8.7.09

VCB-WA

Vicky Cristina Barcelona es un ensayo de voyeurismo de ese perverso civilizado (o sea, reprimido) que es Woody Allen.
En ese sentido, regodearse, cámara mediante, en la belleza de las caras y (mucho menos, lamentablemente) los cuerpos de Scarlett Johansson, Penélope Cruz, Rebecca Hall y Javier Bardem equivale al paseo más o menos turístico por paisajes españoles, urbanos o no. (Se ha dicho que son tomas de tarjeta postal; vale, pero no perder de vista que esto está contrapesado -si bien irónicamente- por el “descubrimiento” de su vocación por parte de Cristina: la fotografía. Si lo hubiera hecho el Wenders de antes, el hiperelogiado por la crítica esnob -cuando no era tan “popular”-, ¡qué brillante hubiera resultado para todos esta “puesta en abismo”!)
Voyeurismo, retomo. Está bien: para hacerlo mejor, hubiera filmado una película porno, y chau. Pero, en este último caso, WA no hubiera podido mostrar el resultado, que es parte indelegable de ese tipo de goce.
Creo que, sin embargo, WA es consciente del fracaso de su intento (y, por ende, de la película). Por eso el final es tan amargo: Vicky se resigna; Cristina, en cierto sentido, también. Y vuelven a NY. Los artistas, más o menos verdaderos, se quedan en España. (Y no quiero aludir acá otra vez al Wenders de la tensión Europa-América, porque otra vez quedaría grande.)
La resignación de Vicky-Cristina (en definitiva, un solo personaje) es la misma de WA, con sus dos matices. Como Cristina, WA sabe lo que no quiere: ser cómico (que es lo mejor que sabe hacer). Como Vicky, sabe lo que no puede: ser otro, ser Bergman.