21.3.05

Babel/3

El 11º de septiembre de 1939 la caballería polaca cargó contra varias divisiones de tanques nazis para cambiar el gesto de la derrota por los oropeles del sacrificio. Se sabe: todo sacrificio es inútil. Se intuye: los rituales son inevitables. Alonso Quijano, George Gordon Byron, Cyrano de Bergerac, Isidoro Tadeo Cruz, Jean-Paul Sartre conforman una piara azarosa entre los vindicadores del gesto cuando ya nada se espera. Este —dicen— es el peor momento de la industria editorial argentina. Surgiendo de esas aguas, Babel no es un gesto heroico. Ni la vindicación del delirio, ni una cortesía desesperada, ni la oposición a que se mate así a un valiente, Babel ni siquiera es el rechazo de un honor siempre perdido. Babel —dicen— es una revista de libros. En todo caso, en el mejor de los casos, un etéreo gesto baudeléreo contra el puerco spleen. En el principio, Babel era una cita: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. (...) Entonces dijeron: ‘Ea, vamos a edificarnos una ciudadela y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la faz de la tierra’” (Génesis, 11-1,4). En sus causas segundas, otra cita: “Lugar en que hay gran desorden y confusión, o en que hablan muchos sin entenderse” (Diccionario de la Real Academia Española). Ahora, Babel intenta seguir siendo una cita. Todos los meses, con todos los libros, todos los autores y todos los continentes del mundo de la lectura. De las caballerías queda poco más que literatura. De la literatura, que también —dicen— está desapareciendo, quedará seguramente el regusto de algún gesto. La seña del ciego abre para el truco un juego que sólo puede jugarse con ficciones. Sin cartas, entonces, pero con los ojos bien abiertos, ya Babel. Sabrán ustedes disculpar las imperfecciones y errores propios de un primer número; nosotros, por supuesto, no lo haremos. Nos quedan otras citas.

(Dorio y Caparrós, editorial del número 1, abril de 1988)