muy bellos. En una de sus riberas, la “calle de los museos” exige varios días de recorrida. Es muy recomendable, también, el circuito de iglesias, católicas y protestantes en partes iguales. (En la de San Pablo, se constituyó el primer Parlamento alemán, en medio de la tormentosa Europa de 1848; vuelvo a mencionar la Catedral, en la que se coronaba a los emperadores.)
Pero hay algo que distingue a Frankfurt por sobre otras cosas, y quizás por sobre otras ciudades: la Buchmesse, la Feria del Libro. Anualmente, hacia mediados de octubre, todo el mundo editorial se reúne durante una escasa semana en un complejo gigantesco, inabarcable. “Todo el mundo” no quiso ser una hipérbole. Ir a Frankfurt, “hacer” Frankfurt, para el negocio editorial, es un ritual ineludible, en el que las ausencias realmente brillan. (“Todo el mundo va a Frankfurt porque todo el mundo va a Frankfurt”, dice un hiperbólico eslogan.) Es un centro de encuentros, de negocios, en el que la industria cultural revela una de sus caras más agradables, por decirlo así; por lo menos, para los que amamos ese objeto anacrónico, el libro, cuya muerte vaticinan diariamente. Claro que no hay sólo libros: todas las nuevas tecnologías debutan en sociedad en la magnífica Feria de Frankfurt. Pero el viejo papel prevalece y, mientras la burbuja digital vacila y al final explota, las editoriales tradicionales se fusionan y nacen otras nuevas, incesantemente.
Kilómetros de escaleras y veredas móviles conectan enormes pabellones de cemento y cristal, algunos de ellos parecidos a agobiantes naves espaciales; claro que, si uno lo desea, puede moverse entre ellos con un pequeño bus (shuttle) que los bordea constantemente por el exterior.