15.8.05

Cuentos del Rin/7

Íbamos por la orilla del Rin, cerca de la roca Loreley. Nuestro anfitrión iba señalando, con lo que me pareció una imperdonable indiferencia: “Un castelo... otro castelo...” Yo sacaba fotos espasmódicamente, en cantidades japonesas. Alelado. Algunos castillos estaban en ruinas; otros, restaurados. Uno, en medio del río, antigua aduana, se usa como salón de fiestas; otro ha sido comprado, precisamente, por millonarios asiáticos. La mayoría son hoteles. Vieja costumbre: si tienen izada la bandera, es porque el dueño está en ellos.
El día estaba nublado, y caía de vez en cuando una llovizna molesta, casi una mera condensación de la humedad ambiente, propia de esa zona de viñedos, con su microclima.
De pronto, se me trabó la máquina de fotos, una vieja Yashica que mi padre me había prestado (a regañadientes). No es éste el único detalle psicoanalíticamente obvio de todo el asunto... La cuestión es que, por supuesto, tuve que dejar de sacar fotos; peor aún: cuando volví a la casa de nuestro anfitrión, intenté, torpemente, sacar el rollo, con el esperable resultado de que lo velé sin remedio. Así que no pude rescatar ninguna foto de los castillos, que tardé varios años en volver a ver. Durante esos años, fue tan fácil suponer que el recuerdo era falso y que nunca había estado ahí.