21.6.05

Pathos lectorum

Ricardo Piglia, El último lector, Barcelona, Anagrama, 2005.

- Un libro apasionante sobre la pasión de la lectura. Ideal para bibliómanos o bibliófilos (¿la manía implica amor?), como Bartleby y compañía, de Vila-Matas. Es difícil no reconocerse en los lectores (por lo menos, en alguno de ellos) de Piglia. Por otro lado, la intensidad —narrativa, intelectual, emocional— que logra en algunos pasajes, sobre todo en el “relato sobre Kafka”, hace que el libro valga la pena.
- Esto nos puede llevar a un lugar común: un “ensayo” que se lee “como una novela”. Pero en Piglia, obseso teorizador de Borges, estos límites no son pertinentes. (Respiración artificial es una “novela” que por momentos se lee “como un ensayo”: demasiado deliberado.)
- Piglia, coherentemente con su propio libro, es un gran lector. Sus lecturas son extremadamente productivas, porque las escribe (como quería Barthes). Pero a veces tiene la mala costumbre de no reconocer ciertas deudas. Ya pasaba con Dialéctica del iluminismo, de Adorno y Horckheimer, como sustrato de una de las discusiones más “originales” de RA. Ahora exprime un par de ideas muy interesantes, ajenas: cierta función de las cartas en Kafka se la debe a Deleuze-Guattari (ya dije antes que este mismo origen tienen las primeras novelas de Alan Pauls y Matilde Sánchez); más desarrollada aún, la noción de que el detective debe ser célibe se la debe, por lo menos parcialmente, a Fredric Jameson.
- Una observación brillante sobre el estilo de Benjamin, debida a su amigo Reich (la cuenta el mismo WB en su Diario de Moscú): “... expresó con mucho acierto la idea de que, en la literatura importante, la proporción entre el número de frases y la cantidad de frases sustanciales y pregnantes formulada es, aproximadamente, de 1:30; en mi caso, de 1:2”. En Piglia debe haber un porcentaje similar. Dicho de otra manera: si me pongo a subrayar, subrayo casi todo (como les reprocho a mis alumnos, que no saben resumir). ¿Faltan nexos argumentativos? O bien Piglia es como Hitchcock según Truffaut: le aburren los “rellenos”, las “escenas de transición”. Pero, a veces, en lo ensayístico, cierta densidad es un efecto abrumador (no nos permite ser un “lector salteado”).
- Por un momento, a propósito de Joyce (pág. 167) parece que Piglia va a hablar de “literatura y dinero”, una de sus especialidades más notorias; pero se queda en agua de borrajas. No cumple con su promesa mediática de que este libro es su respuesta al famoso “caso Plata quemada”. O cumple a su estilo, que ojalá no sea el de sus abogados.
- No se sabe quién será “el último lector”, pero si que es... español. Piglia (o su editor) se siente obligado a aclarar que Mansilla es el autor de Una excursión a los indios ranqueles; pone “ordenadores” (pág. 67). Y una banalidad tipográfica: el uso, muy español, de comillas angulares para las citas en general y redondas para las citas dentro de citas. (Por supuesto, esto último se debe al editor, no al autor, pero en la letra, en la lectura, todo es significativo. De eso se trataba.)