22.7.09

La caída del lector

Con El lector (la novela de Bernhard Schlink, el filme de Stephen Daldrey), pasa algo parecido a lo que pasaba con La caída.
No es que está bien o esté mal que se “humanice” al asesino nazi (sea una guardiana analfabeta a la que le gusta que le lean libros, sea un Hitler cariñoso con los chicos y los animales), tal como giró el argumento de José Pablo Feinman; en su caso, a favor de La caída. Sí, ya sabemos que eran seres humanos, ¿y?
A mí me parece que hay un problema de (distancia de) foco, de ausencia de contexto. Casi me atrevería a decir de ausencia de Historia. La coartada formal, precisamente, es la focalización, el punto de vista (la secretaria de Hitler, el narrador-lector). Se sabe, quizás desde Henry James, si no antes, que desde cierto punto de vista todo es posible: nada es verdad. Lukacs llamaba a esto. si no recuerdo mal, “subjetivismo” y lo consideraba propio de la literatura contemporánea, incapaz de enfrentarse con totalidades.
Sin llegar a esos extremos teóricos, no me parece casual que en la película hayan renunciado a cualquier flashback en el que Hannah se viera en funciones. Ni siquiera en la imaginación del protagonista, ya que vemos todo a través de él (pero un filme tiene más posibilidades de objetivar que una novela en primera persona).
Es cierto que explicar-comprender no significa justificar-perdonar; pero es muy difícil establecer claramente la diferencia. En principio, parecería que, para conocer hay que acercarse al objeto (de ahí el enfoque “personal”, subjetivo; en El lector, el amor entre los protagonistas funciona como este shifter necesario). Pero es al revés: cuanto más nos acercamos al objeto, menos lo vemos en realidad, porque menos vemos lo que lo rodea, que en gran medida (si no en toda) lo explica.
El narrador lo dice muy bien: “Quería comprender y al mismo tiempo condenar el crimen de Hanna. Pero su crimen era demasiado terrible. Cuando intentaba comprenderlo, tenía la sensación de no estar condenándolo como se merecía. Cuando lo con­denaba como se merecía, no quedaba espacio para la comprensión. Pero al mismo tiempo quería comprender a Hanna; no comprenderla significaba volver a traicio­narla. No conseguí resolver el dilema. Quería tener sitio en mi interior para ambas cosas: la comprensión y la condena. Pero las dos cosas al mismo tiempo no podían ser.”
Por otro lado, es cierto que siempre hay que recortar, que no se puede “mostrar todo” (el Todo). Ni Lukacs pedía eso. Lo que se intenta (cuando se quiere) es mostrar una estructura en funcionamiento, no partes aisladas. Lo primero puede llevar, con suerte, a comprender. Lo segundo lleva, casi necesariamente, a justificar