30.8.09

Tres cuentistas

(La aclaración es innecesaria, lo sé hasta cierto punto, pero ojo: que no se tome esta notita de blog como un análisis “académico”. Ni siquiera he leído todos los cuentos de los escritores mencionados abajo. Sólo adelanto algunas ideas, con el formato “irresponsable” del blog, para que alguien, quizás yo mismo, las recoja más adelante.)

Los cuentos de Samanta Schweblin son clásicos: “redondos”, “cerrados”, de preceptiva Poe. Con finales claros y efectivos. Alguno, deliberadamente cortazariano, como “En la estepa”, se permite organizarse alrededor de una elipsis central. Pero no por eso dejan de estar construidos con precisión milimétrica, desde un principio a veces desvaído (a propósito, para regular la progresión) hasta el final contundente, pasando por el crescendo de rigor. Cada cuento es un mundo único, no parece haber vasos comunicantes entre ellos.
Los relatos de Fabián Casas, en cambio, son como fragmentos de una novela aún no terminada (y que no se podría terminar). Reaparecen los mismos personajes, las mismas situaciones, a veces con pequeños cambios de punto de vista o de detalles argumentales. “... mis tías y sus historias eran fractales”, dice el narrador en “Veteranos del pánico”. Bueno, exactamente eso: los textos de Casas (y quizás -hipótesis- se podrían incluir aquí los poemas y los ensayos) son fractales, interminables ramificaciones de un dibujito que parece el mismo desde lejos, sólo desde lejos. O bonsáis (la obsesión de Casas por lo japonés medio trucho): modelos en escala de objetos mucho mayores. Aunque los bonsáis se recortan (castran) cuidadosamente, mientras que Casas parece proceder por hachazos; de allí algún que otro final abrupto. Pero sólo parece: la naturaleza del fragmento es pertenecer a un todo, aunque sea esquivo; nada más tonto que piezas de un rompecabezas cuadraditas, con bordes regulares... (Vamos a ver qué sucede cuando el hombre de Boedo se descuelgue con una novela de 500 páginas.)
Una formulación intermedia, se me ocurre, aparece en los cuentos de El vuelo magnífico de la noche, de Patricio Pron. Los cuentos son independientes, pero están sutilmente unidos: por tonos, por temas (el globo aerostático) y, sobre todo, por el protagonismo del lenguaje como personaje; además de expresiones que se repiten, reformulaciones, estilizaciones: el primero y el último cuentos son parodias, más que homenajes, a Borges; y el título del primero, “Un paisaje de acontecimientos”, reaparece como frase en medio del último. No puede descartarse que el procedimiento sea burdamente deliberado: juntar cuentos que no tienen demasiado en común y “peinarlos” dejando caer aquí o allá estas conexiones de las que hablo. En algunos casos funcionaría (habría que ver cuáles), pero en otros casos no. También esto da para conectar con (el título de) la novela El comienzo de la primavera, que alude a Wedekind, así como El vuelo... es un verso de Novalis; pero esto queda para otro post, pendiente, (me) lo prometo.