26.7.05

Cuentos del Rin/1

Me despierto cuando todavía es de noche, alrededor de las seis. Me baño, me visto para ir a la Feria, tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en Johannisberg.
El sol sale prácticamente del lado del Rin: va apartando con bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar apenas elevado, es posible ver tramos del río. Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche.
Los primeros rayos de ese sol casi horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las ventanas de los castillos que marcan los límites el pueblo.
No hay mucho movimiento en esas tempranas horas. Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida. Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque al recuerdo central se le vayan sumando detalles.
El sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás la luz las hace ver así, o mi voluntad). Saco algunas fotos, si tengo la ocasión. Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta más tarde.
Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida. Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt, sabiendo que a la vuelta ya será de noche, y nada se verá igual. Y, si hay niebla, nada se verá. Hasta el día siguiente.