2.1.09

Crímenes percibidos

Contra lo que afirmé hace poco, decidí leer por fin Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez. Antes leí también El teatro de la memoria, de Pablo de Santis (de quien también dije varias estupideces hace un tiempo), gracias a una breve referencia de la guruficada China Ludmer. (¡Ah, esas listas de lecturas de fin de año!)
¿Qué me pasa con este tipo de literatura? Pregunta malévola, más que polifónica: ni siquiera sé si la puedo contestar del todo.
¿Debo aclarar que la lectura (que me llevó unas tres horas) me resultó agradable, divertida, apasionante o algún otro calificativo positivo, como concessio retórica para después poder explayarme en el otro sentido? No creo que sea necesario, ya que, en general, nadie lee esto que escribo. Pero igual es bueno practicar.
También debería aclarar que lo que yo escribo (iba a poner “mi obra”) también es “de género”. Mis cuatro novelas —sólo un par se publicó— se reparten así: dos policiales, dos de aventuras. Todas pretenden ser legibles, más o menos lineales, atractivas. Ego confeso: quería tener “éxito”. Ego me absolvo: nunca lo logré. Esto seguramente influye en mis apreciaciones, pero qué le vamos a hacer; el pensamiento, la literatura, el arte también se hacen de envidia y resentimiento, por lo menos parcialmente, aunque sea como impulso inicial. Salieri no era tan malo, después de todo: vivió en una época “mala” (porque era la misma de Mozart...). Como “Martillo” Roldán, como Gaby Sabatini. Me estoy yendo de tema. O no.
¿Qué (me) pasa, entonces, con este tipo de literatura?
Me acuerdo de una frase de Borges. Juro que no es una cita de autoridad, porque el muy turro la aplicaba donde no tenía nada que ver; él decía que en Kafka el planteamiento de la obra era muy superior a su ejecución. Claro, Borges era fiel a su idea de que una novela está llena de detalles “inútiles”, de vueltas innecesarias, de inverosimilitudes; o, lo que es lo mismo, de que en una novela todo es posible, y quizás muy poco es necesario. La forma (una idea de la forma), como valor superior, se vuelve borrosa, indefinida. De ahí su famoso elogio, en su famoso prólogo, a La invención de Morel, de Bioy Casares (anoto al pasar que De Santis me parece el heredero más brillante —quizás el único, es cierto— del a su vez heredero de La Martona).
Repito: esto para Kafka no sólo es injusto, es de mala leche. (Ojo, Borges ha dicho muchas otras cosas, más acertadas, sobre el hombre de Praga, no quiero ser reduccionista.) Pero creo que el concepto se aplica perfectamente al tipo de literatura de la que estoy queriendo hablar.
Pasa como en algunas películas de terror o de suspenso: la primera media hora, generalmente, es muy buena. Se plantea el problema, se conoce a los personajes..., y después todo va decayendo. Algunos personajes van muriendo, todos los demás son sospechosos, se van perfilando dos o tres hipótesis de lo que ocurrió o va a ocurrir. Se trata de una mera combinatoria: el final es elegir una de las posibilidades, y listo. Para colmo, en lo fantástico, por más que los puristas recontraafirmen que hay o debe de haber una lógica, realmente puede pasar de todo.
Guarda: no quiero decir que siempre se pueda adivinar fácilmente. Yo soy un queso para eso, y además no me gusta, porque me saca el poco placer, precisamente, que va quedando guardado para ese final. En realidad, en la novela de Martínez me quedaba muy claro desde el principio que detrás de todo estaba Seldom, pero me jugaba más por Lorna que por Beth. Muy mal para mí; me dejé llevar por lo menos obvio, cuando se trataba de una vuelta de tuerca que ya ensayó varias veces Agatha Christie: el primer sospechoso, el más evidente, sí es el culpable. Otra vez la combinatoria: establecida una regla, en algún momento se agota y debe ser remplazada por otra, por ejemplo la opuesta. Los formalistas llamaban a esto desautomatización del procedimiento: un mecanismo como cualquier otro. Pero la única gracia que queda es tratar de adivinar cuándo se quebrará la regla vigente. O, si coexisten las dos reglas (como ahora), cuál se aplicará. En sí, algo poco atractivo.
(Un ejemplo chusco: por lo menos desde la primera Terminator, el villano nunca muere de una. Esto se repite hasta el hartazgo, cualquiera adivina que siempre va a reaparecer, hasta Robert de Niro hizo el ridículo con eso en la segunda Cape Fear. Pero ya debe de haber ejemplos en que esto no ocurre; no sé, salgo tan poco.)
Otra aclaración: siempre fui un lector compulsivo de novelas policiales, de todo tipo. Como un amigo mío que se ufanaba de ser el único zurdo argentino que había leído todo El Capital, yo me ufano de ser el único tipo que ha leído las 19 novelas de Ross McDonald (las 18 protagonizadas por Lew Archer, más la que no). Y mi primera novela, finalmente, fue una policial (un poco paródica, eso sí). Es decir que hablo por experiencia.
Y comprendo perfectamente —no creo ser tan necio— que la trama policial, fantástica o de aventuras puede ser el “soporte” de un contenido segundo, otro. Donde, por ejemplo, la resolución, finalmente, sea simbólica o, Dios nos libre, alegórica. O donde se pongan en juego cuestiones existenciales o políticas (algo de esto brilla en, nobleza obliga, el gran, irrepetible, cuento de Guillermo Martínez “Infierno grande”).
Esto dividiría al público lector en dos: los que se quedan con el relato que está en la “superficie”, y los que pueden profundizar en él y descubrir el otro relato. Como en Hemingway, quizás; o, más obviamente, en el gran cine de Hollywood (remanidos ejemplos de Hitchcock: Psicosis, Los pájaros.)
Pero por todo esto me dio bronca que Martínez dijera que W. G. Sebald es “aburridísimo”. O que se diga que Saer lo es. O Beckett, o Thomas Bernhard, etc. Porque, en este tipo de literatura, importa precisamente lo que transcurre, pero de otra manera: la incerteza, el detalle aparentemente insignificante, la repetición obsesiva, la búsqueda de algo que no se sabe ni se va a saber qué es.
Recuerdo haber leído novelas de Beckett o de Saer de un tirón, en ascuas, absolutamente asombrado e intrigado, como si fueran policiales: ¿qué va a pasar, cómo va a terminar? Pero no se trataba de saber quién era el culpable (eso se sabía de entrada: era yo, el lector). Se trataba de cómo iba a terminar esa estructura imposible, ese lenguaje arrasador, o incluso si alguna vez iba a terminar.
Cuando uno lee una novela policial o ve una película o una serie, la cantidad de páginas o el reloj nos dan la pauta formal de que se acerca el final, como sea. (En Ángeles torpes yo puse un chiste malo sobre esto. Un personaje le dice al otro que ya todo se terminó. Y el otro le responde que no, que todavía faltan muchas páginas. Y era así.) A partir de ahí todo empieza a encajarse como en un rompecabezas: ¿hay algo más aburrido que un rompecabezas? No para mí, salvo quizás jugar al ajedrez (otra metáfora fácil).
En Sebald, en Beckett, etc., puede parecer que se anuncia alguna revelación, pero es sólo un espejismo, porque nada se revela, nada se sabe con certeza al final. Hay que animarse a esa desazón, a esa falta de fácil consuelo. Cuando leo a Bioy o a De Santis, sé que voy a pasar un buen rato, sé que voy a envidiarles sus habilidades técnicas, su imaginación “inagotable” para “contar el cuento”, su capacidad para entramar un relato excelente que te lleve de narices a ese final que, sí, uno a veces quiere postergar por el placer que va sintiendo en sus páginas.
En cambio, cuando leo a Berger, a Auster (ahora parece que es mala palabra, por eso lo menciono), sé que me espera una experiencia vital tan profunda y abrumadora como la vida, de la cual me quiero alejar a veces, por supuesto, como cualquiera, pero a la que sé que debo volver también, siempre, y sobre la cual, al leer a esos tipos, tengo la sensación de haber compartido momentáneamente (dudosamente), no un secreto, mucho menos un saber, sino un terror, un temblor, un fracaso en común. Quizás esto también sea una especie de consuelo, pero si lo es te lo regalo.
Yo no sé por dónde pasa la literatura (la literatura no es el colectivo 140), pero creo que es más o menos por acá, y más o menos en ese raro, rarísimo, momento, muy de vez en cuando.