4.6.05

Viñas x Croce (1/3)

- Marcela Croce, David Viñas, crítica de la razón polémica: un intelectual argentino heterodoxo entre Contorno y Dios, Buenos Aires, Suricata, 2005, 336 pp.

La primera tentación (ortodoxamente irresistible y debidamente no resistida) es transcribir el furibundo texto de contratapa:
“Este libro fue inicialmente una tesis doctoral presentada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La intolerancia intelectual del catedrático de Quilmes Carlos Altamirano y los escarmientos institucionales operados por la profesora María Teresa Gramuglio no lograron su cometido de anular el enunciado —apenas contribuyeron a postergar su difusión— sino que lo volvieron más virulento. El resultado de esas intemperancias ideológicas es este texto, que en su entonación categórica se propone considerar la obra crítica más significativa que se haya escrito en las Argentina y denunciar cierta miseria filosófica y política del campo intelectual que le tocó como marco a la producción de David Viñas.”
Y, en efecto, la “entonación categórica”, que campea en casi todo el texto, salvo quizás cuando éste es ganado por el registro más académico —en el que Marcela logra una especie de crispada serenidad, muy propia de ella— parece contradecir una de las primeras afirmaciones programáticas del Prólogo (o “Declaración de principios”): “No postulo continuar la crítica de Viñas…”
Una primera impresión, entonces, llevaría a la necesidad de plantearse (antes de leer el resto del libro, por supuesto): ¿Cómo hará la crítica (adjetivo femenino en este caso) para no plegarse, con los diversos ademanes de la rendición, seducida o resignada, a [la crítica (sustantivo femenino, aquí) de] Viñas? Por supuesto, la respuesta es el resto del libro, que se lee, puede leerse, con esa apresurada pregunta, o sospecha, pendiente. (Escribí alguna vez que todo gran libro de crítica o de teoría tiene algo de novela policial clásica. En este caso, aquélla es una de las preguntas que guiaría la intriga.)
Y, sin embargo, el trabajo de Croce está infinitamente lejos de cualquier complacencia. Baste decir, como adelanto y pequeña muestra, que en una de las primeras páginas dice, refiriéndose a su objeto de estudio: “… el método con que opera es idealista”. Lo cual es, en su escueta e irrebatible contundencia, la suprema impugnación que podría hacérsele a Viñas. Una suerte de insulto, diría, siempre que pudiera restar de este complejo acto de habla lo que hace al orden de la agresión, dejando lo que tiene que ver con la descripción valorativa.

Acá se me impone una digresión, porque mientras leía el libro no podía dejar de pensar en mi propia relación con la escritura de Viñas, sobre todo con su crítica. Estaba entrando a Letras cuando leí por primera vez Literatura argentina y realidad política. No sé si el impacto fue inmediato; sólo puedo reconstruir aproximadamente lo que me pasaba en la cabeza en aquel tiempo: años finales de la dictadura, yo pasaba de un torpe colegio industrial y de un humillante servicio militar a estudiar griego y latín, una teoría literaria supuestamente apolítica (aquélla de los “enfoques”), una filosofía arrebatada atrabiliariamente por un falso discípulo de Heidegger… Sólo años después pude reconstruir lo ridículo, lo frustrante (a posteriori) de todo aquello, que en su momento me satisfacía por mera ignorancia, falta de ambiciones o carencia de otras perspectivas; y tardé un par de años largos en darme cuenta de que las cosas habían cambiado. El apogeo de la “primavera alfonsinista”, como la llamaban, era, en realidad, el “otoño sarleano”. Precisamente, en el primer cuatrimestre de 1986, cursé por segunda vez Literatura Argentina I con Viñas (la primera lo había hecho con el viejo Ara, teóricos en un “aula magna” donde sólo estábamos el muchacho que grababa la clase y yo, que no me animaba a irme porque el profesor hablaba para mí, desde la altura de su escritorio y desde el borde de su jubilación), Literatura Argentina II con Beatriz Sarlo y Teoría Literaria II con Josefina Ludmer. Sí, las cosas habían cambiado.
En el medio, sí, había leído los libros de crítica de Viñas y había experimentado la sensación de la “marca”, de que nada podía ser igual en mi visión de la literatura y, ya que estamos, en mi vida (no sé qué suena más pretencioso o naif, pero no quiero decirlo de otra manera).
Quizás conviene que la digresión termine acá pero, para enganchar con lo que sigue, quisiera especificar: leyendo a Viñas, supe que se podía ser “escritor” y “crítico” a la vez. Que sus novelas y sus ensayos decían lo Mismo de distinta manera, y eso estaba muy bien. (Como le oí decir a él: El capital, el 18 Brumario y el Manifiesto dicen lo mismo, pero en distintos niveles de complejidad, para distintos lectores y fines.)
Croce dedica su obra enteramente a la crítica-ensayo de Viñas, no a su narrativa. Sólo hay algunas referencias, quizás inevitables, a ésta. Hacer una correlación exhaustiva entre los dos géneros sería otra tarea titánica, que queda pendiente, sugerida. (El libro de Estela Valverde es más abarcador pero también muy superficial; tiene el único mérito de reunir datos contextuales, históricos y biográficos, difíciles de conseguir. Por otra parte, hay muy poca bibliografía sobre la obra crítica de Viñas, oportunamente comentada por Croce: un artículo de Nicolás Rosa, otro de Astutti-Contreras, y esa obra maestra de la autohumillación que es la diatriba de Julio Schwartzmann en la obra colectiva dirigida por Jitrik.)
Respecto de la obra de Viñas, no olvidar que también tiene piezas teatrales; Croce también hace escasa referencia a ellas. Yo recuerdo además un poema perdido por ahí, en un número de la revista de Casa de las Américas dedicado al Che Guevara; no lo tengo a mano, me parece recordar que era, por supuesto, muy “prosaico”, y a la vez algo críptico, como si hubiera tomado fragmentos de Cuerpo a cuerpo y los hubiera colocado “en columna”. ¿Acaso el verso no es un renglón que termina antes, como no se resigna a considerarlo el comendattore Eco?

(Continúa.)