5.2.05

Goethehaus

(Como medio prometí, va un fragmento de mis diarios sobre Alemania, convenientemente expurgado.)


19/10 (viernes)

Retrato de Maximiliane von Arnim (1845) de Caroline Bardua (1781-1864)

Biblia de 1704 (Frankfurt a. Main)
con concordancias en los márgenes

Der Alchimist (1761)
de Justus Juncker
(la mujer llora en 2.º plano, un hijo la consuela)


Estas breves anotaciones, en apariencia tan crípticas, las hice en el Museo Goethe, al lado de la Goethehaus. No entiendo mucho mi propia letra, así que no son demasiado confiables, pero ahí están, dudoso broche de oro de un diario en el que lo principal son los recuerdos, pero los recuerdos también son palabras. Sin embargo, contra todo el ya vetusto canon teórico actual, no sólo hay palabras. (Esto es para seguir hablándolo con Carlos, el poeta, que sabe mucho al respecto.)
El retrato mencionado en primer término está allí porque, en mi crasa ignorancia, me llamó mucho la atención la existencia de pintoras románticas, todo un tema para investigar (alguien ya lo debe de haber hecho, por supuesto).
La mención a la Biblia con concordancias es porque también me llamó la atención, por deformación profesional seguramente, la diagramación, tan “moderna”. No es que no haya nada nuevo bajo el Sol, pero...
Y lo tercero es interesante porque el alquimista puede aparecer como prototipo del artista (proto- más que pre-romántico), sobre todo en cuanto está absorbido por su tarea utópica y descuidando lo terrenal (la esposa y el hijo). Historia conocida.
De la casa y el museo Goethe tengo muchas fotos y folletos, así que estoy resguardado contra el olvido (!). Tal vez en otro momento intente redactar algunas cosas más al respecto.
¿Una anécdota para romper el hielo, quizás? Nada del otro mundo. Me hicieron dejar mi bolso en la recepción, pero volví dos veces para retirar la cámara de fotos y un rollo. Después, resultaba que no se podía sacar fotos del Museo (y en la Casa, sólo sin flash), todo lo cual no me lo había advertido la glacialmente amable chica de la recepción. Quizás porque no confió en que la entendería, dado mi precario inglés.
Parece que la Casa la reconstruyó una especie de Asociación de Amigos. Ya la poseían desde mediados de la década de 1850. Antes de la guerra (o de los últimos bombardeos), lograron poner a salvo el mobiliario. Después, rearmaron la casa como un Rasti, con sus propias piedras derruidas. Quizás esto sea una leyenda urbana, muy propia de los alemanes, pero no deja de ser interesante. Algunas de las cosas que están dentro de la Casa no son originales de allí (es evidente en el caso de las vitrinas), pero todo queda muy bien y da una sensación adecuada. Se las saben todas: en uno de los folletos explican que dentro de la Casa no hay marbetes explicativos para no romper el clima “hogareño” original dándole una índole de museo. Sin embargo, las vitrinas que mencioné antes sí dan un aire de museo. Igual, no molesta.
Otro folleto explica cuidadosamente cómo fue reconstruido cada piso, relacionándolo con los datos que hay en la autobiografía de Goethe, Poesía y verdad. (Vaya nombre para una autobiografía; es como si Maradona le hubiera puesto a la suya: Fútbol y verdad.)
Según se sabe, la familia de Goethe no era exactamente burguesa, o quizás sí de la alta burguesía. Pero no comercial, como la familia de Wilhelm Meister. (A propósito, en la Casa está el teatro de marionetas que se menciona en la novela.) El padre era funcionario imperial, de altísimo rango. La casa fue remodelada a partir de otras dos, compradas por la abuela paterna. Era de las pocas en la ciudad que tenía bomba de agua propia; los demás tenían que ir a pozos comunes. Había una cocinera y dos “doncellas” más, por lo menos. Goethe escribió allí el primer Fausto (Ur-Faust, creo que se dice) y el Werther, entre otras cosas menos famosas. Pero todo da la idea de que su ida a la Universidad y luego a Weimar significó para él un crecimiento importante, al despegarse del agobio que esa casa debió implicar de todas maneras (el peso de varias generaciones de importancia). Creo que volvió poco por allí. Sin embargo, sigue siendo considerado “el francfortés más importante”, el “hijo dilecto de Frankfurt”, etc.
(Parece que sí andaba de juerga por la región del Rin que es mi preferida, con su amigo Brentano y algún que otro atorrante de la época. Las distancias eran mucho mayores en la época, pero me los imagino a caballo, de pueblo en pueblo, buscando aventuras que no dejaran demasiadas huellas.)
En el Museo es notable (cosa que aclara bien el correspondiente folleto) cómo Goethe hizo de sí mismo un monumento en vida. Difícilmente haya habido un proyecto tan claro como el de él, en su siglo. Nada que ver con la (¿relativa?) precariedad romántica.


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