21.8.05

Viento y tiempo

Después, de ver El viento nos llevará, de Kiarostami (o, mejor, mientras la veía), se me ocurrieron algunas cosas que tienen que ver con aquello medio críptico que escribí en un post anterior, sobre Diez. “Filmar el tiempo”, o algo así (curioso: me cito de memoria). El tema de la extrema lentitud. Entiendo que muchos no la soporten, pero...
Barthes hablaba de una neurosis del sentido (de la falta de sentido): esa gente que se levanta en medio de una película y se va, escandalizada, porque “no entiende” qué pasa o, peor, “qué significa” lo que pasa. “Para rara está la vida”, etc.
(Ah, los viejos finales abiertos. Vi por primera vez 2001, odisea del espacio con unos amigos de la primaria; salí deslumbrado, loco para siempre; ellos, no. Al poco tiempo, dejamos de ser amigos.)
Algo así pasa con el ritmo ralentizado hasta la irritación; que, por otra parte, bien podría ser un efecto legítimamente buscado, no veo por qué no. Aunque creo que no es el caso del iraní.
Acá se juegan, entre otras cosas, la obsesiva ausencia de elipsis. ¿Vieron esas películas de Warhol que toman un “objeto” durante un largo tiempo, sin cortes? Empire State dura 24 horas, si mal no recuerdo. En este caso, el filme estaba pensado como “fondo” (como se dice “música de fondo”); la gente entra y sale, ve por partes, etc. Pero también existe la posibilidad de verla de corrido (recuerdo otra película de Warhol, Blow-job: un solo primer plano de un muchacho al que, supuestamente, están practicándole amor francés; pero dura media hora “apenas”).
Volviendo a Kiarostami. Cada vez que suena el celular del seudoingeniero, éste tiene que recorrer el laberíntico pueblito enclavado en la colina para buscar un lugar alto donde haya señal. La tercera o cuarta vez, esperamos que algunas partes del trayecto nos sean “ahorradas”. Enseguida nos damos cuenta de que era una vana esperanza, porque la idea es, precisamente, que acompañemos al tipo en ese trayecto, al final del cual no pasa nada, o por lo menos el contenido de la llamada “urgente” apenas cuenta, ya que sólo oímos sus réplicas; habla más la otra persona, que no se ve (como no se ve el sepulturero, o la enferma del pueblo, o los “colegas” del ingeniero, todos personajes claves; acá la elipsis es total, el otro extremo).
Demás está comparar con las vueltas y más vueltas, por los mismo lugares, o muy parecidos, del futuro suicida en El sabor de la cereza. O con las tomas que se repiten una y otra vez (“cine dentro del cine”) en A través de los olivos. Podrían seguir así indefinidamente, porque no van hacia ningún lado, y no se trata de eso. ¿Pequeñas “variaciones”, a la manera de la música? También; a estas alturas estoy pensando en voz alta.
Pero apuntaba antes a que esa ausencia de elipsis dice mucho sobre la naturaleza del tiempo, del relato, y de sus relaciones (entre sí y con el receptor).
Se me ocurre la posibilidad de comparar, en sentido inverso, con las elipsis expuestas, autorreferenciales, de Ecoute voir..., de Hugo Santiago (donde, por ejemplo, los escenarios están abiertamente yuxtapuestos, es decir, no hay “trayecto”, no hay espacio, ni siquiera imaginario, entre ellos); pero esto es demasiado ambicioso. Quizás más adelante.