29.7.09

Des-composición de lugar
(tres novelas de Mario Levrero)

Como está de moda La novela luminosa, del escritor uruguayo Mario Levrero, decidí leer algunas cosas de él que andan por ahí; tres novelas, al contrario de aquélla, breves: La ciudad (1970), París (1980), El lugar (1991).
Un efecto de esa lectura correlativa las convirtió rápidamente en una trilogía que me gustaría llamar “topológica”, si no fuera una palabra demasiado altisonante.
Curioso que los prologuistas traten de asignar al autor a dos tradiciones de la literatura uruguaya bastante disímiles. Por supuesto, está más acertado (por una cuestión de cercanía, supongo, pero también de agudeza crítica) Gandolfo: Levrero viene de Felisberto Hernández, no del “realismo” rural (Acevedo Díaz, Amorim) o urbano (Onetti). Aunque también es cierto, como acota uno de los prologuistas españoles (Antonio Muñoz Molina), que se podría referir también a este último, por lo menos teniendo en cuenta las ambiguedades “cronotópicas” (hoy me siento inclinado a estas palabrejas) de alguna que otra de sus novelas, sobre todo El astillero. Acuerdo... hasta ahí. Ya se verá por qué.
Claro que la filiación más obvia para estas nouvelles levrerianas es Kafka: “avanzan” (por decirlo de manera demasiado fuerte) según la lógica narrativa del sueño; con reglas estrictas, pero sin motivaciones ni conclusión. Lo único “más kafkiano” que recuerdo serían los cuentos de Martínez Estrada, pero en este caso hay algo demasiado epigonal y, también, algo demasiado simbólico (e incluso, horribile dictu, alegórico). Levrero, en cambio, rehúye lo simbólico o, en todo caso, lo simbólico se reeescribe como/bajo una homología espacio-temporal (por eso vuelvo a lo topológico del principio). De ahí también otra relación obvia: la ciencia-ficción.
En El lugar, aparece varias veces la expresión “composición de lugar” (así se llama una gran novela de Juan Martini, por otra parte). Creo que es irónico, porque se vuelve clave en Levrero la situación inicial (y también a veces intermedia) en la que el personaje “se despierta” sin saber dónde está ni por qué está allí; como, precisamente, en El lugar, donde aparece inmerso en una especie de universo paralelo, laberíntico, sin salida, que quizás sea la suma (o la intersección) de mundos hechos de miedos y deseos propios y ajenos, como en Solaris, de Lem.
París también tiene algo de ucronía fantástica, con ribetes de ciencia ficción. El personaje principal es un ángel (¿?) que llega a una París de pesadilla, después de una “viaje de trescientos años”, con una misión que ni él mismo conoce o ha olvidado. (Quizás, sumarse a una “bandada” de sus congéneres, a la que pierde.) Se encuentra con la inminencia de una anacrónica “ocupación nazi”, que sin embargo no le importa mucho; un asilo que parece una prisión pero no se sabe para qué o para quiénes; dos mujeres antitéticas (una prostituta, una miembro de la Resistencia), pero que quizás son la misma. Se puede prever que el final va a ser abrupto y no definitorio, como en los otros casos.
La ciudad ni siquiera es tal, es un villorrio, o una mera estación de servicio rodeada de casas y con una línea férrea, más o menos cercana, que finalmente desemboca en… Montevideo. Una de las pocas referencias tiponímicas concretas, si así puede llamarse.
De la Montevideo natal de Levrero a una París que, al escribir la novela, aún no conocía, esos territorios fantasmales, permanentemente descentrados o excéntricos, son la figuración principal de una literatura extraña, fascinante sin dudas, pero que a veces no termina de cuajar. (Como Borges se atrevía a dedir de Kafka, precisamente: la idea inicial es buena, incluso brillante, pero la ejecución...). Es un prejuicio mío, seguramente: la falta de ubicación geográfica mima la falta de situacionalidad histórica. No hay -que Carl Sagan me perdone- curva espacio-temporal que disimule esta ausencia.