18.2.05

(Mando un cuentito viejo. No es un ejercicio de taller, aunque bien podría serlo. Lo escribí para un concurso de "cuento breve". Veamos.)


Servicio extra

El hombre paró el auto en la esquina, justo delante de la mujer, y bajó la ventanilla.
—Cien la francesa, doscientos completo —dijo ella, sin mirarlo.
El hombre abrió la puerta, la mujer subió. El hombre arrancó, manejó durante una media hora sin hablar y volvió a parar delante de un edificio de departamentos. Bajaron. Subieron en un ascensor que rechinaba al pasar por cada piso.
El hombre abrió la puerta —un ambiente mediano, oscuro, con paredes cubiertas de libros y cuadros— y enseguida desapareció por otra puerta. La mujer miró alrededor, distraídamente primero, impaciente después. Libros, cuadros, libros. Masticaba su chicle y esperaba. Estaba calculando que ya podría haber terminado su trabajo cuando sonó el teléfono. Tres, cuatro veces. Oyó la voz del hombre:
—Atendé, por favor.
Sin asombro, levantó el tubo y dijo “Hola”. Del otro lado, después de una pausa, una voz de mujer preguntó un número. “Sí”, respondió, mirando ese mismo número en una etiqueta pegada al teléfono. La otra colgó. Ella se encogió de hombros.
Después de unos minutos (tal vez cinco), el hombre volvió a entrar. Sin mirar a la mujer, le alcanzó tres billetes y dijo:
—Gracias, podés irte.
La mujer lo miró durante tres segundos, tomó el dinero, abrió la puerta y se fue.